“Los barceloneses han renunciado a la Rambla”, sentencia Josep Cots, propietario de la librería Documenta, en la zona. “Los vecinos se han ido por motivos económicos y las tiendas de proximidad han sido sustituidas por otras destinadas a turistas en una Rambla que no es real”, añade.
La de Cots fue una más de las intervenciones del itinerario Tornem a la Rambla organizada por el Col·lectiu Accions Urbanes y la Asociación de Vecinos del Barri Gòtic el pasado noviembre.No todo fueron lamentaciones, ya que también se plantearon alternativas. “No tenemos una imagen nostálgica de La Rambla, no añoramos la del pasado, queremos construir entre todos una nueva”, decían las dos activistas del Col·lectiu Punt Sis, que trabaja el urbanismo desde la perspectiva de género.
Actualmente, “La Rambla para los vecinos de Ciutat Vella es un lugar de paso incómodo y saturado”, afirman desde el colectivo. ¿Su propuesta? Que se potencien los usos cotidianos y el pequeño comercio local para recuperarla para los vecinos. ¿Su lema? “¡Apropiémonos de La Rambla!” Por su parte, Josep Montaner, arquitecto y escritor, advierte contra una visión nostálgica, aunque reivindica que no se olvide la memoria histórica de este boulevard.
Piden, sin más, que los barceloneses puedan ejercer un control democrático y participar en el diseño de los usos de este emblemático espacio. “En 1992 nos robaron la identidad. Se redujo la calidad del mercado para atraer un turismo de bajo coste que hace fotos y más fotos,nos hacen sentir como Copito de Nieve”, aseguró Montse Ramblis, trabajadora en la Boquería –el mercado municipal de La Rambla–.
El arquitecto David Bravo, por su parte, denunció la reforma de los mercados para acercarlos almodelo de centro comercial “que desvirtúa totalmente su sentido”.
Invisibilización de la miseria
Clarisa Velocci, activista de Genera, entidad por los derechos de las trabajadoras sexuales, se mostró crítica con la ordenanza cívica aprobada en 2006 por el Ayuntamiento de Barcelona que penaliza la prostitución y la “economía informal”de “lateros” y “manteros”.
En su opinión, con esta regulación “se incrementa la vulnerabilidad de los excluidos”, se les deja, según Velocci, sin opciones para subsistir. En vez de apostar por la convivencia, se acaba con ella a “golpe de multa”. “Se les excluye del espacio público porque resultan incómodos”, ya que son la prueba evidente de las desigualdades en una sociedad que no quiere verlas. No molesta la miseria, sino su visibilidad.
Velocci acabó por reivindicar espacios de tolerancia que permitan, en un contexto de crisis, poder sobrevivir a estos colectivos. En el final del trayecto, en La Rambla de Mar, se explica que la recuperación del puerto como espacio ciudadano se consiguió con el Moll de la Fusta en los ‘70 del siglo pasado. Barcelona había vivido de espaldas al mar.
De hecho, el puerto no es parte de Barcelona sino que está administrado por la Autoridad Portuaria de Barcelona, que dispone de policía propia. Con todo, se han vivido diferentes actuaciones para desposeer a los ciudadanos de este espacio de cara al turismo y el consumo, como la construcción del Maremàgnum, el World Trade Center y el Hotel Vela.
Dos apuntes. La policía portuaria estuvo a punto de poner el broche final del itinerario al acercarse a los organizadores pidiendo autorizaciones. Sólo fue un susto, aunque también un ejemplo espontáneo de la –excesiva– regulación de los usos de la Rambla, que dificulta aquellos que no sean estrictamente turísticos.
Un espacio de esperanza, o al menos de crítica, lo ofreció un grupo de personas que anunciaron la creación de un grupo de reflexión para que la ciudadanía se “reapropie” del emblemático paseo barcelonés y que se reúne en Rambla Canaletes los domingos a las 20h.
Memoria de La Rambla
Durante siglos, La Rambla fue el alcantarillado de la Barcelona medieval hasta que en el siglo XVIII se convierte en un espacio de paseo, de relación social, y la seña de identidad que es en la actualidad. Los organizadores del itinerario se muestran muy críticos con “los efectos perversos que puede tener la explotación turística en una ciudad: expulsión de habitantes, degradación del espacio público, eliminación de la memoria histórica”.
Los antropólogos Andrés Antebi y Manuel Delgado destacaron que La Rambla ha sido espacio que ha agrupado usos festivos, sociales, lúdicos, religiosos, políticos o reivindicativos.
Donde se han producido innumerables tertulias “futboleras” y políticas, y donde, desde los años ‘20 del siglo pasado, se celebran los triunfos deportivos del Barça que ahora, también, se quieren desplazar.
La Rambla, según el periodista Xavier Montanyà, fue reflejo de los conflictos sociales de la ciudad entre 1850 y 1940: desde la bomba del Liceu, el pistolerismo de los años ‘20, las batallas del 18 de julio de 1936 o las muertes en mayo de 1937.
También fue el espacio al que los barceloneses acudieron de forma espontánea a celebrar la proclamación de la II República en 1931.
Sólo en la Transición se recuperó, temporalmente, como espacio político, pero también como “pasarela”,“la gente venía a ver qué pasaba en los ‘70 y se arremolinaban a partir de cosas que pasaban”, indica Delgado. Durante el Franquismo, La Rambla vivió, según Montanyà, un proceso de maquillaje y folclorización previo a su conversión en producto turístico. Ahora “los únicos que pueden “manifestarse” son los turistas”, afirma Delgado.