El fracaso de la cumbre mundial sobre el clima de Copenhague ha tenido algunas paradójicas virtudes. De un lado ha visibilizado la inoperancia de la pseudodemocracia global representada por la ONU y unas cumbres de jefes de Estado que pretenden representar a la humanidad. El espectáculo de la cumbre de Copenhague ha mostrado la incapacidad de las actuales instituciones políticas para gobernar la maquinaria económica global o simplemente decelerar su ritmo de rapiña y destrucción socioecológica.
Pero la gran virtud es sin duda que en Copenhague se ha clausurado definitivamente la vía reformista resumida en el ambiguo concepto de “desarrollo sostenible” y ha puesto sobre el tablero la contradicción fundamental entre capitalismo y clima, pero de un modo más profundo y multidimensional de lo que proclamaba Hugo Chávez. Los apologetas del desarrollo sostenible querían (hacernos) creer, a veces incluso de buena fe, que todo se reducía a un problema de eficiencia energética que podía resolverse con mejoras tecnológicas y reformas institucionales como el mercado mundial de emisiones, pero la cuestión es mucho más compleja: se trata de que la tecnosfera –todo el aparato bioproductivo, técnico, institucional, etc., de la humanidad– afronta contradicciones radicales y dramáticas en diferentes direcciones.
De un lado hemos saturado el planeta. Saturación demográfica, atmosférica, alimentaria... que se resume en que en la actualidad el consumo metabólico de la humanidad supera la bioproductividad de la ecosfera o ecosistema planetario.
Cuotas desastrosas
De otro lado esta descomunal producción
y consumo no ha logrado
reducir la desigualdad social. De hecho
un tercio de la humanidad necesita
imperiosamente aumentar su
consumo metabólico para salir del
hambre y la pobreza extremas. Además
del problema de ineficiencia
energética del sistema que señalaban
los reformistas y que sin duda
existe, hay un problema de diseño
estructural. La economía tal como la
entendemos hoy día está en guerra
con la naturaleza y se apoya en una
tecnociencia que, sin límites morales
ni políticos, produce objetosmundo
tan inquietantes y peligrosos
como el sofisticado armamento, lo
nuclear, lo transgénico... que retroalimentan
la guerra y el dominio imperialista
contra la naturaleza –en la
que por supuesto se incluyen los seres
humanos–. Y por debajo de todo
esto otra contradicción fundamental
y probable talón de Aquiles del sistema:
el agotamiento de los recursos
fósiles de los que depende el funcionamiento
de la tecnosfera, con el
añadido de que, si quemamos los recursos
fósiles que aún quedan, el
cambio climático puede alcanzar cotas
desastrosas.
Si la vía reformista, en caso de que alguna vez fuera plausible, quedó ya clausurada, la vía revolucionaria parece también intransitable por carencia de masa crítica, de interfaces institucionales con capacidad de intervenir sobre la economía, de recursos ideológicos, pedagógicos y coercitivos para articular un activismo revolucionario masivo.
En esta situación de desarbolamiento de la esperanza y el deseo revolucionarios tiene mucha responsabilidad, en estos lares, lo que llamamos izquierda. Una izquierda que no ha superado los esquemas desarrollistas del XIX, que no ha entendido que no pueden desarrollarse las fuerzas productivas más allá de los límites biofísicos de la naturaleza, que no se pueden satisfacer todos los deseos materiales de todos en un mundo saturado. El crecimiento de China nos pone ante la evidencia de que nuestro modo de vida no es generalizable, y si no es generalizable no es sostenible ni justo. Una izquierda que aún hoy se adscribe acríticamente al culto de la defensa de los puestos de trabajo ya sea en la industria automovilística, en la nuclear o en la armamentística y que aún no se ha enterado de que el cambio climático no es una amenaza futura sino que está aquí, y que no es otro problema más sino la cuestión fundamental de nuestro tiempo porque condensa todas las contradicciones, aporías y horrores del capitalismo global y pone en serio riesgo la supervivencia colectiva.
Derechos intergeneracionales
La izquierda tampoco ha sido
capaz de desembarazarse de los
prejuicios eurocentristas y antropocentristas,
con lo que es incapaz
de pensar y aprender de la otredad
cultural por ejemplo de los pueblos
Copenhague,
anunciado final
de la ilusión
reformista
indígenas y/o sin Estado, y la otredad
biológica de las otras especies.
El paradigma ecológico obliga
a replantear las cuestiones de
la justicia en términos mucho más
amplios: las generaciones venideras
–de nuestra especie pero también
del resto de especies que nos
acompañan en el planeta–, sin todavía
no haber nacido, son –deben
serlo– ya hoy actores políticos cuya
voz debe ser representada ya
de algún modo en el ágora de la
polis global. Las generaciones venideras
tienen el derecho a recibir
de los vivos de hoy un planeta en
unas condiciones bioclimáticas
suficientes para su desenvolvimiento.
Estos derechos diacrónicos,
intergeneracionales o tranhistóricos
nos imponen arduas
responsabilidades materiales y
políticas en el presente... Todo
esto requiere una revisión de hondo
calado en el aparato cultural,
ideológico y teórico de la izquierda
que hasta el momento sólo algunas
minorías han emprendido.
La urgencia que tiene la cuestión
climática limita mucho las posibilidades
de que haya tiempo para
construir una alternativa global al
capitalismo según el viejo modelo
de acumulación de fuerzas.
Si no hay vía reformista, y por el momento tampoco hay vía revolucionaria, la crisis ecológica global sólo puede resolverse por vía catastrófica. En un sentido catástrofe tiene un significado derrotista de desastre, y en ese sentido la catástrofe es ya hoy el paisaje de la islas del Pacífico, del Sahel, de las tierras bajas de Bangladesh, y también el paisaje de Gaza, Afganistán, Somalia o Yemen. De modo que podemos afirmar que habitamos el capitalismo-catástrofe.
Para no caer en la desesperación e indagar en la búsqueda de nuevas formas de activismo materialista transformador quizá debemos bucear en los otros significados más creativos que de este concepto ha elaborado la Teoría de las Catástrofes como abrupta discontinuidad, bifurcación imprevista, metamorfosis, desgarramiento de planos... en la esperanza de que a veces el simple aleteo de una mariposa puede provocar un huracán.
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