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Opinión

Reinosa: 20 años de olvido

CHE
Jueves 29 de noviembre de 2007. Número 66

El pasado 5 de agosto se celebró en Novales la quinta edición del Dia’l Pueblu Cántabru, organizado por la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC), la Junta Vecinal de Novales y la Comisión de Fiestas de Novales 2007.

Lo especial de esta edición se centró en la conmemoración del vigésimo aniversario de los tristes acontecimientos acaecidos en Reinosa en 1987. El cierre patronal de las factorías de Cenemesa, Forjas y Aceros, Farga y Ferronor en la capital campurriana concluyeron con el sombrío balance de una comarca condenada y la muerte de un trabajador -Gonzalo Ruiz García- como consecuencia de la brutal actuación de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Si algo se pretendía con este evento era afirmar que una parte de esta ‘sociedad cántabra’ no olvida, tiene memoria y sigue latiendo. Y más en estos tiempos en que hemos de sobrevivir a las constantes arremetidas mediáticas de los mártires de la patria al grito de “En mi nombre NO, nosotros NO olvidamos”. Y precisamente por ello, legitimados por su ejemplo, hicimos ver desde el escenario de Novales que nosotros tampoco olvidamos. Bueno es aclarar que nunca hemos pretendido mitificar estos acontecimientos ni elevarlos a la categoría de icono del inconsciente colectivo. No. Simplemente pretendemos que sean recordados por aquello que les hizo trascendentes, muy por encima de la salvaje represión ejercida sobre el conjunto del pueblo reinosano. Lo más relevante de aquellos días fue sentir a una colectividad humana unida, junta, comprometida de verdad con una causa, a los afectados y a los no afectados, donde la palabra solidaridad alcanzó las mayores cotas de credibilidad en la historia reciente de Cantabria. El ver a toda una comarca, a toda (trabajadores, familias, estudiantes, mujeres, comerciantes...), todos juntos ayudándose, socorriéndose y dando un paso al frente sin perder los papeles. Todo esto fue lo que lo hizo grande y, aunque breve espejismo, fue la prueba de que aún quedaba brasa debajo de la ceniza.

Pero si esto fue lo más positivo a recordar, lo peor resultó -por encima incluso de la represión- la reacción timorata, desunida y en muchos casos cobarde del conjunto de la izquierda en Cantabria, que fue incapaz de crear un frente común y sólido en defensa de la comarca campurriana y del conjunto del famélico tejido industrial que malvivía en Cantabria. No es cuestión de señalar con el dedo ni tirar de hemeroteca, porque la culpa no fue de uno o de dos, sino de muchos. Cantabria, nos guste o no reconocerlo, es así.

La cohesión social es una palabra tan sobada como desconocida en la práctica, y de ese vicio troncal parten el resto de los males que ahogan a esta tierra. Mientras no seamos capaces de asumirlo sin tapujos ni paños calientes, mientras no seamos capaces de levantarnos de la silla y contarle al resto del grupo: “Soy cántabr@ y tengo un problema”, mientras no lleguemos ahí, jamás empezaremos a resolverlo, jamás podremos salir del agujero.

Después de 20 años Por ello, no debemos olvidar acontecimientos como aquellos de 1987, porque son de los pocos casos que nos pueden infundir ánimo y esperanza en estos tiempos difíciles. Viendo la realidad de la izquierda hoy en Cantabria, bueno es plantearse si después de 20 años se ha avanzado o más bien todo lo contrario. Viendo su representación institucional y su inserción social, algunos deberían plantearse hacer algo, lo que sea pero algo, y visto lo visto, aquí a nadie parece asaltarle ninguna inquietud. Seguimos tan ‘cántabros’ como siempre: encogidos de hombros y culpando a la fatalidad de los males causados por nuestra vagancia colectiva.

Desde el cantabrismo progresista siempre hemos considerado que las fuerzas mayoritarias de la izquierda del Estado en Cantabria no eran más que títeres en manos del poder económico que sigue caciqueando en “la provincia” y que les ha mantenido siempre a raya, como meros elementos ornamentales en la realidad política y social de Cantabria.

Pero aún peor es que sus bases sociales sigan, desastre inducido tras desastre inducido, sin ser conscientes de ello, refugiados puerilmente en ese opio que les susurra: “Aquí no hay nada que hacer porque todo el mundo es de derechas”. Todo menos pensar, reflexionar, hacer autocrítica y, más que nada, todo menos trabajar. Al final no se sabe quién es más títere de quién: si las grandes organizaciones del poder económico, o sus bases de su propia ignorancia jacobina. Así nos va, y sarna con gusto no pica.

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