Más de un millón de personas cruzan cada año de México a EE UU, con los permisos en regla o no. “Hay pocos lugares en el mundo en el que las tensiones originadas por las migraciones masivas de población son tan escandalosas como en esta zona. Este espacio que abarca México y sus fronteras del norte y del sur, es un camino obligado que deben seguir los pobres, los que se movilizan por tierra para alcanzar el territorio y el mercado de trabajo de EE UU”. Es lo que afirma un informe de la Federación Internacional de los Derechos Humanos (FIDH), estructura que agrupa a 155 organizaciones de todo el mundo.
La oficina del censo de EE UU indica que actualmente hay 31,7 millones de latinos en su territorio, el 11,7% de la población. Los mexicanos representan el 65% de esta suma. En 2000, los centroamericanos eran poco más de 11 millones. Este crecimiento espectacular “se puede relacionar con la aceleración del proceso de globalización ‘asimétrico’ de un modelo de economía liberal de mercado que agrava las desigualdades iniciales entre los países y las regiones dentro de estos”, sostiene la FIDH.
Aunque la economía estadounidense necesita de esta mano de obra ha reforzado las barreras para impedir los movimientos de personas. Para la FIDH esto “ha marcado el inicio del proceso de militarización de la frontera”. Esta organización recuerda que, en la última década, la “pobreza no ha dejado de aumentar en las zonas rurales y semiurbanas de los países de la región. De los 35 millones de habitantes de América Central, 19 millones son considerados pobres: de los cuales ocho millones son extremadamente pobres, es decir que disponen de menos de un dólar al día. La agravación de su pobreza es estructural”.
La fragilidad de estas economías, “vulnerables por la globalización”, las hace muy dependientes de las remesas. Las autoridades mexicanas estiman que “en las zonas rurales de México un hogar de cada diez depende de los envíos de dinero de los parientes emigrados”. A consecuencia de las presiones de los EE UU, el control también se ha extendido al sur. La frontera vecina con Guatemala, tras un largo periodo de olvido y abandono, ha cobrado una atención importante, al asumir el Gobierno mexicano un papel de gendarme fronterizo.