La gigantesca transferencia
de fondos públicos a los accionistas
de los bancos de
inversión, ahora en quiebra,
pero hace sólo unos meses modelos
de rentabilidad, parece haber
encontrado algunos obstáculos a
día de hoy. Pero, aunque estas peripecias
puedan mostrar conflictos
interesantes, no van a afectar en
nada fundamental a la estrategia
diseñada por el establishment económico
y político de los EE UU, con
el apoyo unánime de la “comunidad
internacional”, más o menos
simulado en algunos casos por gobernantes
especialistas en nadar y
guardar la ropa.
Por ello, no es arriesgado afirmar que la transferencia público-privada de más de medio billón de euros se confirmará. No ha sido la primera de dimensiones equivalentes y muy probablemente la seguirán otras en los próximos meses, cuando se compruebe que el agujero del sistema financiero globalizado es mucho mayor y sus consecuencias más universales de lo que nos cuentan hoy. A grandes problemas, se dice, grandes remedios. Y hay que añadir: grandes cinismos. Porque hace falta mucho cinismo para que un empresario llame a los flujos de fondos públicos hacia los negocios privados un “paréntesis en la economía de mercado”.
No sólo no es un “paréntesis” sino que es una condición básica para el funcionamiento de la “economía de mercado”, llamada antiguamente capitalismo. Lo que ha ocurrido ahora es una transferencia masiva y directa que constituye un pico en un proceso habitual, en Estados Unidos o en España, en el que hay que incluir las privatizaciones de las empresas públicas, las subvenciones, las rebajas fiscales (que han motivado un descenso de más de 6.500 millones de euros en un año en los ingresos públicos de la Hacienda española), etc. Simplemente ahora y temporalmente la apariencia ha coincidido con la esencia y la mano invisible se ha hecho visible.
Pero no sólo el sistema económico es el mismo: también lo son las estrategias. Toda la verborrea sobre la necesidad de una “legalidad financiera internacional” (recién descubierta por Zapatero) o la “refundación ética” del capitalismo (consagrada por Sarkozy, nada menos) no modificará, sino marginalmente, las reglas de un juego que desde hace casi 30 años ha proporcionado al capitalismo los beneficios mayores de su historia.
Reanudar ese ciclo de beneficios es el verdadero “Objetivo del Milenio” y para éste no faltarán fondos. Dice David Hervey que el neoliberalismo es un período de luchas de clases aguda, pero sólo uno de los contendientes, ellos, saben lo que se hacen y están preparados, organizados y comprometidos en hacerlo. Para cambiar las reglas del juego hace falta que el otro contendiente se ponga de una vez en movimiento.