
“He querido presentarlo con mi nombre porque lo he sentido así”. Así habla Amparo Sánchez de su nuevo proyecto, Tucson-Habana, su reaparición desde que dijera adiós a Amparanoia en un concierto en San Cristobal de Las Casas (Chiapas, México). Cuando apuró esa copa, Amparo se marchó a La Habana, donde surgió el borrador de lo que hoy es su primer disco con su nombre de pila.
El disco nació en parte para abrir un nuevo ciclo y en parte para cerrar una época difícil, como reconoce la que fue el alma y el corazón de Amparanoia y antes de Ampáronos del Blues. “El álbum nace de un momento especial, de recogimiento; duro, porque te sientes débil, y bajo. Las canciones me fueron salvando”. Y de canciones va precisamente Tucson-Habana, que suena menos a fanfarria y más a eso que los críticos llaman intimismo, algo que se traduce en que la rumba de su etapa ‘paranoica’ cede paso al bolero y a los ecos de grandes cantantes negras como Ella Fitzgerald y Dinah Washington.
Para grabarlo, Amparo contó con la colaboración de los estadounidenses Caléxico. Todavía como Amparanoia se marchó a Tucson (Arizona) donde este combo tiene su estudio. Iba sin una idea fija, según nos comenta, y allí, aparte de un camino que sirviera para encauzar su estilo, encontró a gente “que dedica su vida a tareas de ayuda a quienes intentan cruzar la frontera por esa parte; hay asociaciones que están esperando a los que han conseguido llegar al Norte para ayudarlos, pero también hay camiones para llevarlos a trabajar ilegalmente a quien sabe dónde”.
La vida en la frontera
Al hablar de las líneas artificiales
que separan a la humanidad,
Amparo adopta un tono
grave, “la frontera es un reflejo
muy cruel de la sociedad
en la que vivimos. Tanto para
quienes nos sentimos impotentes
al verlo como para los
que luchan por llegar a su lugar
de destino, adonde muchas
veces no llegan o si lo
consiguen es para ser explotados”.
Ese espíritu de los invisibles
ha calado en cancio-
nes como Turista accidental o
Corazón de la realidad, no
siempre a nivel semántico sino
que se aprecia en la lenta
cadencia, en las trompetas
que retratan un paisaje de una
rara belleza, probablemente
lleno de cactus y vacío de todo
lo demás salvo de esperanza.
“Hay una melancolía y una
tristeza y un dolor que estaba
también en las letras”, reconoce
Amparo, “y se unía así,
de una manera muy orgánica
con la música del sur de
Tucson, con Caléxico, mis
compañeros de grabación”.
El resultado es un sonido que procede de muchas partes, en el que se reconoce la, a veces potente, más a menudo sutil voz de Amparo. Ésta aparece dispuesta a respirar profundamente para descubrir qué más puede aportar a la música y, entre otras cosas, gracias a su colaboración con la grandiosa música cubana Omara Portuondo, Amparo Sánchez ha intuido cuál va a ser su camino: “De viejita me encantaría ser eso; una gran dama que transmitiera, que comunicara, que emocionara, que llegara dentro”. Y mientras recorra ese camino, que transcurre ayer, hoy y siempre por vericuetos de Granada, Madrid, Barcelona, Tucson o La Habana, Amparo Sánchez seguirá cantando por muchos años.