
La primera semana de noviembre se celebra en Barcelona la penúltima reunión para alcanzar un acuerdo internacional sobre cambio climático que sustituya al Protocolo de Kioto cuando éste concluya, a finales de 2012. Después de Barcelona sólo restará la Cumbre o COP (Conferencia de las Partes) de Copenhague en diciembre para cerrar dicho acuerdo. Durante este año ha habido varias reuniones donde los avances en las negociaciones entre los países del mundo han sido escasos. De hecho, muchas voces apuntan a que dada la situación actual y el tiempo restante, de Copenhague no saldrá acuerdo ninguno.
Situación actual A pesar de lo que se juega en estas reuniones, es decir, el futuro de centenares de millones de personas, las negociaciones se plantean tradicionalmente como partidas de ajedrez, donde las estrategias, los secretos y las guerras de nervios son el pan nuestro de cada día. Y son los mal llamados países desarrollados los que tienen en su poder casi todas las llaves para abrir la puerta del acuerdo. Ya que han sido históricamente, y lo siguen siendo, los causantes de las emisiones de gases invernadero que provocan el cambio climático, son ellos (o sea, nosotros) quienes deben afrontar las drásticas reducciones para controlar el problema, alrededor del 40% respecto a 1990 (año base).
Pero esto no sería suficiente, ya que con las emisiones previstas para el resto de países, con una calidad de vida muy inferior, el cambio climático empeoraría. Para conseguir que las emisiones de los países empobrecidos no superen el límite, es necesario que los enriquecidos transfieran recursos y tecnología, para mejorar la calidad de vida de aquellos sin emitir demasiado y para que se adapten adecuadamente a las consecuencias inevitables ya del cambio climático.
Pues bien, salvo alguna excepción destacable como la de Noruega, las propuestas de los países enriquecidos, tanto en compromisos de reducción de emisiones como en financiación, han sido hasta el momento muy insuficientes. En relación a este último asunto, mientras que los países del Sur global aspiran a una estructura de financiación que esté en la línea de la Convención de Naciones Unidas (multilateral y pública) y directamente gobernada por la Conferencia de las Partes (COP), la UE y los EE UU, en una muestra más de su desconfianza a los valores democráticos que promueven, pretenden que sea un organismo como el Banco Mundial, con una trayectoria nefasta para los países del Sur, quien la gobierne y dirija. Asimismo, consideran que dicha financiación debe provenir de fuentes privadas en vez de públicas, cuando es el propio mercado y sus mecanismos los mayores promotores de cambio climático y cuando las mismas empresas que deberán generar el dinero no están dispuestas a hacerlo.
Modelos alternativos En la reunión (o pre COP) de Barcelona los focos apuntarán directamente hacia las propuestas de financiación de UE, EE UU, Japón, Australia, Canadá, etc. Si éstas son aceptables, los avances se producirán a un ritmo mayor que en la actualidad pues la estrategia de reducción de emisiones conjunta se desbloqueará. De lo contrario, Barcelona será un nuevo fracaso y Copenhague no dará a luz un acuerdo sostenible y justo. Sostenible para lograr limitar el cambio climático y poner en marcha modelos alternativos a los combustibles fósiles y sus consecuencias. Y justo para librar de los efectos del cambio climático a millones de personas en el Sur y proporcionarles unas condiciones de vida dignas.
En definitiva, en Barcelona estaremos atentos y atentas para ver si se comienza a saldar la deuda climática que el Norte tiene con el Sur por las emisiones de gases que desestabilizan el clima, por la exportación de un sistema de desarrollo incompatible con la sostenibilidad global y por los impactos ambientales y sociales derivados del cambio climático. Después habrá muy poco tiempo hasta Copenhague, y la experiencia dice que la falta de tiempo favorece los malos acuerdos, como el de Kioto.