Merece la pena dedicar un pequeño espacio al trabajo actoral de Daniel Aguirre Camacho, un artista boliviano miembro del Teatro de los Andes, y también a 120 kilos de jazz, la obra que el actor representó en el IX Festival Iberoamericano de Teatro Contemporáneo de Almagro. La ocasión lo merecía dentro de esta edición del festival llamada Teatro y Compromiso y de un ciclo dedicado al Teatro de los Andes, que presentaron tres montajes más: El mar en el bolsillo, La Odisea, y ¿Te duele?. En 50 minutos, Daniel Aguirre hace un monólogo sobre el amor, el jazz y las frustraciones de la vida. Cuenta la historia del Gordo Méndez, un “individuo paquidérmico” enamorado hasta la médula de una mujer que celebra su cumpleaños. Un gordo enamorado que quiere entrar en una fiesta a la que no ha sido invitado. El gordo pergeña el modo, y entra a la fiesta en lugar de su amigo, el contrabajista oficial de la banda de jazz, que el padre de la chica en cuestión ha contratado para la fiesta. No sabe tocar el contrabajo, pero lo imita a la perfección, así que engaña con su boca a toda la fiesta, incluso a la banda de jazz, que alucina con los temas que el gordo se toca.

En el engaño encuentra su triunfo el gordo enamorado. Seduce a la clase pudiente desde el escenario... Pero hay un final que no destriparemos. Las peripecias que narra Daniel Aguirre con su cuerpo y su voz enganchan como la buena música. ¡El actor tiene jazz dentro de su cuerpo! Encarna con una habilidad espectacular a todos los personajes del relato. Delgado, su cuerpo recrea los gestos precisos de un gordo descomunal, tierno, y melancólico. En momentos, la puesta en escena se acompaña con música de, además de Miles y Armstrong, Isaac Villanueva, Freddy Hubbard, Juan D’Arienzo, Arturo de Bassi, Ernesto Centellas, Vicente Fernández, Woody Herman, y Wynton Marsalis (¿Y las Billie Holiday de hoy?). Esta historia del Gordo Méndez y del jazz parte de un cuento que escribió el hasta ahora director del Teatro de los Andes, César Brie –en parte como homenaje a Giampaolo Nalli, “su cómplice”, cofundador y administrador del Teatro de los Andes–, y que Daniel Aguirre transformó en obra de teatro bajo la dirección del propio Brie. El Teatro de los Andes se fundó en 1991 y desde entonces sus miembros viven y montan sus obras en una granja en Yotala (Chuquisaca, Bolivia), donde también hacen talleres y alojan a otros artistas. Han movilizado a miles de personas en Bolivia y en América Latina con montajes como La Ilíada, Un sol amarillo, Otra vez Marcelo. También en EE UU y en Europa. Por volver al cometido de este especial, podríamos decir que el Teatro de los Andes es como el jazz, un agradable “ruido” hecho de movimientos y notas que perturban el mundo artístico de lo políticamente correcto. El jazz como un vehículo para entrar en una fiesta a la que no has sido invitada. Como el teatro. Ambos surgen del encuentro, y en el cruce reside la magia. “La mezcla de razas, culturas y usos siempre creó nuevas formas expresivas y musicales”, dice Brie. La gente que ama el jazz puede entender el amor por el teatro y viceversa. El jazz, como el teatro, ayuda a soportar la inmensa soledad. Para las personas aficionadas a la música que tienen ganas de leer textos teatrales, cabe mencionar El Perseguidor de Cortázar (hecha teatro por Mateo Feijoo en 2008), y El Contrabajo de Patrick Süskind.
Artículos relacionados:
Todo ese Jazz
Juan Claudio Cifuentes, "Cifu" “Ser músico de jazz en este país es ser un superviviente”
La amarga fruta de Billie Holiday
LIBROS
Dos Chloes, Vian y El Duque
ARTES ESCÉNICAS
Un siglo de encuentros
Diversos ritmos para el sonido de la libertad