
Soler nace en Valencia y estudia una carrera técnica que abandona para dedicarse al cine. Se inicia como productor publicitario, pero pronto se decanta por el cine documental. Los comienzos durante el tardo-franquismo no fueron fáciles. Muchos directores no aceptaban los límites de la censura, lo que les situaba en la ilegalidad más absoluta. Era la época de un cine independiente, marginal, subterráneo, amateur, donde la cámara de 16 milímetros se utilizaba con el propósito de cambiar el mundo. Alrededor de 1970 realiza El altoparlante, Noticiario RNA, una parodia del NO-DO, Carnet de identidad y Antisalmo, sobre el vínculo Iglesia-poder.
“No me gustaba aquella realidad, y por eso quise reflejarla, para combatirla. Son años de semiclandestinidad cinematográfica, donde mis películas se ven, no sin peligro, en circuitos alternativos. Aquella época tenía el atractivo de lo prohibido, el agridulce sabor de saber que estabas al margen de la ley. Y que tu trinchera de lucha contra el Franquismo era ésa”, comenta Soler.
Por aquella época nació la Cooperativa de Cinema Alternatiu y La Central del Curt, que intentaban unir producción y distribución para difundir cine independiente en los canales de exhibición alternativos. Esta situación marca la estética de Soler: ausencia de requisitos como plan de rodaje, presupuesto, producción, guión... Un cine libre de apetencias económicas, directo y realista, tolerante y natural, que admite hechos y personajes sin someterlos a juicio, dejándoles que se expresen libremente, sin censura. Esa libertad de movimientos se traduce en una libertad de acción difícilmente asumible desde parámetros industriales.
Desde su primer film sobre los toreros del extrarradio barcelonés -52 Domingos, su “película más brutal y descarnada” -, hasta uno de sus últimos trabajos -Kenia y su familia, historia de dos lesbianas que quieren ser madres-, ha definido una personalidad tajante en su cine. Defensor de la cámara en mano y los formatos domésticos, con cierto rechazo al preciosismo estético y una actitud totalmente subjetiva, para Llorenç el documentalista trabaja primero desde el corazón, luego coge la cámara, comprometiéndose con la causa que aborda: “No me siento coaccionado en mis producciones industriales, mantengo bastante impoluta la bandera de la independencia y la defiendo con uñas y dientes. Desde hace años tengo la norma de no participar en producciones donde pueda ver amenazada mi libertad o mi pensamiento”.
En los ‘80 juega con la experimentación en Bilbo, Sonor o Topless/Videoexperiencia, donde un pecho de mujer en plano fijo de una hora es sometido a diferentes estímulos, siendo así uno de los primeros videoartistas españoles. Actualmente sigue experimentando (Autorretrato), aunque suele mantener oculta esta faceta. En 1984 entra como realizador de la recién nacida TV3, con los programas culturales Galería Oberta y Trossos.
“En aquella época, trabajar en TV3 era una gozada, no se era víctima de los índices de audiencia. Con decir que mis programas culturales se emitían en prime time... Hoy esto resulta increíble. Hoy es una televisión paternalista, llena de tics, autorreferencial, endogámica, que no se ha hecho culturalmente adulta, también por culpa de esa persecución alocada de altos niveles de audiencia”.
Para Soler, “hoy se hace, en general, una televisión para disminuidos mentales. Y no hablemos de la mediatización que sufren los programas informativos, que son habitualmente ‘la voz de su amo”.
En los últimos años también ha experimentado con el cine de ficción, que acaba siendo una especie de cine dogma: “Lola vende cá trata el tema de los gitanos que viven aparentemente integrados en la gran ciudad y es una película anticonvencional, parte ficción, parte documental, parte making of, que incluye también una reflexión de la protagonista, Cristina Brondo, sobre su relación con los gitanos protagonistas de la película. Un collage. Sin embargo, su mensaje -las contradicciones que tiene actualmente el pueblo gitano, atrapado entre la tradición y la modernidad-, interesó al público, que la premió en el Festival de Alcalá de Henares”.
Algunos de sus últimos largometrajes son Said, su primera película de ficción que “trata del problema de los magrebíes que llegan en pateras a la Península y no encuentran el paraíso que pensaban”, y El viaje inverso, “historia de la despoblación en el campo de Castilla que presenta el caso de los llamados “neorrurales”, personas que, hastiadas de la civilización urbana y de sus inconvenientes, se han trasladado a aldeas en vías de extinción, ocupando el espacio que los naturales abandonaron. Muchos de ellos llegan a los pueblos con sus hijos, una inyección de vitalidad para la escuela del lugar. Porque ya se sabe que cuando una escuela desaparece, poco tardará el pueblo en deshabitarse y extinguirse. Ese retorno a los orígenes es hoy una utopía difícil de llevar a cabo”.