
Miedo a la derecha
Se palpa el temor entre los cuadros
sindicales a que una huelga
exitosa allane el terreno a la victoria
electoral del Partido Popular;
una vez hemos aprendido tras el
mandato de Aznar que la consigna
“cuanto peor, mejor” era una
somera estupidez. No obstante,
este razonamiento descansa en
una falacia lógica representada
por la locución latina post hoc,
ergo propter hoc, o sea, que si un
acontecimiento sucede después de
otro, al segundo se le considera
consecuencia del primero.
Si el PSOE pierde las próximas citas electorales –catalanas, locales y generales– no será como consecuencia de la protesta social, sino por los deméritos propios que han comportado una desmovilización de su electorado. Si IU es incapaz de remontar el vuelo gallináceo, tampoco será porque se la tilde como irresponsable por hacer la pinza con la derecha, sino por su incapacidad de romper la espiral solipsista en que se encuentra instalada.
La ausencia de ideas, estrategia y proyectos por parte de la izquierda parlamentaria para hacer frente a la crisis social, ecológica y económica que nos atenaza, y la inviabilidad de crear atajos electorales anticapitalistas partiendo de los restos del naufragio de la extrema izquierda, nos sitúa frente a la tesitura de reconstruir una izquierda social autónoma respecto al actual sistema de partidos, pero capaz de articular una agenda y una estrategia de intervención propia.
La izquierda social
Frente a una crisis que se interioriza
como miedo –a perder el trabajo,
a no poder pagar la hipoteca, a
perder el permiso de residencia–,
transmutando el sometimiento en
estrategia de supervivencia; frente
a la retirada de la precaria malla
de seguridad populista –ayudas al
alquiler, cheques bebé, complementos
al subsidio de desempleo–
con la que el PSOE amortiguó los
primeros envites, echando mano
de una caja de la Seguridad Social
engrasada con el trabajo migrante,
lo que incrementa la competencia
por unos recursos sociales escasos;
frente a la incapacidad de
hacer pagar la crisis a sus responsables
–el capital inmobiliario y financiero–,
la izquierda social debe
articularse como área de un nuevo
protagonismo social. Es necesario
abandonar los cuarteles de invierno
en que la reflexión teórica se
encerró tras el ciclo de protestas
del movimiento global y aunar ésta
con los aprendizajes desarrollados
en el ciclo de luchas por los derechos
sociales –derecho a una vivienda
digna, derecho de ciudadanía
para los y las migrantes, derecho
a la vida en la ciudad...–, para
generar programa y acción política
con capacidad de incidir en las
políticas públicas a fin de combatir
las salidas neoliberales y conservadoras
a la crisis, sin necesidad
de participar en el locus de la representación.
Nuestra posición de la izquierda social frente a la huelga del 29-S tendría que ser pensarla como oportunidad para dar un primer paso hacia la convergencia de reflexiones y prácticas que nos sirvieran para ir tejiendo un espacio de debate, planificación y acción que nos permita afrontar los nuevos retos, sin volver a caer en el rol de tamborileros en que la izquierda parlamentaria quiso situarnos en las movilizaciones contra la guerra de Irak.