
La crisis de todas las izquierdas ha puesto encima de la mesa su reinvención, su refundación. La crisis económica no ha hecho sino acentuar un declive provocado seguramente por errores propios, pero principalmente por los cambios sociales, laborales y culturales generados por el neoliberalismo a lo largo de tres interminables décadas. El neoliberalismo es todo un modo de civilización que busca en la individualización, en la competencia de todos contra todos, en lo micro frente a lo macro y en lo cuantitativo y conmensurable frente a lo cualitativo e irrepetible, la solución de todos los problemas. Sus propuestas son la negación de los pilares más sólidos de la arquitectura de la izquierda y es comprensible que, en este contexto, las cosas no vayan bien para los que buscan un mundo que funcione de otra forma.
Izquierda Unida no es toda la izquierda española, pero representa hoy a una parte muy importante de la misma. Algunos de sus dirigentes y muchos de sus afiliados vienen defendiendo desde hace años la necesidad de ir a un proceso de refundación de la izquierda social del país, de este país de países. La última Asamblea Federal ha desbloqueado definitivamente este proceso, aun cuando todavía haya resistencias no confesadas entre algunos dirigentes cada vez más aislados. Porque el acuerdo no es refundar Izquierda Unida, sino utilizar sus recursos organizativos, políticos y económicos, su rica experiencia acumulada para lanzar un proceso de convergencia de todas las personas, grupos, organizaciones y sensibilidades que hoy se reclaman de la izquierda; el acuerdo es darle una nueva expresión política y organizativa a la –nueva– izquierda social. Existe un amplio consenso en que la iniciativa no debe partir de una definición a priori de lo que es y lo que debería ser la izquierda para luego contárselo a la sociedad en largos y sesudos documentos programáticos. Por el contrario, se trata de crear las condiciones organizativas y políticas –porque hace falta un consenso mínimo de partida– para que sean los ciudadanos que apuestan por valores opuestos a los del neoliberalismo los que lo hagan, transformando sus propuestas en un proyecto programático y organizativo. La izquierda no incluye sólo el anticapitalismo más explícito frente al reformismo transformador, tampoco es el patrimonio ideológico exclusivo de aquellos que consideran que las instituciones no sirven para nada, ni de aquellos otros que piensan todo lo contrario, que los movimientos sociales son intrascendentes. Es todo eso junto, pero bien encajado, bien adaptado a la realidad cultural y social del momento, a la complejidad de las sociedades del capitalismo contemporáneo, al objetivo de ir a una transformación real, es decir, no sólo verbal y retórica de la sociedad que nos ha tocado vivir.
Pluralidad reconocida
El espíritu y la hoja de ruta propuesta
por Izquierda Unida parte del
reconocimiento de la izquierda española
como un tejido político y cultural
plural que va más allá del área de
influencia de lo que es hoy Izquierda
Unida. Insiste en la necesidad de hacerlo
converger para conseguir forzar
una transformación de las grandes
estructuras de poder social, una
transformación que no se agota en
ningún caso en las sucesivas convocatorias
y coyunturas electorales.
Hay conciencia plena de que el proceso
de convergencia tiene que ser
abierto y deliberativo, de que sólo se
podrá mantener en el tiempo si se
crean espacios que estimulen continuamente
la participación del mayor
número de ciudadanos. De aquí la
idea de los ‘foros para la refundación’
a los que se llama a toda la población
que se reclama de la izquierda
para que participe. En ellos debería
producirse un debate programático
y organizativo sobre lo que debería
ser la izquierda, pero sobre todo
también en los diferentes ámbitos
locales, regionales y profesionales.
Cada uno de estos foros debería elegir
representantes que trasladen las
deliberaciones a ámbitos superiores
–regionales, sectoriales, finalmente a
algún tipo de ámbito estatal. En ningún
caso deberían desaparecer al poco
tiempo, sino seguir funcionando
como espacios estables y capilares
de participación ciudadana. Esta situación
creará una especie de estructura
dual: por un lado, seguirán existiendo
los órganos y los espacios de
participación política de Izquierda
Unida. Por otro, la izquierda tendrá
una segunda pata, una segunda
fuente de poder: los foros ciudadanos
organizados en algo parecido a
un consejo central de foros legitimado
democráticamente. En una conferencia
estatal programática se discutiría
un nuevo programa y un nuevo
funcionamiento organizativo para
terminar, algún tiempo después, en
la convención constituyente de una
nueva formación política. El hilo conductor
del proceso es, pues, la participación
ciudadana así como la convergencia
de experiencias exitosas,
de argumentos y de propuestas
transformadoras consensuables en
una nueva formación política. Para
lanzar este objetivo se ha redactado
un llamamiento en el que se invita a
los ciudadanos, hoy y ahora, a que
manifiesten públicamente su deseo
de participar en el proceso. Se celebrará
un acto el 28 de noviembre en
Madrid a modo de pistoletazo de salida.
En este acto, que pretende ser
coral, varias personas del mundo de
la cultura, del sindicalismo, ciudadanos
vinculados a diferentes iniciativas,
etc., expondrán las razones por
las que, desde su propia experiencia
personal, consideran importante que
exista un fuerte movimiento de izquierdas
en España en esta particular
coyuntura histórica.
¿Cuáles son los problemas y bloqueos a vencer? El primero es el desencanto acumulado a lo largo de años de derrotas y decepciones y esa terrible cultura de la pasividad y el escepticismo que se va sedimentan- do con los años. El desencanto es una percepción subjetiva de la realidad que cambia con la misma. La crisis económica está convirtiendo la necesidad de un polo de poder con capacidad de enfrentarse al neoliberalismo en una necesidad urgente y práctica –y no sólo teórica– para muchas personas. Esto puede erosionar la cultura de la decepción y la tendencia a dejar que sean los demás los que hagan la política de forma más o menos limpia y profesional. Otro problema a superar: los que consideran las actuales estructuras políticas y organizativas de la izquierda como un predio personal podrían sentirse amenazados. Pero una eclosión participativa como la que aquí se propone puede ahogar la endogamia en un mar de ciudadanos que exigen rigor en la aplicación de los procedimientos democráticos. Los grandes intereses económicos, mediáticos y políticos intentarán boicotear la formación de un polo de poder como éste, si es posible antes de que pueda consolidarse. Pero la existencia de medios de comunicación alternativos como este periódico y la creación de redes propias de comunicación, por ejemplo organizadas en bares y en los centros de encuentro naturales de las personas de a pie, pueden contrarrestar el intento. Por fin, el sectarismo. La preferencia por la frase hueca y el concepto puro frente a la complejidad de la realidad y la paciente visión del otro, pueden alejar de los foros a aquellos ciudadanos que intentan vivir en este mundo, y que son los imprescindibles. Pero no debería subestimarse el sentido común de las personas. Cuando hacen suya una idea y un proyecto tan necesario, resulta relativamente fácil aislar la frase hueca y conseguir que los antaño sectarios le cojan gusto a una idea liberadora y esencial: las semillas de una sociedad mejor están plantadas entre nosotros, pero que hay que abrir los ojos para descubrirlas.