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EMIRATOS ÁRABES UNIDOS

Despilfarro y frenesí inversor en el Golfo

Un Louvre en el desierto, gigantescos rascacielos e inversiones multimillonarias en las grandes bolsas son algunas muestras de la transformación de este país petrolero.

José Manuel Rambla, Emiratos Árabes Unidos
Miércoles 18 de noviembre de 2009.  Número 113

El sueño se hará realidad en 2013. Para entonces está previsto que abra sus puertas el primer museo universal de Oriente Medio, el futuro Louvre de los Emiratos Árabes Unidos. Así decidió el jeque Mohammed bin Zayed al-Nahyan llamar a su museo situado en el complejo de Saadiyat, una isla artificial bautizada con el nombre de Felicidad, con la pretensión de revestir de prestigio el edificio diseñado por Jean Nouvel. El capricho le ha costado cerca de 400 millones de euros, pagados al Gobierno francés por la autorización para utilizar el nombre y la cesión de algunas piezas para sus fondos.

Pero los proyectos para la isla Saadiyat de Zayed al-Nahyan –considerado por la revista Forbes el segundo monarca más rico del planeta, con una fortuna personal estimada en 23.000 millones de euros– no se reducen a este peculiar Louvre. El coste total de las obras de esta pretendida isla feliz supera los 19.280 millones de euros.

Por lo pronto, el pasado mayo el propio presidente Nicolás Sarkozy, junto al jeque Zayed Al Nahyan, inauguró en la Galería Uno del lujoso hotel Emirates Palace la exposición conmemorativa del inicio de los trabajos del museo. Pero Sarkozy no llegó a los Emiratos llevado sólo por pretensiones artísticas. Esa misma visita sirvió igualmente para presidir una segunda inauguración mucho más pragmática. Se trata de la entrada en servicio operativo de la primera base militar francesa en Oriente Medio. Las instalaciones, ubicadas en Abu Dhabi, están diseñadas para dar cobertura a la armada francesa que opera entre el golfo Pérsico, el océano Índico y Yibuti, una zona calificada como prioritaria en el Libro Blanco de la Defensa, aprobado en 2008 por el Gobierno francés. La base contará con una escuadrilla de aviones Mirage y Rafale y una dotación permanente de 500 soldados. La privilegiada ubicación de los Emiratos, en una zona del planeta tan rica en petróleo como caliente en tensiones, hace que el interés de Occidente por este opulento rincón del desierto sea evidente. Así, desde principios de 2006, el Gobierno norteamericano cuenta en Dubai –uno de los siete emiratos que conforman el país– con una oficina de intereses desde la que mantener un contacto directo con sectores empresariales iraníes, supliendo desde allí el vacío diplomático generado por el cierre de la embajada en Teherán. El propio régimen es consciente de sus potencialidades políticas, económicas y militares, y trata de aprovecharlas para convertirse en pieza clave en la región. Por ello, conseguir una cuidada imagen exterior será uno de los retos asumidos por el jeque Zayed al-Nahyan desde que alcanzara el poder en noviembre de 2004.

Voracidad inversora

La imperiosa necesidad de dar salida a una capacidad de generar riqueza que permita escapar al fantasma de la inflación explica las tendencias suntuosas de la élite social, capaces de plasmarse en caprichos como el Louvre o la estrambótica pista de esquí de Ras al-Jaima, proyectada con tecnología israelí en un espacio abierto donde no es extraño alcanzar los 45º a la sombra. Igualmente aporta luz sobre el afán inversor que parece guiar a los responsables económicos del país. La reciente visita de Nicolás Sarkozy no deja de ser una buena muestra de ello. El presidente galo habló con las autoridades del emirato de Arte y Defensa. Pero no faltaron en las conversaciones referencias al programa nuclear que, sin los reparos que se le ponen a Irán, pretende impulsar. La firma francesa Areva es una de las aspirantes a poner en marcha un parque de centrales nucleares en el país. Un plan que también ambicionan la norteamericana General Electrics y un consorcio coreano.

En cualquier caso, la voracidad inversora de los Emiratos parece no conocer límites. En julio de 2008, el Abu Dhabi Investment Council adquiere por 511 millones de euros el mítico edifico Chrysler de Manhattan. Ese mismo mes, las aerolíneas nacionales Etihad Airways cierran un acuerdo con Airbus para la adquisición de 55 nuevos aparatos, incluidos diez superjumbos A-380, en una operación valorada en 7.350 millones de euros. Aunque el sector inmobiliario ha sido en gran medida el centro de las operaciones, los inversores emiratounidenses demostrarán su total polivalencia a la hora de elegir nuevos negocios. Y cuanto más espectaculares y mayor proyección les reporte, mejor: a finales del pasado verano, la firma Imagination Abu Dhabi irrumpe en Hollywood con una inversión de 700 millones de euros para la coproducción de películas y contenidos digitales con la Warner Brothers. Unas semanas antes, la Isthimar World Ynakheel se hace con el control del 20% del Cirque du Soleil. El pasado marzo, la firma estatal Aabar aprovecha el hundimiento del sector automovilístico para hacerse por 1.950 millones de euros con el 9,1% de las acciones del fabricante alemán Daimler. Signos preocupantes El canto de sirena de los petrodólares se demuestra así irresistible a los oídos de Occidente. Y ello a pesar de que los signos de la crisis del sistema son cada vez más preocupantes. En primer lugar, la inflación. O al menos, en primer lugar para las autoridades emiratounidenses, que llevan tiempo entre la tentación de instaurar la paridad entre el dirham y el dólar y el pánico que les provoca la perspectiva de una dependencia de las políticas de la Reserva Federal, que arrastre el valor de su moneda cada vez que acuerde una rebaja en los tipos de interés. Mientras tanto, las estimaciones para 2008 situaron la tasa de inflación en un preocupante 14,6%. Y éstos no son los únicos datos negativos. Según la principal corporación financiera del mundo, la HongKong and Shanghai Banking Corporation (HSBC), el crecimiento del PIB, que en 2008 alcanzaba el 7,1%, no superará este año el 1,1%. Sin embargo, no resulta sencillo evidenciar los problemas internos de los Emiratos. Especialmente desde dentro de los propios Emiratos.

El pasado enero el Gobierno aprobaba el Decreto de Ley para los Medios de Comunicación en el que se prevén multas de hasta 100.000 euros para aquellos periodistas que publiquen informaciones susceptibles de dañar la reputación del país y de su economía. Unas sanciones que, según destaca Human Rights Watch, alcanzan la cifra de 200.000 euros para aquellas informaciones consideradas “despectivas” para el Gobierno o la familia real.

Y es que el respeto por los derechos humanos sigue siendo una asignatura pendiente que no parece incomodar excesivamente a los go- biernos occidentales. El recurso habitual a la tortura por parte de los miembros de Amn al-Dawla –los temidos servicios de seguridad– y su impunidad ante estas prácticas han sido denunciados en reiterados informes de Amnistía Internacional. El vídeo, conocido recientemente, en el que se ve a Issa Ben Zhayed al Nahayan, hermano del jeque, torturar a un comerciante afgano por haber perdido un cargamento de cereales valorado en 4.000 euros, estremeció las retinas de los televidentes europeos y norteamericanos.

Pese a las restricciones a la libertad de expresión, los problemas que comienzan a sentirse en los cimientos de este país de pretendida opulencia sin fin, resultan cada vez más palpables. A veces su plasmación resulta casi metafórica. Buena muestra son esos 3.000 coches, no pocos de ellos Mercedes, abandonados a las puertas del aeropuerto de Dubai. Sus propietarios son empleados extranjeros que han sido despedidos y abandonan precipitadamente el país ante una ley que puede hacerles acabar en la cárcel, si no son capaces de pagar sus deudas. Se estima que diariamente son canceladas unas 1.500 visas de trabajo, una cifra que incluso podría ser muy superior.

Sin embargo, el verdadero drama lo viven otros cientos de miles de trabajadores extranjeros que nunca podrán escapar del país en Mercedes. Y es que los Emiratos Árabes Unidos son el Estado con mayor tasa de población extranjera del mundo. Se calcula que el 85% de sus 5,5 millones de habitantes son extranjeros. Un porcentaje que se incrementa al 99% en el caso de su clase trabajadora. Su realidad poco tiene que ver con las extravagancias de la riqueza del petrodólar. Procedentes en su mayoría de India, Pakistán o Banglasdesh, aproximadamente 1,2 millones llegaron para trabajar en el sector de la construcción que ahora se tambalea. En su país se comprometen a pagar a su intermediario hasta 3.800 dólares por un trabajo por el que, una vez en el paraíso árabe, descubren que sólo percibirán en torno a un dólar por hora. Los derechos sindicales, por supuesto, son inexistentes en un país donde la huelga es ilegal. En el mejor de los casos serán alojados en campamentos como el de Sonapur, en mitad del desierto de Dubai, donde unos 50.000 trabajadores viven en grandes bloques de hormigón y a donde los autobuses de las empresas se limitan a llevar y traer desde las obras durante años.

En marzo de 2006, la frustración acumulada estalló en unas protestas que desconcertaron a los millonarios promotores del Burj Dubai, el rascacielos más alto del mundo. Los cortes de tráfico y los destrozos de vehículos hicieron que, de repente, la selecta minoría de emiratounidenses conociese la existencia de los trabajadores. Y, sobre todo, descubriesen su condición de amenaza por las calles, junto a sus coches de lujo. Pese a ciertas mejoras conquistadas tras aquellas movilizaciones, la explotación y las situaciones de semiesclavitud distan mucho de ser excepcionales. El reciente informe de Human Rights Watch, en el que se registran casos de trabajos forzados bajo amenaza entre los obreros que construyen el complejo de Saadiyat, así lo demuestra. Es el precio que hay que pagar por tener una isla llamada Felicidad.

Especulación avanzada en Barclays
En noviembre de 2008, el jeque Zayed al Nayan da luz verde a la inversión de 4.435 millones de euros en esta entidad herida por la zozobra financiera internacional. Se convertía así en el accionista mayoritario del banco, con un 16% de la acciones en manos de su fondo estatal International Petroleum Investment Company. Sólo unos meses más tarde, a principios del pasado junio, Abu Dhabi considera que ya ha llegado el momento de recoger beneficios, pone a la venta un 11% de las acciones y se embolsa unas ganancias de 1.785 millones de euros. Los inversores árabes demostraron con esta operación su pleno dominio del flipping, esas compraventas fugaces a corto plazo que tan buenos frutos les habían deparado ya en las operaciones inmobiliarias.

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