Periódico Diagonal

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (IV)

Copenhague, anunciado final de la ilusión reformista

En los últimos 30 años los movimientos sociales transformadores han sedimentado un espacio ideológico difuso. Esta ‘base social’ no ha generado una representación política propia, integradora de su diversidad, con presencia electoral. Ante una nueva propuesta de organización impulsada por IU, reabrimos el debate sobre “izquierda social” y representación.

FERNANDO LLORENTE / Agroactivista
Miércoles 27 de enero de 2010.  Número 118

El fracaso de la cumbre mundial sobre el clima de Copenhague ha tenido algunas paradójicas virtudes. De un lado ha visibilizado la inoperancia de la pseudodemocracia global representada por la ONU y unas cumbres de jefes de Estado que pretenden representar a la humanidad. El espectáculo de la cumbre de Copenhague ha mostrado la incapacidad de las actuales instituciones políticas para gobernar la maquinaria económica global o simplemente decelerar su ritmo de rapiña y destrucción socioecológica.

Pero la gran virtud es sin duda que en Copenhague se ha clausurado definitivamente la vía reformista resumida en el ambiguo concepto de “desarrollo sostenible” y ha puesto sobre el tablero la contradicción fundamental entre capitalismo y clima, pero de un modo más profundo y multidimensional de lo que proclamaba Hugo Chávez. Los apologetas del desarrollo sostenible querían (hacernos) creer, a veces incluso de buena fe, que todo se reducía a un problema de eficiencia energética que podía resolverse con mejoras tecnológicas y reformas institucionales como el mercado mundial de emisiones, pero la cuestión es mucho más compleja: se trata de que la tecnosfera –todo el aparato bioproductivo, técnico, institucional, etc., de la humanidad– afronta contradicciones radicales y dramáticas en diferentes direcciones.

De un lado hemos saturado el planeta. Saturación demográfica, atmosférica, alimentaria... que se resume en que en la actualidad el consumo metabólico de la humanidad supera la bioproductividad de la ecosfera o ecosistema planetario.

Cuotas desastrosas
De otro lado esta descomunal producción y consumo no ha logrado reducir la desigualdad social. De hecho un tercio de la humanidad necesita imperiosamente aumentar su consumo metabólico para salir del hambre y la pobreza extremas. Además del problema de ineficiencia energética del sistema que señalaban los reformistas y que sin duda existe, hay un problema de diseño estructural. La economía tal como la entendemos hoy día está en guerra con la naturaleza y se apoya en una tecnociencia que, sin límites morales ni políticos, produce objetosmundo tan inquietantes y peligrosos como el sofisticado armamento, lo nuclear, lo transgénico... que retroalimentan la guerra y el dominio imperialista contra la naturaleza –en la que por supuesto se incluyen los seres humanos–. Y por debajo de todo esto otra contradicción fundamental y probable talón de Aquiles del sistema: el agotamiento de los recursos fósiles de los que depende el funcionamiento de la tecnosfera, con el añadido de que, si quemamos los recursos fósiles que aún quedan, el cambio climático puede alcanzar cotas desastrosas.

Si la vía reformista, en caso de que alguna vez fuera plausible, quedó ya clausurada, la vía revolucionaria parece también intransitable por carencia de masa crítica, de interfaces institucionales con capacidad de intervenir sobre la economía, de recursos ideológicos, pedagógicos y coercitivos para articular un activismo revolucionario masivo.

En esta situación de desarbolamiento de la esperanza y el deseo revolucionarios tiene mucha responsabilidad, en estos lares, lo que llamamos izquierda. Una izquierda que no ha superado los esquemas desarrollistas del XIX, que no ha entendido que no pueden desarrollarse las fuerzas productivas más allá de los límites biofísicos de la naturaleza, que no se pueden satisfacer todos los deseos materiales de todos en un mundo saturado. El crecimiento de China nos pone ante la evidencia de que nuestro modo de vida no es generalizable, y si no es generalizable no es sostenible ni justo. Una izquierda que aún hoy se adscribe acríticamente al culto de la defensa de los puestos de trabajo ya sea en la industria automovilística, en la nuclear o en la armamentística y que aún no se ha enterado de que el cambio climático no es una amenaza futura sino que está aquí, y que no es otro problema más sino la cuestión fundamental de nuestro tiempo porque condensa todas las contradicciones, aporías y horrores del capitalismo global y pone en serio riesgo la supervivencia colectiva.

Derechos intergeneracionales
La izquierda tampoco ha sido capaz de desembarazarse de los prejuicios eurocentristas y antropocentristas, con lo que es incapaz de pensar y aprender de la otredad cultural por ejemplo de los pueblos Copenhague, anunciado final de la ilusión reformista indígenas y/o sin Estado, y la otredad biológica de las otras especies. El paradigma ecológico obliga a replantear las cuestiones de la justicia en términos mucho más amplios: las generaciones venideras –de nuestra especie pero también del resto de especies que nos acompañan en el planeta–, sin todavía no haber nacido, son –deben serlo– ya hoy actores políticos cuya voz debe ser representada ya de algún modo en el ágora de la polis global. Las generaciones venideras tienen el derecho a recibir de los vivos de hoy un planeta en unas condiciones bioclimáticas suficientes para su desenvolvimiento. Estos derechos diacrónicos, intergeneracionales o tranhistóricos nos imponen arduas responsabilidades materiales y políticas en el presente... Todo esto requiere una revisión de hondo calado en el aparato cultural, ideológico y teórico de la izquierda que hasta el momento sólo algunas minorías han emprendido. La urgencia que tiene la cuestión climática limita mucho las posibilidades de que haya tiempo para construir una alternativa global al capitalismo según el viejo modelo de acumulación de fuerzas.

Si no hay vía reformista, y por el momento tampoco hay vía revolucionaria, la crisis ecológica global sólo puede resolverse por vía catastrófica. En un sentido catástrofe tiene un significado derrotista de desastre, y en ese sentido la catástrofe es ya hoy el paisaje de la islas del Pacífico, del Sahel, de las tierras bajas de Bangladesh, y también el paisaje de Gaza, Afganistán, Somalia o Yemen. De modo que podemos afirmar que habitamos el capitalismo-catástrofe.

Para no caer en la desesperación e indagar en la búsqueda de nuevas formas de activismo materialista transformador quizá debemos bucear en los otros significados más creativos que de este concepto ha elaborado la Teoría de las Catástrofes como abrupta discontinuidad, bifurcación imprevista, metamorfosis, desgarramiento de planos... en la esperanza de que a veces el simple aleteo de una mariposa puede provocar un huracán.

artículos en este debate:

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (X)
- ¿Soñando desde la izquierda?

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (IX)
- La huelga y las municipales

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (VIII)
- (Re) Construir la izquierda. Ideas

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (VII)
- Refundar la izquierda: una propuesta abierta

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (VI)
- Los pilares de la izquierda (alternativa)

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (V)
- Refundación de la izquierda y grupos motores

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (III)
- ¿Refundar lo irrefundable? El escepticismo

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (II)
- ¿Foros para programas o movimientos?

CRISIS, OPORTUNIDAD Y REORGANIZACIÓN POLÍTICA (I)
- Hacia la refundación ciudadana de la izquierda

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Portada número 167
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Boletín radiofónico Diagonal 150
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