Periódico Diagonal

William Butler Yeats

El poeta oculto

El poeta irlandés William Butler Yeats perteneció a la orden Golden Dawn, un laboratorio de ideas ocultas nacido en el siglo XIX.

Servando Rocha
Martes 6 de diciembre de 2011.  Número 162  Número 163
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William Butler Yeats

Primero fue un poema que anunciaba que “una belleza terrible” había nacido. El texto se inspiró en los cruentos choques entre fuerzas irlandesas y británicas, durante los cuales voluntarios irlandeses, encabezados por el maestro y abogado Patrick Pearse, así como el reducido Ejército Ciudadano Irlandés, habían decidido proclamar, por supuesto unilateralmente, la República Independiente de Irlanda. Aquello sucedió durante la Pascua de 1916 y parte de la ciudad testigo de la batalla (Dublín) quedó hecha añicos.

Estaba de vacaciones, así que me dirigí a la única librería decente de la ciudad en busca del poema. “¿Yeats? No tengo nada de él, aunque sí una antología de Keats ¿te interesa?”. Inmediatamente fruncí el ceño. Por respeto a aquel hombre (“Qué más da, la diferencia es de tan sólo una letra”, añadió con sorna), no verbalicé lo que me había parecido su comentario, pero el melancólico y empalagoso John Keats podía esperar.

Quería saber por qué el gran Yeats había dejado escrito eso de la “terrible belleza”; me interesaba conocer de qué modo le resultaban bellos los territorios devastados y en ruinas. La respuesta llegó pronto, aunque otro dato se cruzó en mi camino. Se trataba de una nota a pie de página incluida en una pequeña biografía del poeta. Yeats había pertenecido a una sociedad ocultista llamada Orden Hermética de la Golden Dawn (Aurora Dorada) y alcanzado incluso un puesto en su dirección. Había tenido contacto con los “Jefes Secretos”, afirmaba el artículo. Me lo imaginé protagonista de una sucesión de imágenes sumergido en profundos trances, en los que hablaba mediante lenguas profanas e ininteligibles para mí. A su alrededor se diseminaban numerosos papeles y documentos escritos en caligrafías antiquísimas y símbolos arcanos. Así que opté por dejar aquello de la “terrible belleza” y me dispuse a saber algo más de él.

Nace la Golden Dawn

En 1887,Wynn Westcott, un doctor interesado en el ocultismo y la masonería, se hizo con un viejo manuscrito. Los documentos, repletos de una simbología extraña, se los había entregado otro doctor, llamado Woodford, quien a su vez confesó que los encontró entre las pertenencias de un amigo suyo recientemente fallecido y miembro de los rosacruces ingleses. Se desconoce exactamente cómo pudo Westcott descifrar aquel manuscrito pero aseguró que en estos se encontraba uno de los secretos mejor guardados entre las sociedades ocultistas de la época, concretamente entre las logias rosacruces.

Una vez revelado aquel lenguaje oculto impreso en los documentos, se describían cinco rituales masones.Westcott, excitado por el descubrimiento, se puso en contacto con su amigo Samuel Mathers, otro apasionado de las ciencias ocultas y juntos estudiaron aquellos rituales hasta descubrir que bajo su superficie aparecía el nombre de una tal Fraulein Anna Sprengel, líder de una logia de rosacruces alemanes. Westcott aseguró mantener correspondencia con Sprengel, sin que jamás revelase ningún dato más acerca de la identidad de esa mujer. Sin embargo, Westcott anunció en los círculos esotéricos londinenses haber recibido instrucciones tanto de ella como de otras “entidades superiores”, para que creara un nuevo culto. De este modo, nació la Golden Dawn, y se inauguró inmediatamente su primer templo, al que llamaron Templo Isis-Urania No. 3. Westcott y Woodford se proclamaron jefes absolutos de la nueva orden.

La ciudad de Londres albergaba entonces a un buen número de sociedades y grupos ocultistas que rivalizaban entre sí. El más conocido era la Sociedad Teosófica, dirigida por Madame Blavatsky, ocultista de origen ruso que había fundado su grupo en septiembre de 1875. Un grupo de estudiosos en la materia, bajo el nombre de Sociedad para la Investigación Psíquica en Londres –sus miembros investigaban fenómenos entonces en alza como el espiritismo o la clarividencia– acusó de fraude a Blavatsky, quien aseguraba recibir instrucciones mágicas de los mahatmas (maestros que vivían en el Tibet), y todo sin moverse de su casa londinense. Los ataques, aunque nunca llegaron a demostrar la falsedad de las experiencias psíquicas que Blavatsky decía sentir, le afectaron y decidió trasladarse a la India, donde comenzó a escribir La Doctrina Secreta, una de las obras más importantes del ocultismo moderno.

El mismo año que Westcott descifró aquel extraño documento, la líder de los teosofistas regresó a Londres,donde ya contaba con un gran grupo de seguidores. Fue entonces cuando se publicó el primer número de una revista teosófica llamada Lucifer. Los nuevos ocultistas diseñaron toda una misteriosa propaganda para justificar la transmisión de aquel supuesto nuevo saber. En realidad, no existía ninguna Sprengler y menos aún el tan difundido encargo de extender el ocultismo rosacruz en Inglaterra.

Sin embargo, Westcott y los suyos, en clara competencia con la poderosa Blavatsky, crecieron y crearon todo un programa iniciático que impedía que los recién llegados tuvieran acceso a las claves que decían poseer los miembros de unas órdenes superiores que se reducían a un puñado de hombres con contacto directo con los “jefes secretos”, reveladores de leyes arcanas y trascendentales. Cuando fue preguntado por el aspecto e identidad de estos “jefes secretos”, Mathers confesó que desconocía sus nombres “terrenales” pero que podía verlos y establecer contacto con ellos gracias a ciertas “contraseñas secretas”. Además, añadió que tan sólo en contadas ocasiones había podido verlos “en sus cuerpos físicos”. Mathers terminó lanzando una teoría acerca de que se trataba de “humanos que viven en este mundo, aunque poseen terribles poderes sobrehumanos”.

Expansión de la orden

La Golden Dawn pronto contó con varios templos no sólo en Londres, sino también lugares como Edimburgo, Bradford o París. Lo que el nuevo culto ofrecía era atractivo y transgresor. Por un lado, se oponía al cristianismo oficial y a la burocracia eclesiástica, incluidos sus rituales e imaginería y, por otro lado, ahondaba en el estudio de los niveles de conciencia y de la mente, así como la fuente última de la inspiración y la imaginación.

Fue esto último lo que atrajo al joven poeta William Butler Yeats, quien confesó que “la vida mística es el centro de todo lo que hago, de todo lo que pienso y de todo lo que escribo”, y que tenía al portentoso William Blake como modelo de estudio e imitación. Si Blake había asegurado experimentar recurrentes visiones en el transcurso de las cuales se comunicaba con entidades sobrenaturales –estas experiencias fueron fuente de inspiración para sus poemas y dibujos–, Yeats buscó alcanzar ese mismo don hasta hacerlo suyo. Una nueva magia se invocaba y un nuevo mago emergía. El mago utilizaba su magia para modificar sus estados mentales y para recibir un saber antiguo. Yeats fue un auténtico estudioso, no sólo de la obra de Blake, sino de la cultura popular, sobre todo irlandesa, de donde era originario (nació en Georgeville, cerca de Sandymount Castle, Dublín, el 13 de junio de 1865). La tradición oral y el folclore irlandeses estaban plagados de historias de “gente pequeña”, hadas, duendes y gnomos que poblaban los bosques del país.

Sin embargo, cuando en 1887 Yeats se trasladó a Londres (justo cuando Westcott ponía en marcha la Golden Dawn) y una vez allí conoció personalmente a Blavatsky, en sus sesiones de magia psíquica, su mundo comenzó a adquirir una nueva dimensión más profunda y esotérica, lo que lo llevó a ingresar en la Sociedad Teosófica en 1888.

Su otro gran descubrimiento fue conocer a la joven Maud Gonne, un amor obsesivo que lo persiguió durante toda su vida, y que durante un tiempo estuvo adscrita a la Golden Dawn, recibiendo el nombre de “Per Ignum Ad Lucem” (“Por el Fuego Hacia la Luz”). Sin embargo, Gonne no correspondió en ningún momento a la adoración que Yeats le profesaba. Lejos de desanimarse, el poeta inició la producción de un sinfín de obras y textos inspirados en ella, hasta que en diciembre de 1898 anunció que, tras rechazar ésta ser su pareja y menos aún casarse con él, había contraído un matrimonio “místico” con Gonne. Tal fue su obsesión que después de dos décadas de rechazo le ofreció matrimonio, esta vez a la hija de la propia Gonne, que también se negó a aceptarlo. Para Yeats, el árbol de la vida –auténtica fuente de inspiración y resurrección mística– estaba plantado en el corazón de Gonne, tal y como lo expresó en su poema Los dos árboles: “Amada, contempla en tu propio corazón, / Como crece el árbol sagrado / Como brotan sus ramas del gozo y la santidad”.

Adiós a la teosofía

La escenografía de los espectaculares rituales de la Golden Dawn fascinaron desde un comienzo a Yeats, que abandonó la Sociedad Teosófica para entrar a formar parte de la nueva sociedad secreta en sus más altos rangos, que le permitía acceder a la sabiduría de los “Jefes Secretos”. Su separación de Blavatsky y los teosofistas fue agria. Poco antes, se había unido a otros compañeros para comenzar a realizar experimentos mágicos. Ninguna de estas experiencias, según cuenta el propio Yeats, dio resultados. Acerca de esta época, de su paso por el sofisticado ocultismo de la Golden Dawn, confesaría en su Autobiografía (1926) que “había muchas cosas que yo consideraba hermosas y profundas”.

Lo que Yeats perseguía y lo conectaba con su venerado Blake era la creación de imágenes poéticas al reflexionar acerca de su procedencia y de si éstas partían de lo más profundo del consciente o del subconsciente, además de la conexión “directa” con la divinidad. Sus intentos por alcanzar la fuente de la procedencia de la inspiración le condujeron, ya fuera de la Sociedad Teosófica, a la fundación de un pequeño aunque heroico grupo llamado “Rhymers Club”, formado por poetas que posteriormente fueron conocidos como la “generación trágica”. El club, a pesar de su carácter privado (se reunían en tabernas o casa particulares) estaba desprovisto de elementos esotéricos y en su corta existencia, a lo sumo un par de años, editó varias compilaciones literarias.

A su modo, había alcanzado el lugar, trascendental y mágico, que tanto persiguió al estudiar a su venerado Blake. Imágenes que lo atravesaban y cuya procedencia se encontraba oculta a los ojos de los hombres. Leyendas, dioses, caminos pedregosos que llevaban hasta lo alto de montañas imponentes. Para llegar hasta allí había que penetrar en territorios prohibidos. Se debía establecer contacto con “El huésped implacable” (título de uno de sus poemas): “Vientos desolados que lloran sobre el mar errabundo; vientos desolados que se ciernen sobre el Oeste en llamas; vientos desolados que golpean las puertas del Cielo y las del Infierno y allí arrastran muchos espectros gemebundos”.

En su ensayo Magic (1901), Yeats resumió de esta manera su creencia y fascinación por la magia: “Creo en la práctica y filosofía de lo que hemos acordado en denominar magia, en la cual debo llamar a la evocación de espíritus, a pesar de que no sé qué son, en el poder de crear ilusiones mágicas, en las visiones de la verdad en las profundidades de la mente cuando los ojos están cerrados; y creo en tres doctrinas, las cuales, pienso, han sido dadas en los primeros tiempos, y han sido los fundamentos de casi todas las prácticas mágicas. Estas doctrinas son: 1ª Que las fronteras de nuestra mente están siempre en movimiento, y que muchas mentes pueden fluir hacia otra, y crear o revelar una única mente, una única energía, como si fueran una sola. 2ª Que las fronteras de nuestras memorias son como movedizas, y que nuestras memorias son una parte de una gran memoria, la memoria de la Naturaleza misma. 3ª Que esta gran mente y esta gran memoria pueden ser evocadas por símbolos”.

Justo con motivo del cambio de milenio, Yeats escribió tres cartas abiertas dirigidas a los miembros de la Golden Dawn. En éstas hacía un desesperado llamamiento a volver a la tradición más pura. Sin embargo, la fuerte rivalidad entre las distintas facciones dentro de la orden acabó por desanimarlo, hasta que renunció a su cargo para beneficio de uno de sus más enconados enemigos: Aleister Crowley, el mago al que siempre me imagino malhumorado y sudado, quién se otorgó los sobrenombres de “El Anticristo” y “La Bestia”.

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Portada número 174
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Boletín radiofónico Diagonal 150
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