Debo confesar que Chicho es mi más vivo muerto, mi muerto de cabecera..., pero no porque yo tenga sus escritos sobre la mesilla de noche y los lea y los relea, ni porque cuando llego cansada a mi habitación propia ponga el CD de sus canciones en el equipo. Ni porque mire una y otra vez sus fotografías.
No me hace falta ningún recurso para que se me presente Chicho: porque está aquí, como metido en la cabeza, en el engranaje mismo del pensamiento, a la hora de razonar acerca de algo no sé cómo hace que ese algo se convierte a su vez en un pensar que se piensa a sí mismo. Un pensar suelto que se desentiende de mí y vuela en razón desmandada.
Le siento aquí mismo, en frente o al lado, como un soplo que nos alienta a dejarnos hablar, a dejarnos llevar por los vilanos de las palabras, en ese juego alígero de gracia y gravedad de la razón en vuelo. A veces, ante la sorpresa de alguna adivinanza sabia que brota de palabritas vanas, veo ahí todavía sus ojos chispeantes y le sigo oyendo en el canto de algún pájaro asilvestrado y tozudo, en la alborada de un mundo recién hecho, atento a la sospecha de la falsedad de la Realidad, falsa no sólo por los hechos sino también por sus intenciones, porque pretende ser todo lo que hay. Por tanto, ¡qué puedo yo decir aquí ante esto de que sus palabras vivas se hagan por fin literatura y se le pongan tapas!
¡Que su viva voz –en queja y razón de cualquiera–, quede uncida a los surcos digitales y su vera efigie fijada en las pantallas!...: pues sólo un ruego a los pequeños dioses del Poco Poder: que Chicho, en vida tan reacio a dejarse atrapar por ese trampantojo del AUTOR, siga teniendo ahora la gracia y la inteligencia de antaño para saber escapar de cualquier nueva prisión que –incluso por razones de amor– le echemos encima; y así, lo mismo que ha logrado escapar de su nombre propio y de las dos cifras de su lápida, y seguirnos por los aires hasta aquí mismo tan vivito y coleando, le alentemos nosotros también a seguir viviendo no dándole por muerto, le ayudemos a liberarse de esa cárcel de adentro de la que él salir quisiera.
Así terminaba él, con esta
coda, la canción del Romance
anónimo de la avecilla:
“...Cárcel tengo por fuera,
cárcel por dentro,
voy vagando y vagando,
puerta no encuentro:
tener no me importara
cárcel por fuera,
si la de aquí adentro,
salir pudiera...” //