Periódico Diagonal

Fuera de Lugar

Los cuerpos eléctricos

El rastro de los cowboys se perdió cuando viajantes y aventureros confiaron sus sueños a hojas de ruta, líderes y agencias de viaje.

Servando Rocha
Miércoles 25 de enero de 2012.  Número 166
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Foto: Nicolás Pousthomis / Sub. Coop.

La frontera, un territorio prohibido, aparentemente inhóspito y muchas veces desconocido, era el espacio de acción del mítico cowboy. El cowboy carecía de barreras, pero se mantenía dentro de unas particulares cartografías donde ciertos elementos (una montaña, un desfiladero o un río) delimitaban el territorio.

Observo un tanto apesadumbrado las actuales mutilaciones de la imagen del cowboy y siento una presencia asfixiante que recuerda mi electricidad, mi vigor, mi moral. He oído decir que los cowboys ya no existen, que un día habitaron la tierra y que de su existencia dan cuenta relatos y películas. Su rastro se perdió cuando viajantes y aventureros confiaron sus sueños a hojas de ruta, líderes y agencias de viaje.

Varios fenómenos en el terreno de la cultura y la política han sido herederos del mito del cowboy. La psicogeografía situacionista, por ejemplo, repensaba esos límites y espacios para diseñar nuevos mapas y lugares donde las fronteras se subvertían por nuevos indicadores y mapas alternativos (todo mapa “oficial” no es más que reflejo del poder y la economía). La frontera pasaba a ser una construcción histórica, un elemento más que no era respetado sino por su aspecto emocional y de cambio de escenario. Las ciudades eran vistas como fantásticos espacios de interacción entre sus habitantes y también de éstos con elementos existentes sobre el territorio. Con ello, se recuperaba cierta parte de lo que se ha venido a llamar “filosofía del cowboy”, según la cual tras una montaña existe otra y se viaja sin plan ni hoja de ruta.

El escritor de ciencia ficción William Gibson reivindicó con frecuencia un tipo de cowboy interestelar, un viajante anárquico desprovisto de más finalidad que iniciar el viaje y avanzar en medio de éste. También Alexander Trocchi, en su paso por las filas situacionistas, reivindicó al cowboy interestelar. La cultura oficial se derribaba cuando el caballo troyano irrumpía en su mismo núcleo. Los cosmonautas habían llegado a su destino.

Aunque los cosmonautas de Trocchi debían interpretarse en un sentido más o menos figurado, otro situacionista, en este caso el venezolano Eduardo Rothe (en la actualidad apuntalador a sueldo del régimen chavista), se tomó todo aquello de otra manera: “Los hombres entrarán en el espacio para hacer del universo el terreno lúdico de la última revuelta: la dirigida contra las limitaciones que impone la naturaleza. Y, derribados los muros que separan hoy a los hombres de la ciencia, la conquista del espacio

Varios fenómenos en el terreno de la cultura y la política han sido herederos del viejo mito del cowboy

ya no será una escalada económica o militar, sino una floración de libertades y realizaciones humanas conseguidas por una raza de dioses”. Fue otro situacionista como Uwe Lausen quien, en enero de 1963, afirmó que “los situacionistas no son cosmopolitas. Son cosmonautas. Osan lanzarse a espacios desconocidos para construir en ellos zonas habitables para hombres no simplificables e irreductibles”. Al mismo tiempo, Lausen hacía referencia a esa forma de cowboy-cosmonauta, heredero del viejo cowboy del western porque su patria no existía, discurría en un tiempo y una época que negaban la aventura. Su cosmonauta fue el antecedente de las obras de Gibson. Se desplazaba en el tiempo y tras su paso tan sólo quedaba una enorme nube de polvo.

El cowboy de Gibson parece ser, en nuestro tiempo, el último cowboy. A falta de territorios físicos liberados, la disidencia ha desplazado su campo de operaciones al ciberespacio. En este universo, el cowboy es el jugador anónimo, ya sea con o sin el disfraz colectivo de Anonymous,

Hoy el cowboy es el jugador anónimo, ya sea con o sin el disfraz de Anonymous, que opera libre en la red

que opera de manera libre en la red. Al existir un internet sin centro o mando, el cowboy informático –al que Sterling define como un “tecno-vaquero”– juega desde su terreno (su habitación) y con sus cartas (el software libre y aquellas ideas para liberar el territorio).

En algún sitio que no logro recordar, alguien dijo una vez que “un caballo no es nada sin ajustar el ritmo de sus patas”. Sospecho que los esfuerzos del cowboy informático son insuficientes, que existe algo que tiene que ver con la falta de ritmo. Siento que, a pesar de todo, se trata de un viaje alienante y heredero de la cultura de plástico. Necesitamos volver a salir a la calle, gozosos y eléctricos, para hacernos con los espacios (con todos, y no sólo los virtuales). Necesitamos a Gibson, pero también a Walt Whitman, quien cantaba a los “cuerpos eléctricos”, pero que no se refería al cowboy del software libre, sino al caminante alegre y a la energía vital vertiéndose a cada paso del camino. Era un canto a esos hombres y mujeres “firmes, clavados, ligados, abrazados al mismo palo, resistiendo como caballos percherones, amorosos, altivos, y eléctricos”. Muchos de nuestros vecinos, ni más ni menos.

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