
La operación de puesta en marcha de un banco malo es fundamentalmente un rescate semántico para hacernos creer que hay bancos buenos. Esta zafia estrategia política podría extenderse a otros sectores institucionales tan necesitados del bisturí moral como los bancos. Por ejemplo, en los próximos meses se podría poner en marcha un gobierno malo y una UE mala. Esta última, a riesgo de que tenga mucho más tirón que la actual, podría estar dirigida por una señora de Leipzig parecida a la señora Doubtfire y por un enano vestido de Toulouse Lautrec. En un hipotético “gobierno malo” se podría descargar a los juguetes rotos de la política nacional: el honorable Paco Camps podría presidir, Pepe Blanco podría ocupar el Ministerio de Fontanería, Rafael Simancas y Tomás Gómez podrían dirigir un Ministerio de Venta al por Menor, etc.
Quizá en las elecciones a “gobierno malo” sea más fácil que se permitan listas abiertas. Imagínense qué mundo de posibilidades: Carlos Carnicero, Joan Laporta o Sergio Ramos tendrían posibilidades de entrar en un gobierno malo, incluso en uno pésimo. Además, el gobierno malo y el bueno podrían tener periódicamente una sesión cara a cara, tan inútil como cualquier otra manifestación de la actual democracia representativa pero, indudablemente, más entretenida.
Volviendo al banco malo, este podría servir para tender una celada, más bien burda, a las inefables agencias de calificación. Si todo va bien, a los activos del banco malo se les calificaría como basura y las agencias tendrían que dejar sus triples, dobles y simples A’s para el resto de entidades buenas y sabias. Si esto no fuera así, el gobierno, que ya saben que tiene muchas ganas de decirle algo a estos señores de la calificación, podría decir “¡Ah! ¡Os pillé! Estáis calificando como caca lo que todo el mundo sabe que es bueno”. Desde ese punto de vista se podrían despistar los sofisticados modelos prospectivos que utilizan estas agencias para calificar, con total objetividad y sin que medien sus intereses privados, las evoluciones del sistema financiero.
A fin de cuentas, nadie necesita que le digan que lo que lleva el nombre de caca es, en efecto, caca. Entonces, podría darse el caso de que en este marasmo financiero el banco malo recibiese las máximas calificaciones y que, como sucedería con sus proyectos hermanos, el “gobierno malo” y la “UE mala”, acaben siendo más queridos y exitosos que sus versiones buenas. Los ciudadanos se agolparían a las puertas del banco malo para meter sus ahorros en sus novedosa fórmula “depósito infecto a plazo fijo con intereses del 150%” o su conocido “plan de pensiones ruinoso, con descapitalización asegurada antes de un año”.
Pero, amigos, nada de esto va a suceder. Los think tanks y los asesores del gobierno son conscientes de que poner un calificativo moral detrás de una institución es abrir la caja de pandora. Entre eso, y que la operación banco malo implica gastar, a plena luz del día, por lo menos, 50.000 millones de euros para que el erario público vacíe de caca inmobiliaria los balances de los bancos, la cosa tiene pocos visos de salir adelante. Sin duda, se preferirá ir haciendo con dinero público compritas de basura inmobiliaria sin ningún valor, por aquí y por allá, de manera más discreta: con un fondito de rescate, en medio de una fusión de cajas, etc. En fin, que es mucho más probable que el gobierno se decante por bancos nominalmente neutros a que continúen cometiendo acciones malas, muy malas y criminales pero siempre “puntuales”.