Periódico Diagonal

“ESPAÑA SE ESTÁ DESHILACHANDO” (II)

“España se rompe”

El impacto de los referéndum independentistas en Catalunya, las tensiones en torno al Estatut y los pánicos morales de la derechona españolista (“España se está deshilachando”, Aznar dixit) nos recuerdan que el Estado de las Autonomías todavía no está “bien atado”. Paralelamente, el cinturón de castidad de la lucha armada parece cercano a romperse. Se abren escenarios inéditos a nivel político que conviene abordar.

Javier Sádaba / Filósofo
Martes 16 de marzo de 2010.  Número 121

Hemos oído en los últimos tiempos aquello de que “España se rompe”, se cuartea, se deshilacha y hasta desaparece. Quienes de este modo hablan se expresan falazmente. Porque falaz es otorgar a un ente abstracto, España, una especie de personificación que la iguala tanto a un cuerpo humano como a un traje. Rápidamente se podría responder que España es una nación forjada desde hace siglos, a la que pertenecen todos los llamados españoles desde centurias. De ahí que catalanes, vascos, gallegos, etc., sean una nación sobre la que se montaría, con todo derecho, el Estado español. Se observará, inmediatamente, que de esta forma se han cometido, al menos, tres errores. Uno es el del dogmatismo; otro, el de un nacionalismo insostenible y, finalmente, un insoportable legalismo. Veámoslo por partes.

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Dogmatismo es actuar por pura emoción fanática y tachar al que no piense igual de enemigo a destruir o de ser un malvado que pervierte todo lo que toca. Los que, más con suspiros que con argumentos, nos hablan de una intocable España o escoden intereses económicos, revestidos de patriotismo –no olvidemos la frase de Bergamín: “Detrás de un patriota siempre hay un comerciante”–, o son ignorantes que creen más en las palabras de la tribu que en la simple y llana realidad. Respecto al término ‘nacionalismo’, se le ha vapuleado, instrumentalizado y otorgado tantos significados que da pereza volver a él. Antes de nada recordemos lo que decían sociólogos como Durkheim o Weber: se trata de un concepto confuso. Efectivamente, confuso es. Por eso, si no queremos perdernos en la oscuridad del bosque, tal vez lo más apropiado sea hacer alguna distinción elemental y útil. En este sentido E. Tugendhat distingue entre nacionalismo agresivo y benigno. El primero toma la diferencia por superioridad, cree, en palabras de Renan, en un “alma nacional” como si de un ente vivo se tratara y, en su versión romántica, llega a divinizar la nación como si sus límites hubieran sido trazados por el dedo de dios. Tal nacionalismo es rechazable por ilógico y, al final, por inmoral. Distinto sería el benigno. Éste, reconociendo que siempre estaremos ligados, de una u otra manera, a la cuna, al entorno, a las vivencias primeras y al amor, a lo que nos es más propio, avanza, paso a paso, hasta una universalidad que no es vacía. Aspirará, en palabras de Kant, a una República Mundial apoyándose en lo que es más cercano. Y no se perderá, digámoslo de paso, en discusiones inútiles sobre la identidad y mucho menos sobre ese pseudoconcepto, inventado para confundir, que es lo identitario. El nacionalista cerrado, sin embargo, se aferra a la nación española, única, inexpugnable, fuente de todo valor. Tiene, desde luego, un agarradero, y es el tercer error. Porque es un agarradero que les hunde. Se trata de un artículo de la Constitución Española según el cual la Constitución se basa en la indisoluble unidad de la nación española. Esto es mal nacionalismo en estado puro. Un trozo de terreno en el planeta o una determinada historia no pueden suplir la voluntad de las personas. Además, hablar de indisolubilidad es lenguaje teológico, es como hablar del dios de los cristianos. No mejoran mucho las cosas cuando se afirma en dicha Constitución que la soberanía reside en el pueblo español. Es una petitio principii, un argumento circular. Porque, ¿quiénes son los españoles? Debería ser, más bien, la libre voluntad de los individuos la que decidiera constituir una comunidad con sus correspondientes normas. Pero a todo esto hacen oídos sordos no sólo los que vociferan a favor de un unitarismo cuasirreligioso sino otros muchos que, autodenominándose progresistas o de izquierdas, a la hora de la verdad respiran por la misma herida de aquellos que se lamentan diciendo que España les duele. Después de la dictadura franquista, se diseñó un esquema que, por un lado, descentraliza el Estado y, por otro lado, se mantiene esa unidad que parece sagrada. El resultado ha sido, en conjunto, un híbrido que no ha satisfecho a nadie. Porque no se han calmado los deseos de, especialmente, vascos y catalanes y, por otro, se han creado problemas donde no los había Y, para rematar la cuestión, han posibilitado un nacionalismo de pacotilla que, en vez de reivindicar con valentía sus derechos, se ha dedicado a sacar provecho de la debilidad de los gobiernos centrales manteniendo un statu quo que favorece siempre a las pequeñas y grandes burguesías. ¿Se podría haber hecho otra cosa? Sin duda que sí. Pero para ello hace falta una valentía de la que hoy por hoy carecen todos los políticos. Las Autonomías se asemejan a un Estado Federal. Sin embargo, tendría que haber sido un Estado –una República– Confederal. Eso supone que hay que dar capacidad de autodeterminarse a quien lo desee. Y que algunas comunidades puedan, como mínimo, ser cosoberanas con el Estado español. No es nada del otro mundo. Ejemplos tenemos no ya en las lejanas colonias, sino en Europa y bien cerca de nosotros. Chequia, Suecia, Noruega, Eslovaquia y un largo etcétera son casos no tan lejanos ni en el espacio ni el tiempo. Todo ello sin peleas que no sean las que surgen de la muy humana tarea de dar razones. Un ejercicio éste del que parece haber dimitido el país en el que nos encontramos. Algunos desearíamos que una Europa de los pueblos configurara una Confederación en la que las barreras entre los Estados fueran desapareciendo sin menoscabo de los distintos modos de ser de cada una de las muchas comunidades que la conforman. Y, en un paso más, algunos desearíamos la supresión de todos los Estados colocándonos a los ciudadanos bajo alguna Institución Mundial. De este modo se mantendría el colorido cultural propio de los humanos y, al mismo tiempo, no se cerrarían sobre sí mismos unos divinizados Estados que, en realidad, son los auténticos generadores del peor de los nacionalismos. Y, en cuanto a éstos, habría que advertir lo antes insinuado: una cosa es defender la libre voluntad de escoger el propio destino y otra, imitar lo más nefasto de los nacionalismos que han triunfado, minimizando a las minorías. Y, para acabar, que España se resquebraje puede causar un gran dolor de cabeza a los que viven de ello, se identifican con una historia mitificada o no son capaces de aceptar, como en un divorcio, que si alguien no quiere vivir con uno lo mejor es dejarle marchar y nada más. Y, por mi parte y como remate, si España se deshilacha no sólo no perderé el sueño sino que me dará una gran alegría. Así se podrá hacer un traje nuevo. No como este viejo que tenemos y en donde abundan más las imposiciones que la libertad.

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