
Hace años que el PSOE intenta evitar la quiebra de la identificación de las mayorías populares con el partido y en ese sentido, y tras un depurado cálculo electoral, puede entenderse el hecho de situar a Celestino Corbacho y Bernarda Jiménez, ambos con experiencias vitales de emigración a sus espaldas, como las caras visibles de su política de inmigración.
Respecto a Corbacho, se ha convertido en un lugar común que su gestión de la emigración en L’Hospitalet ha sido exitosa. Él mismo afirmó en una entrevista: “Hace tres años, en mi ciudad, los problemas estaban a punto de estallar y de romperse la convivencia. En absoluto nos encontramos hoy en el mundo de las maravillas, pero el fenómeno lo hemos gobernado con discurso y con medidas. Y si buscamos puntos de coincidencia con el PP y encontramos propuestas razonables, el PP no me encontrará de espaldas”.
Bastaría con recoger las impresiones sobre la situación de los profesionales de los saturados servicios sociales, de algunos médicos y profesores, o de algunas ONG de l’Hospitalet. En los barrios más deprimidos y con algunos colegios con el 90% de hijos de inmigrantes, la convivencia se autogestiona con desconfianza y desánimo. Como alcalde, Corbacho se dedicó obsesivamente a proyectar la ciudad y proyectarse él mismo a través de planes urbanísticos que pusieron una parte de la ciudad en el mapa, mientras escondían otra debajo de la alfombra. Mientras tanto, y como pasara en los ‘50, fueron llegando miles de personas (60.000) sin que nadie preveyera sus necesidades, con la diferencia de que ahora no se trataba de levantar barrios en descampados, sino que el espacio y los servicios ya estaban llenos. Esta realidad se ignoró por tanto tiempo que hasta los ultras hicieron amago de apoderarse del espacio, y cuando por fin se decidió “gobernar el fenómeno” se hizo más con discursos que con medidas contundentes, creativas o socialmente sostenibles.
A partir del control férreo de los medios de comunicación locales se elaboró y administró un discurso de dureza, que era lo único que podía frenar el avance del PP en el cinturón rojo. Fuera de eso, se procuró atajar la percepción de inseguridad con la sobrepresencia de Mossos d’Esquadra; la de abandono, rehaciendo algunas calles con el dinero de la Ley de Barrios; y para los conflictos de convivencia se contrató a un número insuficiente de mediadores que, sin embargo, son presentados repetidamente como la gran solución. Corbacho, en la estela de los Bonos y demás prohombres que “entienden al pueblo” y saben hablarle, es pues ministro no por lo que hizo con la inmigración, sino por lo que dijo sobre ella. Neutralizados los barones, era de los mejor situados para vender sin complejos la nueva línea dura con la inmigración: directiva de retorno, limitación de la reagrupación, segregación escolar…
Colocar a Bernarda Jiménez en la secretaría ejecutiva no es sólo parte de la política de gestos de Zapatero, aunque ésta es muy necesaria de cara a las ONG, las asociaciones de inmigrantes y la diplomacia internacional. La elección de Jiménez es altamente simbólica porque los dominicanos fueron una de las primeras comunidades víctimas del racismo, con el asesinato de Lucrecia Pérez a manos de nazis, y por su doble perfil profesional y asociativo, que remite tanto a una experiencia de éxito personal como a la preocupación por la comunidad desde el voluntariado. Por oposición a Corbacho, Jiménez representa la línea blanda del discurso inmigratorio, su vertiente integradora y solidaria que va acompañada de la propuesta de permitir el voto a los inmigrantes en las elecciones municipales. Jiménez sería, en este sentido, el gancho para la incorporación progresiva a las listas locales del PSOE de los líderes de otras comunidades inmigradas. De esta manera, y en un nuevo ejercicio socialista de prestidigitación ideológica, se trataría de no perder el voto del reacio al inmigrante, y de ganar el del inmigrante, sin perder en ningún caso la batalla de la identificación entre el PSOE y sus públicos presentes y futuros. Volviendo a L’Hospitalet, a pesar de que el rechazo a la nueva inmigración en algunos barrios ponía en cuestión esa otra verdad tan comúnmente aceptada de que la primera emigración se integró perfectamente (de ser así no habría hoy competencia por el espacio y los recursos), y a pesar de la gestión deficiente del conflicto, Corbacho seguía revalidando sus mayorías absolutas. El control del discurso y de las redes sociales le permitieron mantener viva la ilusión de la identificación en perjuicio de la derecha nacionalista, y ése parece hoy el modelo exportable tanto al ámbito estatal como a la nueva generación de emigrantes.