
El Banco del Sur nacerá el 5 de diciembre con un capital inicial de 5.000 millones de euros. Colombia y Chile se han opuesto oficialmente al proyecto, pero los integrantes parecen tenerlo claro. “Venezuela tiene motivos políticos porque busca una integración latinoamericana de izquierdas, a los países pequeños les interesa un banco multilateral público para lograr autonomía respecto a los prestamistas actuales y Brasil no quiere perder parte del poder que actualmente tiene”, explica Eric Toussaint, presidente en Bélgica del Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo.
Hasta ahora la mayoría de los países empobrecidos recurrían a las instituciones financieras internacionales para realizar proyectos de desarrollo o conseguir créditos. Pero la concesión de los préstamos estaba supeditada a la aplicación de la conocida receta de ‘ajuste estructural’, caracterizada sobre todo por la privatización, la reducción de los aranceles y devaluación de la moneda local para atraer capital extranjero. “Los resultados fueron devastadores”, afirma Toussaint, quien culpa al Banco Mundial (BM) y al Fondo Monetario Internacional (FMI) de haber empujado a América Latina a endeudarse.
Según Naomi Klein, conocida activista antiglobalización, lo terrible del caso es que el Banco Mundial ha gozado de cierta legitimidad hasta el escándalo que protagonizó su presidente Paul Wolfowitz el pasado verano: “A los ecuatorianos les importa un higo la novia de Wolfowitz; más agobiante les resultó que en 2005 el Banco Mundial dejara de transferirles los cien millones de dólares que les tenía prometidos sólo porque el país osó gastar una porción de sus rentas petroleras en salud y educación”. Entonces Rafael Correa era ministro de Finanzas y, según denuncia, las presiones de Washington le forzaron a dimitir. El pasado abril, ya como presidente, Correa declaró persona non grata al representante permanente del BM en Quito.
El nuevo presidente, Robert Zoellick, hereda por tanto una institución quebradiza. “Las economías que se tomaron sus recomendaciones en serio ahora son más pobres y desiguales. (...) Sus grandes clientes acuden ahora a otras fuentes de financiación, como China, que no impone condiciones a sus créditos”, según afirma el profesor Walden Bello. Por lo pronto, Bolivia ya no reconoce la autoridad del CIADI (organismo del BM que regula las inversiones) y Venezuela dejaba de ser miembro del BM y del FMI en abril de este año.
El semanario liberal The Economist hace la misma radiografía del estado de salud del FMI: “Teniendo en cuenta que los ingresos del Fondo dependen de sus créditos, una pérdida de importancia en el ámbito financiero también genera una crisis presupuestaria”. De hecho, su cartera ha pasado de 81.000 millones de dólares en 2004 a 11.800 en la actualidad.
Desde hace tres años, los cambios políticos en América Latina y la subida del precio de algunos productos agrícolas y ciertas materias primas han permitido, según explica Toussaint, que “muchos gobiernos de los países en desarrollo aprovechan para rembolsar de manera anticipada sus deudas con el FMI, el Banco Mundial, el Club de París y con los bancos privados”. Es el caso de Ecuador, Argentina, México o Brasil.
Así que Dominique Strauss Kahn, que sustituye a Rato en el cargo, no se va a encontrar en mejor situación que su homólogo del BM. Por un lado, los países latinoamericanos prevén una fuente de financiación distinta. Por otro lado, tras la crisis asiática del ‘97 -que algunos achacan a las políticas del FMI- Tailandia, Filipinas, China e India no han contratado nuevos préstamos.
Sin embargo, frente a la anemia que parece afectar a las instituciones financieras (o precisamente gracias a ella), tanto EE UU como la UE han concentrado sus fuerzas en la firma de tratados bilaterales o con bloques regionales. Tras el fracaso del Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), EE UU ha continuado con la firma del TLC con Colombia, Perú y Costa Rica. La UE, por su parte, ha profundizado en la liberalización de los servicios públicos y en la eliminación de aranceles en los países empobrecidos gracias a los acuerdos de asociación económica (EPA), que permiten a sus multinacionales seguir penetrando en los mercados del Tercer Mundo.