A finales de los años ‘80, Metro de Madrid, en una gran reestructuración, redujo en más de un tercio los puestos de atención directa en las estaciones. Esa brutal reducción precisaba de un cambio tecnológico profundo en la atención: al menos en 55 vestíbulos sólo habría máquinas y en casi todas las estaciones únicamente habría un trabajador de Metro en una cabina. Esto modificó la concepción de la atención a los viajeros, pues se incrementó la mecanización y el autoservicio en la adquisición del billete.
El objetivo era centralizar el mando de las instalaciones en una cabina ubicada en un vestíbulo: escaleras mecánicas, megafonía, ventilación, etc. Y, por supuesto, las cámaras de circuito cerrado, para ver, sin grabar, el estado de las escaleras mecánicas y algunas zonas de las estaciones. En las estaciones se colocaron tantas cámaras como escaleras, vestíbulos y andenes hubiera. Este sistema de videovigilancia fue presentado como un elemento de seguridad para los viajeros en las estaciones, ahora convertidos en espacios más solitarios. A la par que se hacía desaparecer a los trabajadores, las estaciones comenzaron a llenarse de vigilantes de seguridad privada (más de 1.100 hoy).
A finales de los ‘90 la empresa dio otro paso: la grabación limitada de imágenes mediante equipos colocados en las estaciones. Después se pasó a la grabación a distancia y en formato digital. Las cámaras de las estaciones, que se han incrementado en más de un 30% en cada estación, cubriendo otros espacios (vagones, accesos, etc.) transmiten las imágenes al Puesto Central en la estación de Alto del Arenal (línea 1). Según reconoce la empresa, actualmente se graban las imágenes de la mayoría de las cámaras de las estaciones y a finales de 2006, se grabarán todas. Pero, ¿se archivan esas imágenes? En junio, la empresa aseguró a Solidaridad Obrera que no tenía previsto, (pese a lo publicado en diferentes medios), instalar un sistema de reconocimiento facial ni de guardar las imágenes más de 72 horas.