
Conocedor como pocos de los entresijos del metabolismo humano, Enrique Meléndez-Hevia ha desarrollado gran parte de su labor científica sobre el estudio de los sistemas de optimización aplicados a la vida y a la evolución. Suyas son teorías sobre el metabolismo de las pentosas y la dinámica de acumulación del glucógeno en el organismo. Este tipo de investigaciones ha hecho que sea reconocido mundialmente dentro del entorno científico.
Meléndez-Hevia parte de la premisa de que los alimentos, a diferencia de los medicamentos, curan desde el punto de vista de la supresión de la enfermedad, pues está más que constatado que la ausencia de determinados nutrientes producen patologías severas. Por ejemplo, la ausencia de vitamina C puede producir escorbuto o el no consumo de cobalamina, anemia perniciosa, por mentar algunos nutrientes.
Para esta labor utiliza dos tipos de aminoácidos, la glicina y el aspartato (cuyo deber es diferente a la hora de tratar una enfermedad y que han sido denominados factor 1 y factor 2 respectivamente), cuyo consumo contrarresta el ya de por sí efecto nocivo de determinadas enfermedades degenerativas como pueden ser la obesidad, la osteoporosis, la artrosis, la diabetes, etc.
¿Y la comunidad científica?
Pero gran parte de la comunidad científica se le echó encima por ensayar directamente con personas sin seguir el rigor protocolario que se presupone debe darse en la ciencia. El consumo de dichos nutrientes va acompañado de una dieta estricta, donde el consumo de hidratos de carbono debe ser nulo, ya que el almidón es muy difícil de digerir. Además, parte de ese almidón es capaz de incapacitar una enzima estomacal llamada pepsina que se encarga de digerir parte de las proteínas que ingerimos y, por ende, favorecer dicha digestión para que otras enzimas del intestino hagan lo mismo y así ser absorbidos los nutrientes en el duodeno. Por otra parte, el consumo excesivo de carbohidratos estimula la producción de insulina, lo que provoca que parte de esos azúcares, mediante un proceso conocido como lipogénesis, se transformen en grasas que acaban acumulándose en el tejido adiposo.
Esta dieta tan estricta donde se elimina considerablemente la ingesta de almidón, glucosa, fructosa, etc., nos hace recordar a aquella que se puso de moda en los años ‘80, la dieta del doctor Atkins, en la que se podía comer de todo salvo los pertinentes azúcares. Lo cierto es que fue un método revolucionario, pues al no consumir hidratos, el organismo tenía que recurrir a las reservas de grasas y así se lograba reducir la talla corporal. El principal inconveniente se encontraba en que la ausencia de mono y polisacáridos provocaba la formación de los llamados cuerpos cetónicos, pues nuestro sistema nervioso usa como principal combustible la glucosa, y al carecer de ella, usa dichos componentes cetónicos.
Esto conllevaba un arriesgado problema que el doctor Meléndez ha solventado, pues aunque provoque un aumento de la acidez en sangre, también son determinantes a la hora de producir cetoacidodis diabética en enfermos con diabetes de tipo I. Para ello se usa el aspartato, cuya principal tarea es la obtención de energía, de modo que se puede ‘prescindir’ de la glucólisis, cuyo balance energético es bastante pobre. También es importante la función neurotransmisora del aspartato implicada en procesos de aprendizaje y en enfermedades como la epilepsia.
Por otro lado, la glicina, uno de los aminoácidos más sencillos estructuralmente hablando, se ha convertido en la otra piedra angular de los descubrimientos de Meléndez- Hevia. Está envuelta en multitud de procesos tales como la síntesis del colágeno, necesario para la barrera mecánica de nuestros órganos, contribuyendo fielmente a la reconstrucción histológica de tejidos dañados. Esta capacidad hace que se refuercen tejidos como el óseo o el cartilaginoso, haciendo que enfermedades como la artrosis o la osteoporosis se puedan reducir.
Sólo se han citado algunas de las mejorías que pueden provocar el consumo de dichos factores. Mejorías que han sido avaladas por más de 30.000 personas (se estima que ése es el número de ‘pacientes’). En este camino también ha tenido que lidiar con la justicia ordinaria, al considerar la Consejería de Sanidad de Canarias una infracción grave de la ley del medicamento, por prescripción, dispensación y suministro de ambos productos, al considerarlos un riesgo para la salud. Hasta tal punto ha llegado dicha situación que la Consejería decidió clausurar de manera provisional los centros donde se dispensan dichos “polvos” (es así como se denominan puerilmente ambos productos).
Ante esta situación surge una duda: si un nutriente tiene propiedades terapéuticas, ¿necesariamente tiene que ser un medicamento? De ser así, existen multitud de alimentos que se consideran beneficiosos para la salud y sin embargo no se retiran del mercado. ¿Existirá algún interés económico por parte de empresas alimentarias y farmacéuticas en el caso de que dicho descubrimiento sea reconocido y patentado? Esto se está intentando en EE UU porque allí, al contrario que en Europa, se puede registrar aquello que ya ha sido descubierto, pero que puede presentar nuevos intereses terapéuticos.