
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Aprendimos de Eduardo Galeano que en la escuela del mundo al revés se les niega a los niños el derecho a ser niños. En América Latina, los niños y los adolescentes representan casi la mitad de la población total, y sobre ellos recae la peor parte de la desigualdad. No existe lugar para ellos entre el océano del desamparo y las islas del privilegio. Entrenados para el consumo en sus celdas de hormigón o abandonados en los arrabales, juegan a la barbarie de ser adultos en el mundo patas arriba. Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que, a pesar de todo, consiguen ser niños. García Márquez reivindica en estos dos entrañables ensayos una oportunidad para el niño colombiano frente a la violencia de clase que ejerce la escuela y la violencia estructural que desde hace siglos sufre la población indígena en un país desolado por la guerra y la segregación racial. Una llamada a defender la magia de la desobediencia y el don de la creatividad en la cultura popular, contra la vida prisionera y el mimetismo. La educación concebida como el motor de un cambio social integral, la herramienta imprescindible para combatir las violencias sistemáticas que recibimos y reproducimos desde que abrimos los ojos a un mundo que no fue concebido para los niños. La segunda oportunidad que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía.