Más de diez años después de su expulsión de Myanmar, miles de refugiados rohingya que viven en el campamento improvisado Kutupalong, Bangladesh, han sido forzosamente desplazados de sus hogares en un acto de intimidación y abuso de las autoridades locales. Los rohingya son una pequeña etnia musulmana que llevan años huyendo del Estado Rakhine al norte de Myanmar donde eran objeto cruel de vejaciones, violencia y explotación.
La realidad del campamento es una paradoja digna del mismo Arquímedes, una minivilla dividida salomónicamente por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para el Refugiado (ACNUR) donde conviven legal e ilegalmente miles de personas huyendo de los designios políticos de su país. La hambruna y las precarias condiciones sanitarias dentro delmismo dan como resultado unas miserables condiciones de vida.
Desde primera hora del día, nada más salir la luz clara del lugar, pueden oírse, sigilosos y discretos, los rezos propios de su religión en cada uno de los rincones de sus, llamémoslo así, casas. Los días, húmedos en época de Monzón y calurosos en verano, no cambian el modo de vida de estas gentes. En los cuatro pozos de agua potable que a finales de los ‘90 instalaron diversas ONG europeas, se agolpan las mujeres y los niños para llenar barreños o jarras con que poder asearse o cocinar. Mientras, los hombres, en total minoría dentro del campamento, salen a sus trabajos en el campo agrícola (los más afortunados) o a sus trapicheos comerciales en las zonas colindantes o pueblos cercanos a sus refugios. Los varones salen hacia las capitales en busca de un pequeño trabajo que pueda sostener a una familia en algún lugar fuera del campamento, pero son muy pocos los que en los últimos 20 años han conseguido fajarse del control policial y huir hacia una ciudad.
Con el tiempo, los servicios y costumbres de los rohingya parecen haberse institucionalizado. El campamento es grande, rocoso, embarrado, de difícil transitar. Los afortunados jóvenes legales que tienen la fortuna de asistir al colegio o jugar en el campo de fútbol van evitando en su camino diario los constantes socavones que se encuentran. Saliendo de los comedores situados al borde mismo de la carretera que conduce a Cox Bazzar pueden verse diminutas extensiones de terreno agrícola donde losmás viejos del lugar hacen la tierramientras los jóvenes se lanzan al mar en busca de la poca pesca que no está contaminada por los óxidos provenientes de la ciudad de Chittagong.
La vida aquí es dura y todo un ejercicio de supervivencia constante, nos explican desde un improvisado local que hace labores de bar justo en el mismo centrode todo el campo.Al llegar la noche y entre los susurros de nuevos rezos, se puede sentir la desesperación generalizada. No son oraciones, son lamentos.