
Como si de una potente infección vírica se tratara, el mal de la excelencia ha invadido el cuerpo de la Universidad. Circulan los listados de las “mejores universidades del mundo”, sistemáticamente lideradas por entidades estadounidenses. Entrar en esa lista atrae a las universidades europeas como ocurre con los ricos de Forbes para el sueño de muchos mortales. En noviembre, el Ministerio presentaba el programa Campus de Excelencia Internacional, con este objetivo. Por ejemplo, en el Academic Ranking of World Universities (ARWU) elaborado por la Universidad Jiao Tong de Shangai hay que descender hasta el puesto 170 para encontrar una universidad española, la de Barcelona. “Ser el mejor” tal vez enlaza con alguna interpretación psicoanalítica como la búsqueda de la atención paterna. Pero, ¿qué es ser el mejor? ¿A qué cosa se está refiriendo la reforma de Bolonia cuando utiliza ese calificativo? Yo pediría más información antes de jugarme el futuro con ese criterio. Agárrense porque el mejor estudiante es aquel más centrado en sí mismo, más dispuesto a abandonar todo y a todos por conseguir el más brillante de los rendimientos académicos. Y la mejor de las universidades es aquella que consigue el mayor número de publicaciones en revistas científicas muy mencionadas por otras revistas científicas. Hay variantes, como casi en todo, pero básicamente de éso es de lo que hablamos. Así que las universidades que aspiren a ser las mejores deberán conseguir a los egocéntricos más eficaces que una vez engrosen el cuerpo del profesorado sigan produciendo como cosacos, esta vez no calificaciones sino publicaciones.
Mejorar el mundo requiere investigación. Pero lo contrario no es cierto, como es obvio. Como digo a mis estudiantes muchas veces: buena parte de las investigaciones, aun las publicadas en las revistas de mayor prestigio, hacen agua de tal modo y con tanta frecuencia que menos mal que en la práctica no sirven para nada salvo para la carrera laboral de quienes las publican. Estos criterios generan una creciente bola de nieve. Así, para considerar un programa formativo como excelente, ha de ser impartido por gente excelente. De esta forma, se importa profesorado con abundantes publicaciones en revistas de prestigio como garantía de que el programa formativo merecerá la pena, aunque nadie lo entienda ni lo que explica sirva para nada ante el objetivo de una sociedad mejor, entendiendo “mejor” aquí en el sentido que supone cualquier hijo de vecino.
Ingenuo de mí, pensaba que una universidad debía cumplir con el mismo cometido que todo invento de la sociedad: procurar mayor bienestar en ésta, es decir, en cada uno de sus miembros. Se vende la idea de que de tal cosa se trata en efecto en la reforma. Y se vende porque se dice que el egocentrismo eficaz distingue a la gente más ambiciosa que, siguiendo el credo capitalista, procurará progreso mediante su ambición. Y se vende porque se dice que el número de citas en revistas científicas es una medida inmejorable de la utilidad social del conocimiento citado. No le veo la relación, lo siento. Y, como no se la veo, sigo preguntando “mejor ¿para qué?”.
Para seguir remarcando lo que resulta obvio, ¿no es cierto que sólo puede haber un mejor y que el resto no debe serlo para que el primero mantenga su estatus? No es cuestión de progresar sino de encabezar una lista prostituyéndose ante sus criterios. La búsqueda de la excelencia, en tales términos, es la fábrica de la marginación: para que exista un mejor (o unos pocos mejores), el resto debe hacer bulto. No defiendo la universidad presente. Tiene tantos agujeros como un queso de gruyere. Pero la que viene, tan vendida a tantas cosas, no me place más. De todas formas, estos argumentos no son los mejores: han sido publicados en un periódico, no citado en los índices de impacto.