A nivel planetario, 48,4 millones de hectáreas están dedicadas a la soja Roundup Ready. Esta semilla está modificada genéticamente para resistir a un herbicida muy potente. Tanto el herbicida como la semilla son de la misma empresa, Monsanto. Esta transnacional aterrizó en Argentina en el ‘96, tan ansiosa de “compartir su desarrollo” que donó la soja RR a los productores de la pampa sin haberla patentado. Regalando los sacos y subsidiando el herbicida, logró que la soja se expandiera como el fuego. Posteriormente, a través del contrabando, Monsanto contaminó Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia. En la actualidad, la soja RR cubre más 15 millones de hectáreas en Argentina, superando el 45% de la superficie agrícola. Su valor es primordial en las exportaciones argentinas, ocupa tres de los cinco primeros lugares. Sin embargo, en empleo generado, la posición desciende al undécimo lugar. Los monocultivos de soja transgénica no necesitan agricultores, con el paquete biotecnológico y las máquinas de siembra directa, y dos personas se encargan de aproximadamente 500 hectáreas. Argentina ha pasado de exportar alimentos a exportar una commodity que sólo beneficia a las grandes transnacionales por su versatilidad industrial y que pone en riesgo la seguridad alimentaria del país. De la soja se puede hacer forraje, emulsionantes, biodiesel, champú, pegamento y hasta pinturas. La soja está presente en casi todos nuestros alimentos pero es invisible, de esta forma se ha convertido en un insumo estratégico de valor geopolítico para las corporaciones que controlan el mercado alimentario (Monsanto, Syngenta, Cargill, ADM, Dreyfuss o Bunge). Pero la expansión de la soja no ha tocado techo; se estima que la demanda aumentará un 60% en los próximos 20 años debido al crecimiento de la agroindustria. Con el precio del barril de petróleo en ascenso y el Protocolo de Kyoto firmado, otro nuevo mercado incalculable se abre para la soja: el biodiesel. De hecho, la construcción de la nueva hidrovía a lo largo de 3.360 kilómetros a través de la zona de tierras húmedas tropicales más grande del mundo hará posible que las barcazas de Cargill accedan hasta el pantanal de Brasil y todo el chaco argentino, paraguayo y boliviano.
CONFLICTO CAMPESINO
Durante 1998-2002, 118.000 hectáreas
han sido ‘desmontadas’
para la producción de soja en el
Chaco, 160.000 en Salta y
223.000 en Santiago del Estero. El
avance de la soja en el norte de
Argentina, al igual que en Paraguay
y Brasil, se ha hecho, en muchos
casos, a costa de comunidades
campesinas o indígenas. El modelo
implica la explosión de los conflictos
de tierra generando una ola de
corrupción y violencia a manos de
policías y paramilitares que acorrala
a las comunidades que resisten
el avance. La oleada de agro-químicos
provoca intoxicaciones y
enfermedades masivas, incluso en
barrios periurbanos rodeados de
soja. Finalmente, los químicos y la
violencia expulsan a los campesinos
hacia las ciudades, que suelen
nutrir las villas-miseria y los ejércios
nocturnos de cartoneros que
reciben la ‘soja solidaria’ que regalan
los exportadores en los comedores
populares.