Al mismo tiempo que la patronal, el Gobierno y sus medios extienden la ofensiva contra los y las trabajadoras, aumenta también, de forma lógica, la presión unitaria para encontrar respuestas comunes de ‘la izquierda de la izquierda’. Ahora más que nunca la confluencia de las fuerzas de izquierda es una tarea de crucial importancia. Por eso no es el momento de operaciones precipitadas ni superficiales. Es la hora del trabajo intenso, honesto y desde la base. En este contexto de ‘urgencia unificadora’ IU acaba de concluir la primera fase de su proceso de Refundación con una Asamblea y una manifestación de varios miles de personas. La parte positiva de este proceso, que sin duda está removilizando a una parte considerable de sus militantes y simpatizantes, no puede ocultar las grandes incógnitas e inconsecuencias que arrastra. Una política que merezca el respeto se construye mediante discursos que no se contradigan con la práctica política real. Es muy positivo salir a la calle contra el tijeretazo de ZP. Pero si al día siguiente se vota a favor de su aplicación en el Parlamento de Catalunya o se pacta la abstención para que salga adelante en Asturias, se tira por la borda la coherencia de cualquier proyecto. Este tipo de contradicciones, junto con la permanencia de las mismas caras al frente de sus más importantes federaciones, son los principales escollos que encontramos en la Refundación de IU.
La tarea de la izquierda antisistémica
está clara: se trata de construir
un nuevo sujeto político de la izquierda
alternativa, plural, con fuerte implantación
territorial y sectorial, con
capacidad de actuación coordinada
sobre los temas más importantes de
la agenda política y que sea capaz de
cuestionar los poderes establecidos.
Lograrlo llevará tiempo y trabajo, y
pasa por una reactivación de las luchas
sociales, que esperamos que la
huelga general del 29 de septiembre
ayude a conseguir.
Aportamos cuatro propuestas para
avanzar en este debate:

1. Es necesario cambiar el tipo de
relaciones entre la izquierda política,
la sociedad y el activismo crítico con
el sistema. No son dependencias de
tipo funcional –partido representa y
decide, movimiento moviliza y presiona–
las que deben prevalecer –como
desgraciadamente todavía ocurre–,
sino relaciones simbióticas: una
fuerza política anticapitalista debe
tener su actividad central en el impulso
de las luchas sociales y en la
creación de un bloque sociopolítico
alternativo. Existe un prejuicio muy
extendido –y en muchas ocasiones
justificado– entre los movimientos
sociales cuando los partidos de izquierdas
participan en ellos. La fórmula
para revertir esta percepción
no es el discurso, sino la práctica. La
lealtad al movimiento y el trabajo
compartido debe estar por encima
de cualquier otra consideración.
2. La democracia interna, la libre
discusión y el control estricto de sus
representantes debe ser seña de
identidad de una nueva organización.
Su vida organizativa interna
debe ser tan saludable como queremos
que lo sea una futura sociedad
socialista autogestionada. No es posible
defender una cosa para ‘afuera’
y aplicar un régimen interno antidemocrático
y que atenta contra las minorías
discrepantes o contra la proporcionalidad
que se reclama a las
instituciones del sistema. La libertad
de debate y expresión, con la publicación
en boletines internos de todas
las aportaciones individuales o colectivas
realizadas, la proporcionalidad
en la elección de direcciones o
representantes en listas, el límite
estricto de permanencia en cargos
públicos y su rotación, el establecimientos
de ingresos equivalentes al
salario medio, y la convocatoria de
asambleas públicas para rendir
cuentas, son normas ineludibles de
este nuevo partido al que aspiramos.
3. El programa debe tener como
objetivo irrenunciable terminar con
el sistema capitalista y construir otro
socialista, democrático desde la base,
que combata todas las opresiones
por razón de clase, género, orientación
sexual, raza o etnia, y que haga
las paces definitivamente con la naturaleza.
Las necesarias ‘medidas de
urgencia’ para la transición de un sistema
a otro deben tener siempre en
cuenta el objetivo final: han de ser
reformas que avancen en un sentido
anticapitalista. Así, podríamos hablar de la nacionalización de los sectores
estratégicos de la economía
–empezando por banca y energía–,
del establecimiento de un salario mínimo
de 1.200 euros y una jornada
laboral de 35 horas sin reducción salarial,
del reparto de todos los trabajos
–incluido el doméstico y de cuidados–,
de reducir drásticamente las
emisiones de CO2 o de dar papeles a
todos y todas las inmigrantes que vivan
o trabajen aquí.
4. Las relaciones con las instituciones y el poder son un elemento clave para determinar si el compromiso anticapitalista es real o una simple consigna. Es cierto que la dicotomía “reforma o revolución” ha perdido buena parte del sentido que le confirió Rosa Luxemburgo: en este momento el capital ya ni siquiera admite reformas. Pero hay una nueva delimitación entre quienes buscan articular un polo anticapitalista coherente entre fines y medios, y los que proclaman su carácter transformador pero están atados por compromisos institucionales a todos los niveles. Una fuerza de izquierdas nueva debe permanecer fuera de los gobiernos de mayoría social-liberal.
Sólo así ganará la credibilidad que
le permitirá acumular fuerzas y
crear un fuerte bloque de oposición
a las políticas del sistema, las aplique
quien las aplique. Existen fórmulas
para evitar que las fuerzas
más reaccionarias –como el PP– gobiernen
por acción u omisión de un
partido como el que proponemos,
como el voto de investidura y el paso
a la oposición. Además, tampoco
sería comprensible gobernar un
Ayuntamiento para acabar gestionándolo
con los mismos criterios
que cualquier otro partido. Si existe
fuerza social e institucional para liderar
alguna institución, está debe
convertirse en un ‘laboratorio’ de
esa otra sociedad que estamos predicando.
Sólo para eso, y por lo tanto
sólo en las condiciones que lo hagan
posible, tiene sentido asumir
responsabilidades de gobierno.
Éstas son reflexiones para motivar un debate aún poco maduro y en el que tienen que participar sectores sociales y políticos heterogéneos de la izquierda alternativa. Campañas como la preparación de la huelga general del 29- S, las movilizaciones a la que ésta debiera abrir paso o las iniciativas unitarias que puedan surgir al calor de las elecciones municipales, pueden ser buenos momentos para seguir profundizando y concretando este debate.
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (X)
¿Soñando desde la izquierda?
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (IX)
La huelga y las municipales
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (VII)
Refundar la izquierda: una propuesta abierta
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (VI)
Los pilares de la izquierda (alternativa)
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (V)
Refundación de la izquierda y grupos motores
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (IV)
Copenhague, anunciado final de la ilusión reformista
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (III)
¿Refundar lo irrefundable? El escepticismo
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (II)
¿Foros para programas o movimientos?
CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (I)
Hacia la refundación ciudadana de la izquierda