
No cabe duda que Pepe Lobo y su Partido Nacional ganaron las elecciones, como tampoco se duda de la reducida votación que recibió Unificación Democrática, el partido que dice ser de izquierda, pero que avaló el golpe con su participación en la “fiesta electoral”.
La sorpresa del evento fue el porcentaje de participación difundida por el Tribunal Supremo Electoral (TSE), 61,3% a las 21h horas del domingo. Un dato histórico en el país –la participación en las elecciones que dieron la presidencia a Zelaya en 2004, había sido del 54%– que contrasta con la percepción de cualquier testigo de la jornada electoral.
Más allá de considerar estas elecciones como ilegales por darse en el contexto de un golpe de estado y de que los magistrados del TSE no fueron electos conforme determina la ley, el sistema electoral hondureño no está exento de márgenes para la manipulación y el fraude.
Cuando el ciudadano se presenta en un colegio electoral es confirmado como votante, se le entregan las papeletas, se retira a una cabina, marca por sus candidatos, deposita los votos, regresa a la mesa donde firma el libro correspondiente y le marcan el dedo meñique con tinta indeleble para que no pueda volver a votar. Técnicamente, en esos momentos no es posible el fraude. Las dudas empiezan después.
En las mesas electorales no hay representantes de todos los partidos. Los partidos pequeños no tienen suficientes seguidores para asegurar su representación en todas las mesas electorales. Además, tal como se ha denunciado infinidad de veces, muchos de sus dirigentes venden las credenciales a los partidos mayoritarios. Si no hay quien reclame, el acta es oficial. Éste sería sólo uno de los mecanismos que explicaría la participación ciudadana defendida por el TSE.
Los observadores internacionales no llegaban a 300, con lo que no podían cubrir ni siquiera el número de urnas de Tegucigalpa. Además, casi todos los observadores eran representantes de partidos conservadores, empresarios y representantes de organizaciones civiles –muchas de ellas denunciadas como tapaderas de la CIA– y se limitaron a escrutar los centros de votación de los sectores residenciales de clase media alta y alta, donde la asistencia, tal como revelaron las imágenes de televisión, sí fue nutrida.
Todas las personas que visitaron centros de votación en colonias y barrios de clase media y baja, confirman que la presencia de electores era escasa, igual que en las ciudades, poblados y caseríos del interior del país. El mismo criterio se pudieron formar los que vieron los canales de televisión de poca audiencia que transmitían desde los barrios. A las 11h todo el mundo decía que había ganado el abstencionismo.
A las 3h, el TSE anunció que debido a la masiva asistencia a las elecciones se había agotado la tinta indeleble y autorizaban a que se votara sin manchar el dedo. Por las mismas razones, se prolongaba el horario de votación de las 16 h a las 17 h.
Uno de los magistrados del TSE, Matamoros Batson, representante del Partido Nacional, puso cara de muy pocos amigos cuando una de las instituciones observadoras del proceso, la Fundación Hagamos Democracia, invitada por ellos mismos, afirmó que sus análisis de participación no coincidían y la reducían a un 47%.
El día después
Al siguiente día, el primer deber del “presidente electo” fue asistir a una reunión con la cúpula de las fuerzas armadas. Mientras tanto, el Frente de Resistencia Nacional contra el Golpe de Estado (FNCGE), como viene haciendo desde hace cinco meses, volvió a aparecer de manera masiva por las calles de Tegucigalpa en caravanas de vehículos y personas, cantando, gritando como siempre sus consignas por una nueva constitución, y mostrando sus dedos meñiques para que el mundo viera que no se mancharon con unas elecciones ilegítimas.
El nuevo Gobierno no podrá gobernar sin pactar con el Frente. Les guste o no, la resistencia se ha convertido en la fuerza política mayoritaria y ha ganado prestigio, a pulso, en la plena lucha de calles contra las injusticias del golpe de Estado, mucho más allá de los personalismos y el caudillismo tradicionales. No pueden entender que la resistencia no sólo se ha convertido en una expresión política, es algo mucho más profundo, es un sentido de orgullo y dignidad que habíamos perdido como pueblo, es condición de patriotismo que no se gana ni derrota con votos.
El presidente Zelaya ya no será presidente, pero cumplió el deber histórico, conscientemente o no, de mostrarle al pueblo hondureño que el verdadero poder político de la nación está en los grupos empresariales que ponen o deponen diputados, fiscales, magistrados de justicia y electorales, y hasta presidentes cuando se les antoja. La comprensión de esa situación es la que despertó al pueblo hondureño, y volverlo hacer caer en la trampa de una democracia a favor de los ricos es ya imposible. Nuevas y variadas formas organizativas de lucha se atisban en el horizonte. No será fácil ni inmediato el triunfo popular, pero no hay bomba atómica que detenga la historia.
Por todo esto, he disfrutado a carcajadas de la anécdota que circuló el día después de las elecciones entre los correos de la resistencia: un empresario le pidió a sus empleados que les mostraran el dedo para saber si habían votado. El jefe les gritó: ¡Ése no, pendejos, no sean maleducados!