En la última década, ningún líder mundial ha gozado de manera continuada de un índice de confianza tan holgado como Vladimir Putin. Hoy resulta complicado ubicar la sorpresa con que se recibió, el 9 de agosto de 1999, la designación como primer ministro del entonces cuasidesconocido director del FSB (antiguo KGB). Más si cabe, es necesario un ejercicio de arqueología intelectual para comprender las risas provocadas por la recomendación de Putin como sucesor a la presidencia. Y es que en apenas dos meses, la intención de voto a favor de Putin ascendió de un 5% a un 40%. Desde entonces, en todas y cada una de las consultas al pueblo ruso, bien mediante encuesta bien en proceso electoral, Putin ha ocupado el primer lugar. En el enfangado terreno electoral alcanzó su cénit en las presidenciales de 2004 con un 75% de votos; pero las encuestas de los más prestigiosos e independientes centros sociológicos, como el Centro Levada, confirman que Putin era el más popular entre la clase política rusa. Año y medio después del trasvase presidencial a Dmitri Medvedev, Putin, actual primer ministro, mantiene casi diez puntos de ventaja sobre éste.

En la forja de su popularidad se distinguen dos fases: la fulgurante etapa inicial que le conduce a la presidencia; y una segunda etapa, suma de sus años de gobierno. La construcción simbólica como líder nacional comenzó al poco de ser designado primer ministro, cuando en septiembre de 1999 cuatro explosiones –nunca resueltas, pero oficialmente atribuidas a grupos armados chechenos– galvanizaron la opinión pública y sirvieron a Putin para iniciar las campañas de la Segunda Guerra Chechena. La determinación de Putin y la efectividad de las primeras operaciones potenciaron –comparación con Yeltsin mediante– la imagen de Putin como candidato presidenciable. Una vez que Putin alcanzó la presidencia, su popularidad se vio fortalecida por éxitos en distintas áreas. En el campo socioeconómico, destaca el crecimiento sostenido del PIB con una media del 7% desde el año 2000 –gracias, especialmente, al alza de los precios de petróleo y gas–, y la progresiva percepción social de mayor estabilidad económica tras el drama de los ‘90. En política interna, el énfasis de Putin en la idea de orden y estabilidad que vertebraban el concepto de “dictadura de la ley” se explicitó en la popular lucha contra determinados oligarcas. Por último, en cuanto a política exterior, es ineludible reseñar que con Putin Rusia recuperó una posición internacional desde la que poder decir “no”. Todo ello, unido a la censura mediática y a una fuerte propaganda televisiva, propició que a Putin se asimilara la imagen moderna del ‘buen zar’, dotado de una legitimidad carismática que le permitió trasladar la atribución de culpa a sus gabinetes de gobierno y al resto de la élite burocrática. Sin embargo, a pesar de la recuperación de una cierta estabilidad, el ciudadano medio ruso está lejos de haber satisfecho sus expectativas sobre la sociedad en que vive. Amén del corsé político y las violaciones de derechos humanos, dicha insatisfacción es indiscutible en la esfera socioeconómica, donde las desigualdades sociales continúan siendo ominosas, acompañadas además por una no menos sangrante desigualdad regional.
Precariedad
El Estado de bienestar no ha recobrado visibilidad alguna: la sanidad pública continúa degradándose a costa de su consciente descapitalización; la pensión media en 2009 es de 95 euros, lo que fuerza a muchos ancianos a trabajar o mendigar; la educación pública soporta un sistema clasista donde se separa a quien puede pagar y recibe una educación de paquete completo, de quien no puede y recibe un paquete básico insuficiente para acceder a la universidad; en cuanto a los salarios, en el año 2000 el salario mínimo representaba un 14% del índice de subsistencia, en 2003 se prometió la convergencia para 2008, pero en 2007 el Gobierno la retrasó hasta 2011. Como consecuencia de todo ello la crisis demográfica no ha sido frenada, y Rusia pierde cada año alrededor de 750.000 habitantes. La situación socioeconómica del país ha empeorado con la crisis económica –que ha provocado una depreciación del rublo frente al dólar de un 30%, una caída de un 3% del PIB y de un 8% en el presupuesto estatal y un aumento de la inflación que ha alcanzado el 14% en varios meses–, favoreciendo un clima de mayor contestación social. A pesar de que la falta de organización política dificulta la capacidad de la sociedad para influir en el poder, las acciones de protesta han aumentado en número y volumen hasta alcanzar su clímax en la segunda semana de abril, con 130 acciones de protesta y 110.000 participantes. Éstos y otros problemas como la corrupción política fueron plasmados en los más de 11.000 comentarios que recibió un artículo de Medvedev en Gazeta.ru. Los lectores dudaban de la capacidad para superar la crisis debido a la corrupción existente que es, según buena parte de los internautas, difícil de atajar sin modificar el entramado burocrático en torno al partido del poder, Rusia Unida, cuyo líder es Vladimir Putin. No obstante, como ocurre en otros regímenes de tono autoritario, las críticas no cuestionaban la cabeza del Estado, que en este caso es bicéfala con Medvedev y Putin, sino que cargaban contra esa nueva nomenclatura en ciernes que se extiende ya por todos los estratos de la administración. La popularidad de Putin se basa hoy más en elementos simbólicos, carismáticos y de comparación, que en los resultados cosechados. Que esa falta de confianza en su obra se oriente hacia su figura –o la de ahijados políticos como Medvedev– dependerá de la madurez política no sólo de la sociedad rusa, sino más todavía de la clase política rusa, produciendo alternativas viables y deseables que no hagan a Putin –o ahijados– “el peor presidente posible salvo todos los demás”, esto es, el político más popular de Rusia.