
En su obra de referencia Bar, lugar común, nunca editada y compuesta por retazos de conversación profunda mezclados con interrupciones técnicas del tipo “otra de lo mismo” o “voy al tigre… Ahora me lo cuentas”, la persona anónima pegada a la barra, ha expresado, con apreciable precisión, una serie de ideas acerca de la función de los bares y la naturaleza de quienes los regentan. “Partiendo del incuestionable hecho de que cada quien es de su madre y de su padre”, ha dicho, “cualquier persona ha tenido, en cualquier bar, en cualquier momento de su vida, algún tipo de revelación, una alegría, una pena… En definitiva, un momento crucial de su vida ha transcurrido a menos de siete metros de una barra ante la, por lo general indiferente, mirada de esa vaga mezcla de chamán y funcionario que lleva los bares”.
El campo de actuación de la anónima parroquiana es amplio, en su nevera apenas tiene una botella de agua y una pera negra. Esto le confiere a sus argumentos la aprobación de los parroquianos, que los consideran “verdades como puños”. Le hemos pedido que defina las clases de bares más importantes y, aunque se han quedado fuera tipos tan interesantes como los bares de aeropuerto, los bares temáticos, los ambigús de tanatorios y hospitales, las cafeterías decimonónicas y las temibles cantinas, lo más probable es que sepan de qué se les habla cuando lean esta clasificación:
Gasolinera. Varios expositores ofertando los grandes éxitos de Camela o Loquillo y un gran mostrador con los productos locales: miguelitos, almendrados, quesos, navajas. Público fluctuante al son de los festivos, ruido de platos y bocadillos chiclosos. Especial atención merecen los que ejercen de parada para autobuses, los precios se doblan al mismo tiempo que se deteriora el lustre de los baños. Olor a naftalina.
Chiringuito. El tópico del chiringuito permanece tan inalterable como el incumplimiento de la Ley de Costas. Caros, con servicios apresurados pero eficaces, no obstante en ellos se ha sustentado lo que algunos avezados llamaron el milagro español.
Bares Paco. Allí donde el espumillón navideño es perenne abrazando el televisor siempre encendido, el lugar donde te saludan las cabezas de gamba, las servilletas de papel (Gracias por su visita), las colillas y los huesos de aceituna con una crujiente bienvenida. El espacio donde los parroquianos extienden sus tapetes verdes y deslocalizan amarracos al son de una máquina tragaperras que anuncia escasa fortuna. Olor a fritanga, tapas con nombre propio y la porra futbolera.
Bar de pueblo. Cocina apreciable, diálogo a voces entre generaciones, cuentas pendientes apenas ocultas para los forasteros y todas las sensaciones que produce salir de la ciudad, desde el “yo sería feliz con internet y paseando por estos campos” hasta el “salgamos de aquí que los quintos miran raro” definen a un tipo de bar en vías de extinción. En su versión nocturna falta la comida y se abre la veda de relaciones, que pueden terminar en las eras o en una emancipación que ya no se esperaba. Tampoco es raro que la noche acabe a hierro pelado.
Bar para guiris. Sangría en cantidades industriales, paella de un sospechoso amarillo radiactivo, concurrencia rubia y de piel blanquecina, ellos sin camiseta, ellas, tacón de aguja y minifalda, llueva o truene, ambos con mofletes y narices rojas, berreando preferiblemente. Suelen estar en el centro turístico de la ciudad y en la decoración abundan los toros y las sevillanas. Momentos álgidos: despedidas de soltero y partidos de Champions.
Bar de modernos. Abundan en los barrios gentrificados del centro de la ciudad marca. Donde antes había un bar de-los-de-todala- vida ahora se erige un garito de diseño, regentado por personas vestidas de luto, con platos cuadrados, baños fashion en los que es complicadísimo mear o lavarse las manos, tapas de sushi y kilos de tostas, exposiciones en las paredes y precios inverosímiles. La clientela, moderna y gafapastil, está formada por profesionales cool en general.
Bar intercultural. Antiguos barespaco que han pasado a ser regentados por integrantes de alguna comunidad migrante. En su barra conviven sin complejos y con total normalidad la tortilla de patatas con el cerdo agridulce, los callos a la madrileña con arepas y frijoles, el carajillo con el pisco-sour. La clientela es igualmente ecléctica y los calendarios de neumáticos conviven con gatos que mueven el brazo y mandan a la gente a paseo.
Garito. Un bar que sólo parece una mala idea transcurridas unas cuantas horas de abandonarlo. Bebida que deja ciego a varios niveles y gente con ganas de vaya usted a saber qué. Si no fuera porque Joaquín Sabina y sus muchos seguidores han agotado ese tema, escribir de lo que pasa en uno de estos antros debería ser suficiente para optar al Oscar de la literatura.
Bar Ilegal. Peor que el anterior. Quien lo regenta pide que se baje la voz, la bebida que se sirve en ellos es un arma de destrucción masiva y duran poco.
Bar escoba. O mejor dicho recogedor. Es aquel bar que o bien no cierra nunca o abre muy temprano. En la ciudad es el centro neurálgico donde los nocturnos dan lugar oficialmente el relevo a los diurnos para que el ritmo... ¡no pare nunca! Cocina abierta siempre, buena selección de platos combinados. Fauna digna de una reserva de la biosfera: policías, taxistas o prostitutas con gaupaseros desencajados, obreros cazalleros o bohemios desubicados. //
por Dani Garrido
Mondadientes
Conocidos como “palillos” por los
parroquianos. Se han encontrado
palillos de bronce en algunos yacimientos
prehistóricos en el norte de
Italia. El mondadientes moderno fue
creado en Norteamérica, a mediados
del siglo XIX, de la mano de
Charles Foster, creador de una
máquina que producía en grandes
cantidades. En España el mondadientes
es utilizado por mucha
gente en los bares para limpiarse
los dientes después de comer el
menú, y no son pocos los de que a
diario en todo el país juegan con el
palillo en la boca durante toda la
digestión.
Futbolín
Otro invento con una interesante historia.
Fue inventado y patentado durante
la Guerra Civil por el miliciano republicano
Alexandre de Fisterra mientras se
reponía de sus heridas en un hospital
catalán donde pasaba horas jugando
al ping pong. Fue este juego su inspiración
para reducir el deporte rey a una
mesa. Con la victoria fascista, Alexandre
de Fisterra tuvo que huir a Francia
y más tarde a Latinoamérica. Cuando
regresó a España a mediados de los
50 vio como su invento se había popularizado
en los bares españoles, e
incluso tuvo que pleitear con unos
empresarios valencianos que se autootorgaban
el invento.
Tragaperras
En España, estas máquinas fueron prohibidas
entre 1913 y 1979. En los últimos
tiempos de la dictadura los hermanos
Lao –fundadores de CIRSA–
inventaron un método para instalar sus
máquinas: llegaban a un pueblo o
barrio, las instalaban en bares próximos
a la Guardia Civil; si la máquina no era
retirada en unas horas, instalaban más
en otros bares de la zona. En cambio,
si la retiraban, huían antes de verse
obligados a pernoctar en el cuartel,
desenlace bastante habitual. A partir de
los ‘80 las tragaperras experimentaron
un boom que se ha mantenido hasta
nuestros días, representando la ruina
para muchos trabajadores.
Carajillo
El carajillo fue ideado durante la Guerra
de Cuba y su invención respondía a
la necesidad de consumir productos
autóctonos como café, ron o azúcar.
De esa mezcla aparece el carajillo, que
proporcionaba a los militares el coraje
necesario para ir a la batalla. Otra teoría
sitúa los orígenes del carajillo en la
Cataluña del siglo XIX. Según esta teoría
los chóferes iban siempre con el
tiempo justo porque se paraban en
todas las tabernas. Con los años tuvieron
que mezclar café y licor para ahorrar
tiempo y del catalán coloquial
“posa-ho junt que ara guillo” (ponlo
junto que ahora me voy) habría derivado
la palabra carajillo.
Hay que volver mañana
En el bar ideal ponen tapas. Fuera de la meseta no y eso produce oxidación moral, convence al
cliente de que todo lo que tiene en esta vida lo ha conseguido con su propio esfuerzo. Al final
desemboca en el puritanismo, el nacionalismo, la socialdemocracia y otras catástrofes del alma.
Por Rafael Reig
Amor al bar,
amor en el bar
Un sobrecogedor relato que demuestra que los
bares amenizan los amores más hermosos y
consuela a los solitarios en sus bajones.
Por Diego Díaz
Bares que
son hogares
Nadie mejor que un músico de largo recorrido,
acostumbrado a llegar el primero y salir el
último de cualquier garito, para reconocer la
identidad de cada ciudad según sean sus bares.
Por Kike Turrón.
Se dice “cervecita”
No tiene un sabor especial ni huele a azahar: los bares son la
estructura sobre la que orbita Sevilla. La ciudad de la “cervecita”, las
tapas, el sol se divide en dos tableros: intramuros y extramuros.
Por Silvia Nanclares
La Bar-o-Pedia
“Es entonces cuando uno
logra deshacerse de las
angustias cotidianas para
concentrarse en Lo Que
Realmente Importa”
Por Kiko Amat.
Un barrio visto desde la barra
No hay zona de la ciudad de Barcelona a la que los medios de comunicación dediquen tanta
atención como al céntrico barrio del Raval. La vida se desboca en sus estrechas calles, sin duda las
más activas de la capital y se concentra en unos cuantos bares que se resisten a la gentrificación.
Por Marc Lamarca.