Periódico Diagonal

RECUERDOS DEL DUOMO | LA DERECHA ITALIANA RESPONSABILIZA A LOS CRÍTICOS DE BERLUSCONI DE PROMOVER EL ‘ODIO IDEOLÓGICO’

Cuando el Facebook atentó contra Berlusconi


Simone d’Orsenigo. Milán
Miércoles 23 de diciembre de 2009.  Número 116

Quién sabe a quién pensaba hacer un regalo Massimo Tartaglia mientras compraba, en un domingo de diciembre, un souvenir del Duomo, la catedral de Milán. La misma estatuilla de piedra con la que golpeó apenas unos minutos después a Silvio Berlusconi. Quién sabe si Tartaglia quería, con su gesto, darle un alegría navideña a aquellos italianos hartos de 15 años de chistes machistas, leyes xenófobas y políticas derechistas. O tal vez si, mientras compraba su souvenir, Tartaglia pensaba en hacerle un regalo al mismo Berlusconi, convirtiendo un político rodeado de juicios y recién acusado de haber favorecido a la mafia, en una víctima agraciada, con la solidaridad mediática e institucional. Sin embargo, los periódicos y los telediarios italianos –casi todos, hay que decirlo, controlados por el propio Berlusconi– no nos contaron nada de lo que pasó en la mente de Massimo Tartaglia a la hora de comprar su pequeña estatua del Duomo. “Es un pobre loco, un desequilibrado”, comentó la prensa italiana, acompañándole al psiquiátrico. No nos dejaron saber si tal vez el regalo de Tartaglia era para sí mismo: unos minutos de celebridad televisiva que en largos años de videocracia los italianos aprendieron a valorar. Lo que sí difundieron televisiones y periódicos fue la rabia de los hombres del Cavaliere, una multitud vociferante de ministros y diputados: según ellos el acontecimiento fue causado por el clima de odio político que hay en el país. Y poco importa si los que mueven acusaciones son la misma derecha que promueve patrullas de ciudadanos contra los migrantes y organiza operaciones de policía para expulsar a los sin papeles con nombres elocuentes como ‘White Christmas’.

Peor que los terroristas

Todo este clamor tiene un fin: legitimar un viraje securitario. Esto tal vez es el regalo de Tartaglia a Silvio Berlusconi. Unas horas después del acontecimiento, el ministro de Interior Roberto Maroni ya anunciaba normas urgentes y restrictivas sobre las manifestaciones y las páginas web “violentas”: el Gobierno italiano, herido en su máxima expresión política, ahora no sólo quiere eliminar la posibilidad de contestar a una manifestación de partido, sino quiere ponerle también la mordaza a la red. Es justo allí, en el Facebook, donde a unos minutos del accidente presidencial ya decenas de miles de personas se declaraban fans de Tartaglia. Indignado por tanta desconsideración, el presidente del Senado, Renato Schifani, ha sentenciado: “Facebook es más peligroso que los grupos de los años ‘70”. Sin embargo, Schifani no quería hablar de los Led Zeppelin sino que hacia referencia a las bandas armadas de aquellos años. Y quién sabe si, después de tanto clamor, alguien ya ha avisado a Mark Zuckerberg, el veinteañero millonario fundador y consejero delegado de Facebook, que no venga de vacaciones a Italia, no vaya a ser que lo encarcelen como ideólogo de una red social subversiva. Justo él, un icono del nuevo capitalismo norteamericano, que ni siquiera ha oído hablar de Massimo Tartaglia y de su extraña idea de comprar un regalo.

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Portada número 167
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