El 1 de julio el presidente de la República
francesa, Nicolas Sarkozy,
asumía la presidencia europea. Tras
un año intenso en las relaciones euroafricanas,
especialmente durante
la cumbre de Lisboa del pasado diciembre,
la presidencia francesa, que
tiene una relación intensa con el continente,
crea expectación. En el encuentro
euroafricano, que se recordará
por la negativa africana de
aceptar los Acuerdos de Asociación
Económica propugnados por Europa,
el mandatario francés afirmaba:
“Hoy propongo un nuevo contrato
entre Europa y África por la paz y
por la seguridad de todos nosotros.
[…] consiste en una asociación transparente,
responsable, sin complejos”.
Sin embargo, una revisión de la
política francesa en África erosiona
su credibilidad.
En junio, el coronel de Burkina Fasso Gilbert Diendjéré participaba en París en la conferencia “Estabilidad y desarrollo en África” invitado por una institución pública. El 2 de julio, Sarkozy recibía a Omar Bongo, presidente de Gabón y amigo personal, tras la cumbre de la Unión Africana celebrada en junio en Egipto. Diendjéré dirigió las fuerzas que en 1987 destituyeron a Thomas Shankara, presidente muy popular con un discurso antiimperialista en Burkina Fasso, cuyo asesinato permitió el ascenso de Blaise Campoaré, quien 21 años después se perpetúa en el poder. Respecto a Bongo, se trata del mismo presidente que lleva 40 años al frente de Gabón, fuente de petróleo para Francia. Durante décadas oscuros intereses han marcado la presencia de Francia en África. Así lo denuncia la ONG Survie, que nació en 1984 con el objetivo de reorientar la ayuda al desarrollo francesa para que llegue a sus destinatarios legítimos. Acabó dedicándose a denunciar, tras encontrarse con fraudulentas concesiones, la presencia de los servicios secretos y el empleo de mercenarios, con irregularidades en la ayuda al desarrollo muy beneficiosas para políticos de ambos continentes y sus amigos empresarios. Survie descubrió un paisaje en donde la corrupción económica y política eran la norma, y al que François-Xavier Verschave, presidente de Survie hasta su muerte en 2005, llamó Françafrique.
La Françafrique
Cuando en 1958, De Gaulle decidió
otorgar la independencia a las colonias,
encargó a Jacques Foccart –líder
del partido gaullista y ‘Monsieur
Afrique’ entre 1960 y 1974, periodo
en el que auspició numerosos golpes
de Estado– que afianzara la presencia
de Francia en el continente. Las
antiguas colonias conservaban un
valor estratégico: constituían un refuerzo
en la ONU, surtían materias
primas, y, a través de la corrupción,
financiaban partidos franceses. Los
intereses de la Françafrique quedarían
en manos de mercenarios, oscuros
hombres de negocios y políticos
africanos amigos. En el currículo bélico
post-independencia figuran las
peores guerras: Biafra, Liberia, Costa
de Marfil, Burkina Fasso...
Primero se desembarazaron de los líderes independentistas. Mucho antes del asesinato de Shankara, Ruben Um Nyobé fue abatido por las tropas francesas cuando luchaba por la independencia de Camerún; Sylvanus Olympio, depuesto por el primer golpe de Estado en el África negra en 1963, en Togo; Barthelemy Baganda murió en un misterioso accidente de avión antes de convertirse en el primer presidente de la República Central Africana. A esta generación de líderes fallida les sustituirían “presidentes franceses de piel negra”, hombres relacionados con la metrópoli: masones, ex militares del Ejército francés… El invento aventajaba al sistema colonial en comodidad: era menos visible. La mayoría de estos líderes fueron revalidados democráticamente en los ‘80 y ‘90, con el respaldo de Francia, en elecciones tachadas de fraudulentas: Es el caso de Deby en Chad, Eyadema en Togo y Paul Biya en Camerún.
‘Les amis’ de Sarkozy
En 2006 durante una visita a Benin,
Sarkozy esgrimía un discurso rupturista
respecto a la Françafrique: “Debemos
deshacernos de las tramas de
antaño, de los responsables oficiosos
que no obedecen a ninguna otra norma
que la que ellos mismos dictan”.
Mas sus amistades le delatan. Empezando
por Charles Pasqua, inspirador
político de Sarkozy, que ofició de
testigo en la primera boda del presidente.
Pasqua, implicado en numerosos
casos de corrupción, es la otra
figura principal junto a Foccart de la
Françafrique. Continuando por Vincent
Bolloré, cuya multinacional controla
los transportes y logística de
buena parte de África, quien le cedió
su yate para que reposara tras su victoria
electoral. Y por último Omar
Bongo, primer jefe de Estado en visitar
a Sarkozy tras su entrada en el
Eliseo. Estos tres exponentes plantean
interrogantes ante el rupturismo
que anuncia el presidente de Francia.
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