AGUA
Durante la perforación
de pozos, que alcanzan
profundidades de 6
kilómetros, la técnica
de emulsión inversa
comporta la inyección
en concentraciones
muy elevadas de productos
químicos como
lubricantes, antioxidantes,
biocidas y diésel.
Entre los residuos de
perforación, hallamos
una amplia variedad de
contaminantes, tales
como antimonio, arsénico,
cadmio, cromo,
cobre, plomo, magnesio,
cinc, así como niveles
tóxicos de sodio y yodo.
Los residuos generados
(lodos de perforación,
ripios, aguas de formación,
crudo...) se acumulan
en balsas que generan
un foco de
contaminación habitual,
porque no han estado
impermeabilizadas o
rebosan. Cuando el pozo
ya está perforado, las
compañías se deshacen
de ellos como pueden,
enterrándolos o vertiéndolos
en algún río porque
la reinyección a
grandes profundidades
todavía no es práctica
obligada. En regiones
tropicales, el agua actúa
como vector de contaminación,
dispersando el
crudo o los metales
pesados por los ríos. En
zonas desérticas donde
el recurso hídrico está
en el subsuelo, la actividad
petrolera contamina
las napas de agua, despojando
a las poblaciones
del suministro del
básico elemento.
Por otra parte, la industria
del petróleo maneja
un dilatado historial de
roturas de oleoductos –muchos han cumplido
ya su ciclo de vida útil–
y de accidentes en el
mar. Aparte de los
periódicos accidentes,
los barcos petroleros
lavan sus tanques en
alta mar para desalojar
los gases que quedan
retenidos aún cuando
están vacíos. Con esta
rutina, se contaminan
millones de litros con
total impunidad.
AIRE
La contaminación atmosférica
de la actividad
petrolera se inicia en el
mismo pozo. El venteo y
quema de gas es una
imagen habitual en
muchos campos donde
no existen redes de gasoductos.
Los humos de
esta actividad contienen,
entre otros, especies químicas
como el azufre o el
metilmercurio que precipitan
en los suelos y pueden
infiltrarse en los acuíferos.
Aparte, la quema
de crudo contamina el
aire con óxidos de nitrógeno
que pueden reaccionar
con la luz solar
para formar ozono a baja
altura, un irritante respiratorio.
La exposición a
contaminantes genera
respuestas asmáticas,
efectos broncoconstrictores
y aumenta la mortalidad.
El monóxido de carbono
(CO) es muy peligroso
y puede provocar
la muerte. La exposición
crónica a bajas dosis
puede afectar el sistema
de coagulación e incrementar,
así, los ataques
de corazón o la embolia
cerebral. Junto con estos
contaminantes, las
poblaciones expuestas
a los compuetos orgánicos
tóxicos en el aire
están sometidas a un
elevado riesgo de sufrir
cáncer pulmonar y efectos
respiratorios adversos.
Existen evidencias
epidemiológicas de estos
efectos en poblaciones
vecinas a las petroquímicas.
En las refinerías, el crudo se fracciona y se transforma en combustibles y derivados para la industria. Una petroquímica requiere enormes cantidades de agua y libera rutinariamente en la atmósfera compuestos químicos de todo tipo. La concentración de productos inflamables hace que sea una actividad muy peligrosa. En caso de accidente, la combustión y deflagración en cadena de tanques y conducciones de combustibles puede tener trágicas consecuencias. Por último, la combustión del petróleo y sus derivados es responsable de gran parte del cambio climático.
TIERRA
Las concesiones petroleras
son enormes extensiones
de territorio que pueden
llegar al millón de hectáreas.
Para localizar los yacimientos
que hay en el subsuelo,
se trazan líneas
sísmicas que provocan la
apertura de caminos, helipuertos
y campamentos.
Los proyectos sísmicos 3D son aún más impactantes por cuadricular el terreno con intersecciones de caminos cada 500 metros. La invariable trayectoria recta de las líneas sísmicas y el uso de explosivos cada 50 metros, genera procesos erosivos en laderas pronunciadas, afectando a arroyos y cursos de agua. La huella territorial se amplifica con la posterior construcción de carreteras, pozos, depósitos, aeropuertos y el trazado de oleoductos. En todo el mundo, numerosos territorios indígenas y áreas protegidas han quedado atrapadas dentro de bloques petroleros. Las compañías convierten las áreas silvestres en meros polígonos industriales, usando el territorio según las conveniencias del mercado. Los nuevos instrumentos para viabilizar el Protocolo de Kioto han empujado a muchas compañías a ingresar en el sector forestal y agroindustrial para obtener bonos de contaminación, aumentando la pisada de las compañías petroleras sobre el territorio.