Periódico Diagonal

Monsanto y su estregia para entrar en América Latina

Javiera Rulli, miembro del Grupo de Reflexión Rural (GRR)
Lunes 5 de junio de 2006. Número 31

A nivel planetario, 48,4 millones de hectáreas están dedicadas a la soja Roundup Ready. Esta semilla está modificada genéticamente para resistir a un herbicida muy potente. Tanto el herbicida como la semilla son de la misma empresa, Monsanto. Esta transnacional aterrizó en Argentina en el ‘96, tan ansiosa de “compartir su desarrollo” que donó la soja RR a los productores de la pampa sin haberla patentado. Regalando los sacos y subsidiando el herbicida, logró que la soja se expandiera como el fuego. Posteriormente, a través del contrabando, Monsanto contaminó Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia. En la actualidad, la soja RR cubre más 15 millones de hectáreas en Argentina, superando el 45% de la superficie agrícola. Su valor es primordial en las exportaciones argentinas, ocupa tres de los cinco primeros lugares. Sin embargo, en empleo generado, la posición desciende al undécimo lugar. Los monocultivos de soja transgénica no necesitan agricultores, con el paquete biotecnológico y las máquinas de siembra directa, y dos personas se encargan de aproximadamente 500 hectáreas. Argentina ha pasado de exportar alimentos a exportar una commodity que sólo beneficia a las grandes transnacionales por su versatilidad industrial y que pone en riesgo la seguridad alimentaria del país. De la soja se puede hacer forraje, emulsionantes, biodiesel, champú, pegamento y hasta pinturas. La soja está presente en casi todos nuestros alimentos pero es invisible, de esta forma se ha convertido en un insumo estratégico de valor geopolítico para las corporaciones que controlan el mercado alimentario (Monsanto, Syngenta, Cargill, ADM, Dreyfuss o Bunge). Pero la expansión de la soja no ha tocado techo; se estima que la demanda aumentará un 60% en los próximos 20 años debido al crecimiento de la agroindustria. Con el precio del barril de petróleo en ascenso y el Protocolo de Kyoto firmado, otro nuevo mercado incalculable se abre para la soja: el biodiesel. De hecho, la construcción de la nueva hidrovía a lo largo de 3.360 kilómetros a través de la zona de tierras húmedas tropicales más grande del mundo hará posible que las barcazas de Cargill accedan hasta el pantanal de Brasil y todo el chaco argentino, paraguayo y boliviano.

CONFLICTO CAMPESINO
Durante 1998-2002, 118.000 hectáreas han sido ‘desmontadas’ para la producción de soja en el Chaco, 160.000 en Salta y 223.000 en Santiago del Estero. El avance de la soja en el norte de Argentina, al igual que en Paraguay y Brasil, se ha hecho, en muchos casos, a costa de comunidades campesinas o indígenas. El modelo implica la explosión de los conflictos de tierra generando una ola de corrupción y violencia a manos de policías y paramilitares que acorrala a las comunidades que resisten el avance. La oleada de agro-químicos provoca intoxicaciones y enfermedades masivas, incluso en barrios periurbanos rodeados de soja. Finalmente, los químicos y la violencia expulsan a los campesinos hacia las ciudades, que suelen nutrir las villas-miseria y los ejércios nocturnos de cartoneros que reciben la ‘soja solidaria’ que regalan los exportadores en los comedores populares.

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Portada número 167
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