
TEXTO: AGATHA MACIASZEK Y MAGGIE SCHMITT//
Técnicamente han alcanzado Europa, pero de esta pequeña ciudad entre la valla y el mar no pueden salir ni pueden trabajar. Sólo les queda esperar. En principio el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta puede retener a las personas durante seis meses (prorrogable una vez), pero son muchos los que llevan años allí. Tras casi dos años de espera, un grupo de indios, que en un primer momento eran 72, se fugaron del CETI para evitar su eventual deportación. A día de hoy llevan un año acampados en el monte.
Desde el momento de su fuga, el 7 de abril de 2008, algunos han vuelto al CETI por no aguantar el frío y las enfermedades en el monte. Los 54 que permanecen allí han montado una colonia de casas hechas de palos, plásticos y cartón en el bosque ceutí, donde comparten las tareas de cocinar, cortar leña, traer barreños de agua y mantener el campamento. Todos trabajan aparcando coches o llevando carritos en los grandes superficies de Ceuta, y las monedas que ganan de esta forma se colectivizan para la comida de todos. Ante la desesperante incertidumbre de su situación, las ansiedades y los terribles recuerdos del viaje, los 54 se cuidan entre sí, animándose y manteniendo la dignidad con cosas pequeñas como un partido de cricket o una oración común.
Causa común
Si bien cuando se lanzaron al monte
sólo sabían que no querían ser
deportados, ahora están haciendo
una estrategia de lucha. Han hecho
causa común con un grupo de
bangladeshíes en Melilla en circunstancias
parecidas. Han montado
un equipo de cricket, Los
Tigres del Monte (lostigresdelmonte@gmail.com), retando a los clubes
de cricket de la península a un
torneo en Ceuta para visibilizar su
situación. Son los protagonistas del
documental Los Ulises, de Alberto
García Ortiz y Agatha Maciaszek
(losulises-documental.blogspot.com), como también de un
creciente número de reportajes
en prensa. Han conseguido forjar
una amplia red de apoyos que
agrupa cristianos de base, asociaciones
de indios en España y organizaciones
pro derechos humanos,
todo desde su campamento
clandestino en el bosque.
Existe un precedente para la solución que buscan: poco antes de fugarse al monte este grupo de indios, hubo un grupo de 37 bangladeshíes que hicieron lo mismo y, gracias a la movilización de apoyos en la península, pudieron negociar con el Gobierno su legalización y traslado a Madrid. Sin embargo, con la crisis el Gobierno se muestra cada vez más férreo en su política de deportación, insistiendo que la repatriación es lo único que les espera a los 54.
La deportación sería una catástrofe para ellos. Salieron de la India hace cinco años, vendiendo sus bienes, negocios y terrenos para poder pagar a los agentes que prometían llevarles directamente a dónde estaban cuando, en vez de encontrarse en Europa, aterrizaban en Burkina Faso o Mali. De allí empezaron un recorrido loco por África, pasando meses encerrados en casas de las mafias, sin poder asearse ni comunicarse con el mundo exterior, despojados de sus pasaportes y sus pertenencias, muchas veces sin comida ni agua. Así pasaron de una mafia a otra, de un país a otro, hasta llegar al desierto. En la travesía del Sáhara vieron a compañeros morirse, y al llegar al otro lado muchos fueron detenidos por la policía argelina y devueltos a Mali para empezar de nuevo. Han pasado por calabozos, abandonos en el desierto, extorsiones y torturas, cada uno con una historia distinta pero todos víctimas de un sistema de fronteras en cuya sombra florece el tráfico de personas. Todo esto para llegar a Ceuta, donde llevan trece meses atrapados en un limbo jurídico.
Si el Gobierno les devuelve a la India, “para castigar a las mafias” según dice, se verán en la misma acuciante situación económica de la que salieron en busca de una vida mejor, años después y ahora cargados con las impagables deudas adquiridas en el viaje. Es una posibilidad que ninguno quiere contemplar.