¿Cuáles han sido las características de la Semana de este año?
Parece que se ha recuperado la
esencia más canalla.
La novela negra te permite, y lo
hemos usado desde la primera
edición, fusionar temas que vinculan
lo criminal con lo social.
Ocurre que este año nos hemos
fijado más en el crimen de guante
blanco, en explorar ese mundo.
Pero la Semana es poliédrica,
no tiene tema único, y hace
girar a 140 escritores y 200 mesas
redondas entorno a varios temas.
Los ejes de este año fueron
en primer lugar ese que detectabas,
un sentido más canallesco
de lo criminal, en segundo una
discusión de la historia desde el
punto de vista de los historiadores
y de los narradores, y como
tercer gran tema la generación
que ha surgido de escritores de
ciencia ficción en España.

¿Cuál es la alianza entre la ciencia
ficción y novela negra?
Para mí las grandes literaturas
de género en estos momentos
son la ciencia ficción, la fantasía,
la novela histórica, el cómic
y la novela policiaca. Esto nos
permite una visión de bombardear
el centro desde la periferia.
Yo sigo pensando que la literatura
más interesante que se está
produciendo en este planeta es
la de género.
En la anterior edición de la semana,
Vida y Destino de Vasili
Grossman acaparó buena parte
de las discusiones, y algún escritor
lo incluyo como un formato
de novela negra histórica...
De Grossman curiosamente en
la Semana ya hablamos hace
ocho años. En el momento que
salió Vida y Destino ya conocíamos
su novela previa que es El
pueblo inmortal (1943), de la
que sólo hay una edición cubana
de los años ‘60, y que es la novela
que le dió el premio Stalin,
que le protegería durante un
tiempo de los desmanes del
Estalinismo. Pero Grossman
nos interesaba más como aproximación
a la novela histórica, y
también como aproximación a
lo que llamamos el periodismo
narrativo, otro subgénero que
nos atrae particularmente...
Este año no ha pasado desapercibido
el ‘fenómeno’ Millenium
y la obra de Stieg Larsson.
El despertar de la novela nórdica
se tocó en ediciones previas,
cuando redescubrimos en España
a Per Wahlöö, que me parece
el maestro, junto con Maj
Sjöwall.
Sobre Larsson pienso que el
Best Seller es un fenómeno muy
efímero, pero lo cierto es que todavía
no he podido leer sus novelas,
y no puedo opinar, no sería
justo. Me llegó su obra hace
unos meses, justo en el momento
en que yo empezaba a preparar
a fondo la Semana, y está esperando
en mi estantería.
México funciona como personaje
perfecto de la literatura:
Narcotráfico, corrupción, violencia,
bandas... ¿Cuál es el valor
de su escritura?
El poder de la literatura mexicana
todavía no ha llegado aquí.
El año pasado estuvieron en la
feria del Zócalo, de la Ciudad de
México, un grupo de escritores
asturianos, y se sorprendieron
por la magnitud del evento.
Fíjate que hay veladas poéticas
con 1.500 personas. De hecho
el salón del libro de París se dedicó
este año a México, y las
ventas de autores mexicanos fueron enormes en Francia.
Creo que en España todavía no
ha calado la vitalidad de lo que
allá está pasando y de cómo se
está contando. Creo que la industria
editorial española está
demasiado marcada por modas.
De repente deciden qué es la
moda y meten la artillería entorno
a esto. El boom latinoamericano
fue muy importante
en este país, incluso eclipsó a
muchos escritores españoles
para los que aquello fue una ‘jodienda’.
También es verdad que
aquello ocurrió porque había
una docena de narradores latinoamericanos
excepcionales
escribiendo al mismo tiempo.
Después de aquello la industria
editorial decretó que lo latinoamericano
ya no interesaba, y
hubo una especie de inmenso
páramo en el que era muy difícil
entrar. Ahora, poco a poco
se esta consiguiendo penetrar,
pero es costoso.
El año pasado, en la Semana,
comentabas que falta una literatura
europea que trate las
realidades más visibles de
“una sociedad desigual”, y señalabas
en concreto la falta de
personajes sin papeles y con
distintos lenguajes. ¿Crees
que los escritores se han alejado
de la realidad?
Toda generalización en principio
es mentira y, en segundo lugar,
es injusta. Pero sí es verdad
que hay una especie de ausencia
de sensibilidad, no aplicable a
todos los autores, para reflejar
los rostros negros o del Magreb.
Y eso es un problema de sensibilidades.
Pueden pasar dos cosas,
o tienes que esperar a que surjan
esos narradores, como esta
ocurriendo en Francia, donde el
último premio Goncourt lo gana
Atiq Rahimi, un afgano afincado
en París, o que la sensibilidad de
los escritores europeos construya
ese tipo de voces.
Antes hablabas de “gusto por
el periodismo narrativo”.
¿Crees que todavía existe esa
raza de periodismo, en el que
el periodista se movía en el límite
de lo legal e ilegal, y que
has tratado en varias de tus
novelas?
Cada vez que dices que no,
aparece uno. Prefiero decir
que no abundan, y te lo digo
desde la perspectiva del lector,
cuando los encuentro soy un
hombre feliz.
¿Cuál es el límite de la Semana Negra?
Yo digo que un buen festival
no tiene límites, y si los tiene
es que es un mal festival. Si
hemos decidido que la Semana
es el gran festival de literatura
de género que hay en
estos momentos en el planeta,
pues entonces hay que jugar
fuerte, y no pedir menos
que eso.