¿Cómo afronta esta
crisis Barakaldo?
JUAN CARLOS BECERRA: Ahora
que no hay grandes fábricas y la
ciudad se basa en los servicios de
las grandes superficies y la construcción,
el principal problema,
más que el paro o los ERE, es la precariedad:
los salarios bajos y la menor
cobertura social. Otra novedad
es el incremento en el precio de la
vivienda, por lo que no sólo tenemos
una peor cobertura social, sino
que nuestros gastos son mucho
mayores. La solución ya no es emigrar,
porque esta crisis es global. La
gente intenta salir adelante a través
del colchón familiar: esos padres
que trabajaban en las fábricas y tienen
una buena jubilación o indemnización
están amortiguando la situación
de crisis de sus hijos e hijas.
¿Cómo se puede movilizar a esta
masa precaria que a menudo se
identifica más con la sociedad del
consumo que con la clase obrera?
J.C.B.: La gente en Barakaldo sí
siente que pertenece a una clase explotada
que está pagando la crisis.
El obstáculo son las relaciones laborales
vigentes. En una misma gran
empresa, las y los trabajadores pueden
depender de cinco empresas
distintas y dos convenios colectivos
diferentes. Unir a esas personas es
muy difícil. El elemento aglutinador
es reivindicar la cobertura de necesidades
básicas en un territorio concreto.
Se trata de compartir un único
objetivo: una cobertura social
digna. En vez de buscar una respuesta
individual a costa de pisar al
vecino del quinto, ver en él un aliado
para presionar al Ayuntamiento
y así lograr una política de vivienda
diferente, reducir la burocracia o
combatir la estigmatización social.
Nuestro mensaje es que aquí y ahora
podemos intentar salir del bache,
pero nos lo tenemos que pelear.
¿Esa receta serviría también para
prevenir los brotes racistas contra
inmigrantes y familias gitanas?
J.C.B.: La gente necesita canalizar
su rabia, pero la izquierda ya no está
presente en el conflicto como para
influir en cómo se canaliza. Y es
más fácil meterse con la familia gitana
o inmigrante que con el poder.
Hay resquemores reales entre quienes
compiten por los trabajos más
precarios en hostelería, la construcción
o el servicio doméstico y la llegada
de los inmigrantes tira las condiciones
a la baja. Pero lo que hay
que reivindicar es la mejora de las
condiciones de todo el mundo.
Las instituciones cada vez hablan
más de un uso fraudulento de
las ayudas...
J.C.B.: Ante una demanda mayor
de servicios sociales dignos, su respuesta
es estigmatizar a los sectores
que la piden. Hay interés en recortar
la poca cobertura social que
hay y la manera de justificarlo es
hablar de fraude y picaresca. A lo
que no meten mano es al fraude fiscal.
A quienes más afecta este combate
del supuesto fraude es a las
personas inmigrantes, para evitar
que se asienten, y a las jóvenes, para
abocarlas a la explotación laboral.
Es una política premeditada para
que las empresas, a las que el
Gobierno considera motor de riqueza,
puedan seguir lucrándose. Si
hubiera una cobertura social justa,
la gente no trabajaría por menos dinero
del que considera digno y podría
exigir mejores condiciones
contando con un colchón en caso
de despido. Queremos dar la vuelta
a ese esquema. Cuando las personas
interiorizan la cobertura social
digna como un derecho, se lo curran
para conseguirla y dan en su
entorno legitimidad a las ayudas.
Así vamos creando una corriente
de opinión que además sirve para
canalizar el descontento social.
Hay quien os acusa de animar a
la gente a depender de las instituciones
para vivir.
J.C.B.: Hay mucha leyenda urbana
sobre gente que vive de ayudas en
plan parásito. Éstas son un instrumento
para salir adelante, formarse,
tener una cobertura que te permita
exigir unas condiciones de trabajo
dignas. El 40% de las personas
perceptoras son pensionistas y otro
35% trabajadoras. El 25% restante
las cobran durante una media de
nueve meses. Quienes viven permanentemente
de los subsidios son
una excepción. Es algo que poca
gente quiere, porque vivir sólo con
la renta básica supone renunciar a
la capacidad de consumo.
D.: ¿Cómo valoras la respuesta de
los movimientos vascos a la crisis?
J.C.B.: La huelga ha sido importante
porque los sindicatos pusieron
sobre la mesa cuestiones clave como
la política fiscal y la cobertura
social. Pero deberían incidir en evitar
la subcontratación o la discriminación
de género, dos problemas
que se encuentran en la base de la
precariedad. En cuanto a los movimientos
sociales, la principal carencia
es establecer más instrumentos
que cumplan objetivos reales para
la gente normal aquí y ahora. Se
trata de encontrar soluciones para
mejorar las condiciones de vida de
las personas, empezando por las
nuestras. Algunos grupos que hablan
de lucha y revolución llegan a
ser un poco secta. Defienden su
verdad, pero están fuera de la realidad.
Quienes bajamos a la arena vivimos
contradicciones, pero ésas
también nos hacen avanzar.
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