
La criatura chilló sin más contemplaciones, como quien ya no puede soportar permanecer callada por más tiempo. Lanzándose en DIAGONAL desde el promontorio de aquel enclave de lo que, decenios ha, se llegó a llamar Cantabria, agitó sus alas como si quisiera escapar del reducto al que se le había confinado.
De pronto, me vi cabalgando sobre las alturas, asido de mala manera a las riendas de su áspero lomo de saurio alado, y aferrado sobre el mismo quicio de lo inverosímil. No podía explicármelo. La vieja y ya derruida cantinela de que otro mundo hubiese sido posible, cobraba informa, bajo su aleteo grotesco aquí, como si, de repente, más bien otro inframundo fuera palpable. Y, en efecto, como parido de un mal sueño venido de las mismas simas del tiempo, parecía haberse engendrado aquella bestia que, sin previo aviso, emitió un segundo gruñido, terriblemente acompañado de una regurgitación de las entrañas, esputo que se abalanzaba sobre el vacío de la otrora falda de un Dobra intemporal, en picado hacia las estribaciones de las posesiones más hacendosas que pudo husmear. Fue entonces cuando, con sus ojos inyectados de ira, divisó a un ser humano... Qué grotesca función... Fue el prolegómeno de lo que vendría; otra ráfaga deyectada a través del esfínter de la criatura, como si se tratara de un mecanismo biónico de artillería, acribilló de miasma al pobre mortal que allí se cobijaba. Tiempo después nos fue confirmado: se trataba del alcaide.
Un fugaz picotazo en el cráneo bastó para reventárselo, salpicando de sangre todas las estancias repletas de trofeos de otro tiempo... Sin solución de continuidad, extrajo la lengua bífida de su garganta y absorbió los sesos del cadáver deglutiendo su masa encefálica sin aspavientos. A continuación, lo vomitó y, a renglón seguido, creí alucinar al presenciar cómo la bestia tiznó su pico de la sangre derramada y, como si de una plumilla se tratara, escribió sobre la pared que todavía permanecía en pie...: “¿Y ahora, qué..?”.
No contento ante tal exhibición, el espécimen dejó de gruñir y pareció emitir unos sonidos guturales que, como por ensalmo, se transformaron en palabras claramente inteligibles: “¿Vais comprendiendo qué es lo que yo opino de los hombres?... Tan sólo he vuelto para informaros de lo que os espera...” Ni que decir tiene que interpreté aquello como un delirio de mi subconsciente, fruto del shock ante semejante esperpento. ¿Pero, por qué esta saña epigástrica, meramente volitiva, para con aquel, ahora ya, desgraciado guiñapo?
Más allá, mientras tanto, no muy lejos de la tremebunda escena, una detonación brutal hacía estallar la sagrada montaña en miríadas de pedazos de roca que se esparcían por los alrededores, como una lluvia caótica de proyectiles desperdigados a diestro y siniestro. Muchos de sus fragmentos caídos -como, luego pude comprobar sobre el terreno- ocasionarían una dantesca masacre sobre los restos de la población circundante, como si acaso los verdugos del destino se hubieran decidido a involucrarles.
¿Qué funesta culpa cometió aquella plebe como para merecer semejante castigo? ¿O no se trataba sino de un ensañamiento arbitrario más, legado al estertor de un mundo ausente de cualquier atisbo de justicia? ¡¡¡SHRRIAAACJKKKK!!! La criatura volvió a manifestarse.
Confieso que mi estupefacción era pareja a la que presentía ya no solo desde las alturas de mi vuelo escalofriado y, hasta cierto punto, como todo sueño absurdo, de irrisión, sino desde la misma atenta mirada, de quien, desde el otro plano y dimensión, habiéndose dignado entreabrirse a las páginas de este nuevo y agreste medio de incursión, se topó con una disrupción de coordenadas quién sabe si jamás antes establecidas.
Aturdido ante tal escena, llegué a enhebrar la hipótesis de si semejantes escenas de pesadilla no formarían parte de una misma trama, tendente incluso a representar cualquier balbuciente atisbo, yo que sé..., de ley no escrita incluso, por primaria que esta fuera. Pero, ¿y si todo esto se tratara de un delirio? De ser así, la factura cobrada por asistir al parto de tal criatura no podía llevarme a padecer estos oníricos excesos.
Antes de llegar aquí (en otros infectos andurriales del espacio tiempo, es cierto) había soportado, como tantos otros, demasiado ruido; incluso aguantado a no poco despojo humano, que se jactaba de despreciar la vida de los demás tanto como -qué ironía- de revolcarse como un cerdo en la suya propia. Tanta degeneración me había vuelto un tanto hostil a esperanzarme en la vacuidad de la raza humana, incluso al extremo de verme abocado a incluirme en tan funesta nómina.
Debía, no obstante, intentar comprender qué es lo que me estaba pasando, y por qué podía verme, allí, descorriendo el velo tras de mí de un paraje que ya apenas existía, dentro de un medio geográfico tan aparentemente hostil al ensueño como el de las meras fútiles hojas del periódico del que vosotros también sois testigos. Y que, para empezar, por no servir, no servían ni para prender un fuego en el que cobijarse de la intemperie. En todo caso, y aún asido a los espectros de muerte que la bestia dejaba tras de sí, ahora ya solo me quedaba el gélido cabalgar del atardecer que comenzaba a caer tras el telón de las visiones presenciadas. El mero deseo de acogerme al calor de los rescoldos, de la misma destrucción aunque fuera, colapsaba al resto de disquisiciones.
Si pretendía superar este trance, no me quedaba otra que intentar aterrizar de este monstruo, cobijarme yo también de la hecatombe de lo que me rodeaba, y atar cabos acerca de todo lo ocurrido hasta llegar aquí... (Continuará)