O eso es lo que parece. Que los dos partidos mayoritarios y únicos con posibilidades reales de gobernar este históricamente complicado país, siguen sin enterarse, o lo que es peor, no se atreven a contarnos a los ciudadanos la realidad de los principales motivos por los que la grave crisis mundial provocada por el sistema capitalista (ahora lo llaman mercados), se agudiza peligrosa y extraordinariamente en España. Solo han pasado unas semanas desde la debacle del Partido Socialista Obrero Español ante la abrumadora mayoría del Partido Popular, y ya podemos, los ciudadanos, adivinar la que se nos viene encima: más mentiras, más recortes contra los ya de por sí sufridos ciudadanos y el continuo cruce de acusaciones entre los entrantes, con reproches a los salientes por ocultar información, y de los salientes pidiendo urgentes comparecencias a los entrantes, para dar explicaciones a los ciudadanos de cómo y de qué manera van a solucionar una situación que ni salientes ni entrantes van a ser capaces de afrontar con la actual manera de entender la política, en esta, casi recién estrenada “democracia a la española“ que arrastra el mismo lastre de defectos desde hace más de doscientos años.
En los últimos dos siglos, lo único que ha cambiado en España, en la manera de entender la política, son los conceptos que se utilizan para identificarse entre progresistas y conservadores, que hasta finales del siglo XIX, se conocían como liberales y absolutistas y a partir de la Revolución Francesa y hasta nuestros días, como izquierda y derecha. Por lo demás, y sobre todo en España, lo que sí está claro es que los que siempre se han considerado como reaccionarios (anclados en el pasado), siempre encuentran hueco (siglas) donde acomodarse, para, todos juntos, aunque con mal disimuladas diferencias, aglutinarse en lo que hoy se denomina: neoliberalismo.
Por el contrario, los liberales, progresistas, izquierdistas o últimamente indignados ciudadanos, lejos de encontrar una fórmula para hacer frente al despotismo de este conglomerado que yo denomino “fascioneoliberalpopulismo”, seguimos discutiendo entre otras ocurrencias, si se adecua al momento actual el uso del concepto “izquierda” para identificarnos en la lucha contra nuestro principal y común enemigo, que sigue siendo, aunque lo quieran adornar de otra manera, el capitalismo salvaje de siempre. El origen de esta situación de desorientación general entre la inmensa mayoría de ciudadanos, cabreados con los políticos que creen representarnos en los diferentes parlamentos pero con lógicas inquietudes sociales, puede estar en la actual falta de coordinación entre jóvenes, menos jóvenes y jubilados, no solo por las lógicas diferencias en sus distintas reivindicaciones, sino también por las diferentes maneras de imaginar, no solo nuestro futuro, también el de nuestros hijos y nietos.
Desde mediados del pasado año, con las masivas concentraciones en la Puerta del Sol y otras plazas de diferentes provincias españolas, las multitudinarias manifestaciones del 15-M y 15-O en Madrid y la repercusión que estos actos tuvieron en otras ciudades del mundo, parecía que por fin la indignación ciudadana se olvidaba de arcaicos partidos políticos para debatir y exigir en la calle: “DEMOCRACIA REAL YA“. El problema surge (otra vez) por el desconcierto y falta de coordinación entre organizadores y portavoces, para unificar criterios a la hora de intentar movilizar al indignado ciudadano. Este problema se solucionaría con unos únicos portavoces elegidos democráticamente en las diferentes asambleas vecinales, que, a su vez, y tras debates concluyentes, informarían a través de las redes y con un único y nuevo logotipo: INDIGNACIÓN POPULAR (IP) de las sensatas decisiones para que la indignación de millones de ciudadanos no decaiga. De lo contrario, esta gran ilusión por responder en la calle a la desfachatez de los que nos humillan con políticas reaccionarias, acabará, otra vez, en una gran decepción y como consecuencia, en la resignación.