“Ponme música, Colin. Pon melodías de esas que te gustan”. Con esta frase de Chloé, la protagonista de La Espuma de los Días, a su novio, novio también del jazz, comienza a dar vueltas un disco del saxofonista Johnny Hodges, una canción que reconocen los dos amantes, desgarrados por un solo nenúfar, The Mood to be wood. ¿Te acuerdas?, dice él, “me acuerdo”, contesta Chloé. Y ambos se ponen tristes. Mucho.
París, 1946. La guerra ha terminado. Los hijos de la cosecha roja tienen ganas de desempolvar sus calcos, de echar un trago en un bar, esta vez para celebrar que los tiempos están cambiando de nuevo. Estados Unidos impone su sonrisa fordiana a base de leche en polvo, queso cheddar, planes de desarrollo, películas de hampones y ritmos convulsivos: “mueve el esqueleto, chico blanco”, dice alguna voz por la radio. El jazz suena en todas las emisoras, las alternativas son canciones lloriqueantes sobre el soldado que no regresó o el folclore del Tirol del Sur que fracasan sin remisión.
El bebop y el jungle ya están aquí. Los músicos negros son los amos del cotarro, y Boris Vian es de los primeros en entender que esa música devuelve algo a los europeos que habían perdido hacía tiempo. Desde el ragtime añejo de Scott Joplin o la trompeta sensual de Bix Beiderbecke a la trepidancia de Charlie Parker, Vian se entusiasma como sólo sabe hacerlo un borracho francés tocando una trompeta. Pero, ¿cómo trasladar esa emoción a la tinta? ¿Quién es el guapo que escribe en plan jazz? No basta con saber seguirlo, no basta el swing, no es suficiente que te guste hacer girar los vinilos de ‘El Duque’ Duke Ellington.
Ella se muere, la melodía ya lo había anunciado; Colin sólo puede dar cuerda al gramófono para que ambos escuchen una y otra vez la misma canción que hace crecer esa planta. La espuma de los días, como tal vez la canción que le insufla su espíritu, es un relato nostálgico sobre la fugacidad de la belleza. El amor es más delicado que el rizoma de un nenúfar, por eso mismo es precioso, viene a decir la novela.
Chloe o “la canción de la ciénaga”, grabada por Duke Ellington en los años ‘30, fue la inspiración de la mujer fetiche, la femme encontrada que iluminó Boris Vian en un texto que el también patafísico Raymond Queneau consideró “la más desgarradora de todas las historias de amor contemporáneas”.
Un libro de formas inocentes, incluso escolares, que no obstante plantea con acierto un asunto que en la segunda mitad del siglo se convirtió en el café con leche de la narrativa europea, qué sucede con las parejas cuando los surcos del disco comienzan a sonar vacíos.
Boris Vian, peculiar crítico en las publicaciones Jazz Hot o Temps Modernes; encargado de formar el primer catálogo musical de jazz de la Philips; atracción de los tugurios de la rive gauche por los que pasaron gente como Ellington, Parker o Miles Davis, utilizó ese ruido de trompetas y saxofones, el ritmo sincopado de los amaneceres junto a una trompeta babeada de vino; ya sabes, el jazz, para componer una obra en una pieza como La Espuma, en forma de homenaje a lo que una vez fue bello. “Sólo dos cosas son importantes: el amor, en todas sus formas, con chicas bonitas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington”, escribió el propio Vian, como preámbulo de la historia.
Boris Vian, inventor, no sólo de ese ‘pianocóctel’ que prepara perfectas bebidas en función de las melodías que se tocan en él, sino, principalmente, de un estilo individualista que pasó después a los cineastas franceses de la Nouvelle Vague, y que recoge del jazz un ritmo sincopado, algunas notas sueltas y un sentido del humor, del juego, que hoy apenas se identifica con este género, engastado como está en los terrenos pantanosos de la música culta.
El mismo que dijo “puedo vanagloriarme de haber llevado la crítica de jazz a un nivel que las próximas crecidas del Sena, rompiendo todo, no puedan arrancarme más que una sonrisa despreciativa acompañada de un destello verde en el ojo”. El que nunca consiguió superar a su modelo. A la obra de Vian, el imitador, le sobran cachivaches surrealistas. Son pocas las notas falsas en La Espuma de los días, pero son suficientes para que la crecida lo arrastre. Bastan esos desvíos para que, quien las ha tenido a ambas, se emocione más con la Chloe, de Ellington, la de la ciénaga, antes que con la hermosa Chloé, a la que le crece un nenúfar que subraya que la vida es efímera, etc.
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