
Remezcla, o remix en Latinoamérica, es un concepto al que puede llegarse por casi cualquier pista. Hablar de remix, sin contexto, es por amplio casi abstracto. ¿De qué no hablamos cuando hablamos de remezcla? Los diccionarios la limitan a su acepción más generalizada y ochentera: el remix musical; el diccionario de la academia de la lengua española, por supuesto, ni la considera.
No queda más que partir, arbitrariamente, de la definición más simple: “la combinación o edición (montaje) de materiales existentes para producir uno nuevo”. Propuesta por Kirby Ferguson, creador de la serie de documentales Everything is a remix] (que también lo son), esta definición nos deja, con toda intención, un poco perdidos. ¿En qué sentido esta combinación produce algo “nuevo”? ¿Incluir la palabra “nuevo” en la definición de remezcla no es en sí un contrasentido? ¿Cómo se combinan esos materiales existentes?
Son estos fragmentos ¿concretos y distinguibles como en un cutup (copiado y pegado de fragmentos de varias obras reordenados al azar)? ¿O un poco menos claros como en un mash-up (que Wikipedia en español traduce como Pop Bastardo, un nombre particularmente desafortunado que alude a nociones de legitimidad en un contexto que pretende, justamente, eliminarlas)? ¿O quizás estén entretejidos y ocultos como en un blend (Si una noche de invierno un viajero, de Ítalo Calvino)? ¿O un collage de las definiciones anteriores (La vida, instrucciones de uso, de Georges Perec)?
¿Hay algo que legitima esta combinación de fragmentos, que define como “válido”, “nuevo” o “diferente al original” el resultado? O debemos de renunciar a tales aspiraciones. ¿Aceptamos como un glitch (remezcla que toma todos sus elementos de una misma fuente y los reedita alterándolos) a la customización corporativa? El vestido de Yves Saint Laurent para la película Belle de jour hecho blusa de Zara esta temporada, por ejemplo. Y, ¿en dónde catalogar al vandalismo artístico (artistas o admiradores que alteran o destruyen la obra de otro artista con fines, bueno, artísticos. Véase orinar en el mingitorio de Duchamp –el remezclador remezclado– y otras originales ideas en artcrimes.net)? ¿Cuenta la obra de Cindy Sherman –remezcla larga y repetitiva de la misma canción con fines casi siempre comerciales o de relleno– como extended mix?
Lawrence Lessig, especialista en ciberderecho y creador de Creative Commons (“licencia de bienes comunes creativos”), propone una utilización aún más amplia del término al aplicarlo a la sociedad: a la salud, a la distribución de la riqueza y también, a la cultura. Su propuesta es indispensable, especialmente cuando la legislación de la cultura se ha quedado a años luz de la cultura misma, sus formas de distribución y consumo. Pero la idea de remix culture, como Lessig la llama, tiene eco sobre todo porque ya vivimos en una cultura de remezcla.
Desde una obra de John Cage a la comida Tex-Mex y el tuneo de un coche: cualquier forma de customización (personalización) y/o bastardización (nos queda todavía referencias a legitimidad y novedad por eliminar) es un remix. Las clasificaciones iniciales de los tipos de remix surgieron de la música pero harían falta varios glosarios para seguirle la pista a la remezcla; al léxico de remezcla en literatura (metaficción, autoficción, etc.) sin ir más lejos.
Everything IS a remix
En el ámbito creativo, mi esperanza es que nos encaminemos cada vez más hacia un remix de géneros, una cultura creativa de transgénero (puestos a remezclar…). Hacer literatura con las artes visuales, matemáticas con la poesía (un salto pequeño a fin de cuentas), música que se ve pero no se escucha, ficción tan efímera como una performance, moda creada siguiendo una métrica, vídeo aliteración, etc. Y ya que estamos, sacudirnos de una vez las divisiones entre alta cultura y cultura popular (¡En pleno 2012!). Y que llegue el día en que no sea necesario clasificar a las obras ni a sus creadores: el día de una remezcla cultural.
La ‘fan fiction’ o dar una nueva vida a los relatos
En una imaginaria enciclopedia de la remezcla, la entrada dedicada a la fan fiction merecería un capítulo de honor. Estos relatos escritos por fans continúan la historia original hacia nuevos derroteros, imaginan tramas y relaciones entre personajes.
No suelen contar con la autorización del autor original y se publican y difunden de forma amateur. Aunque la práctica de reescribir o derivar obras de ficción es tan antigua como la literatura misma, el rasgo que diferencia a este movimiento es que lo escriben fans para consumo de sus iguales, con ánimo de seguir disfrutando de sus obras y personajes favoritos, más que con pretensiones artísticas o económicas.
Creada al calor de la serie Star Trek, la fan fiction ha tomado alas con internet, medio que permite escrituras colectivas y colaborativas, así como foros de difusión y debate.
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