
La plaza es un espacio singular de la ciudad, pero en las grandes urbes la plaza está siendo apropiada por los poderes públicos, que se arrogan derechos que no les corresponden, o por el sector privado, que lo convierte en un espacio productivo. En el ámbito de la cultura sufrimos el mismo proceso. Estamos siendo expulsados del tejido de la cultura, recluidos en el espacio destinado a los consumidores pasivos.
Sant Jaume, la plaza de Catalunya o la de Les Angels, etc. son plazas singulares de Barcelona. No es raro ver en Sant Jaume, donde el Palau de la Generalitat y el ajuntament tienen sus sedes, manifestaciones a diario de prostitutas que protestan contra la ordenanza cívica o ciclistas desnudos que reclaman más carriles. Un poco más allá, en la plaza de la catedral, los fines de semana se reúnen grandes círculos de gentes bailando sardana. Y la plaza de Les Angels es un enorme espacio diáfano frente al Museo de Arte Moderno de Barcelona que los patinadores han convertido en uno de sus escenarios preferidos.
La plaza es el lugar para la espontaneidad, la sorpresa, el encuentro casual, la conversación, el debate y el conflicto. Para encarar a quienes son distintos de nosotros y a quienes son iguales, para encontrar el contraste y la similitud. El espacio para el ejercicio de la creatividad compartida ante los otros, ya sea bailando, patinando o... por qué no, protestando desnudos.
Una noche, mientras un grupo de amigos charlábamos en la terraza de un bar de la plaza de Les Angels, un grupo de policías cercó a las decenas de patinadores y les requisaron sus monopatines. Esa mal llamada ordenanza cívica de Barcelona prohíbe patinar en los espacios públicos. Al cabo de unos momentos, la plaza quedó ocupada únicamente por los turistas que la cruzaban, y quienes ocupaban las terrazas de los bares. Los espacios públicos de la ciudad son sometidos a un doble proceso: la intensificación y extensión de aquello que estaba regulado y la nueva regulación de aquello que antes no estaba regulado.
Regular es establecer quién puede y quién no: quién puede decir y quién puede hacer. Lo mismo cuando se trata de regular en el ámbito de la cultura que en el espacio público. Cuando el ejercicio de los jóvenes patinadores es expulsado de la plaza, el espacio es apropiado en ese momento, convertido en un objeto para el consumo productivo de turistas y consumidores. Perdemos la capacidad para el ejercicio de esos espacios públicos. Un proceso similar a la privatización del espacio simbólico de la cultura. Porque la riqueza vital de las plazas es la metáfora perfecta para pensar en ese espacio simbólico que tejemos a través de la cultura y en el que también habitamos. Pero como ocurre con las ciudades, estamos siendo expulsados y reubicados en los márgenes, aunque creamos que la ciudad digital está tomada por la ciudadanía: vivimos sólo un espejismo.
Lo que no estaba regulado, como determinados usos de las obras culturales, pasa a estarlo, y la regulación que existía se intensifica. El copyleft y los movimientos que reclaman el desarrollo del procomún es la única alternativa para que los ciudadanos mantengamos la posibilidad del ejercicio de la creatividad compartida. Si la tendencia actual se mantiene, seremos expulsados del espacio público, de las plazas y las ciudades digitales. Es tarea nuestra decidir qué tipo de ciudades queremos habitar.