Un joven obsesionado con matar a
Berlusconi. Podría ser la historia de
cualquier italiano en un país donde
hasta el divorcio del primer ministro
se consuma en un ritual obsesivo delante
de las pantallas. Pero se trata
sólo de una película de un director
emergente, una historia de tantas,
donde por una vez el malo de turno
no quiere matar al presidente de
Estados Unidos, sino al mandatario
transalpino: un multimillonario que
lleva 15 años en el poder y tiene en
sus manos un enorme fuerza mediática.
¿Hay algo malo en hacer películas
de ‘fantapolítica’? En principio no,
pero si la obra se llama Shooting
Silvio (Disparando a Silvio) hay que
considerar algunos inconvenientes.
Contra el largometraje ha disparado la artillería pesada de los diputados de la derecha italiana, que sin haber visto ni un minuto han definido la película como un “himno a la violencia”.
Y todo ha acabado con el clásico happy end berlusconiano: la censura. La historia, escabrosa en un Italia enganchada a Gran Hermano, trata de un hombre que piensa escribir un libro para denunciar el poder de Berlusconi y, cuando su proyecto fracasa, desarrolla una obsesión: matar al primer ministro italiano.
La película no ha encontrado ni un pequeño hueco en las cadenas de la televisión italiana. Las seis principales están en las manos de Berlusconi: tres son suyas y las otras tres como si lo fuesen, ya que están controladas por su Gobierno. Sin embargo, quien se hizo cargo de la difusión de la peligrosa obra fue Sky, la televisión de pago del magnate australiano Rupert Murdoch. Hay que tener en cuenta que Murdoch, por sus últimos roces de negocios con Il Cavaliere, es presentado por la propaganda berlusconiana como un peligroso comunista (¡algo que debe preocupar seriamente al propietario del Wall Street Journal!).
Pero finalmente también Sky se rindió a las protestas del bando berlusconiano. La tercera réplica de Shooting Silvio despareció de las pantallas, remplazada por un buen viejo film estadounidense, donde como mucho se matan a indios piel roja. Quizás el miedo de los partidarios del Cavaliere tenga alguna razón. Al otro lado de los Alpes parece que el asesinato político sea una de las especialidades locales, junto con la pizza y la mandolina. Dejando a un lado un clásico de todos los tiempos, el cuchillazo a Julio César, los atentados en Italia siempre han malherido a diestra y siniestra. En 1948 un asalto contra Palmiro Togliatti, entonces secretario del PC, dejó el país al borde de la guerra civil. Y en 1981 la causa anticlerical remontó en Roma con el fallido atentado contra el Papa. Sin embargo, hay que volver un poco atrás en el tiempo para encontrar el atentado más importante de la historia italiana, el asesinato del rey Umberto I. En 1900 el anarquista Gaetano Bresci disparó tres veces al monarca mientras se dirigía a Monza, ciudad a escasos kilómetros del cuartel general de Berlusconi en Arcore. Tal vez al Cavaliere le da miedo esta coincidencia geográfica. Tal vez, ciento y pico años después, en la cabeza del nuevo monarca se insinúa un viejo refrán: la historia se repite. Y no es posible cambiar de canal.
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