
Es un día meteorológico, como suele ser habitual. Javier Corcobado está de visita por la capital desde su ya largo retiro almeriense. Pincho de tortilla y caña en el Café Comercial; decir Madrid sería un pleonasmo. Ha venido a presentar el recopilatorio Canciones insolubles 1989-2006 que engloba toda su trayectoria en solitario desde Agrio Beso hasta Editor de sueños, incluyendo algún tema de su colaboración con Manta Ray en Diminuto Cielo, allá por aquellos maravillosos e indies años ‘90. “Hace tres o cuatro años, y sin que yo estuviera al tanto, Dro sacó un recopilatorio –Una época de grabaciones accidentales– mientras yo estaba en México. No participé en la selección de las canciones y el texto del libreto que lo acompañaba era bastante desafortunado, así que este disco es una forma de arreglarlo”.
Fuera han quedado los temas de sus primeras formaciones (Mar Otra Vez, Demonios tus Ojos y Chatarreros de Sangre y Cielo), de los primeros años de su carrera en la capital. Le recuerdo la mítica puesta de largo de Mar Otra Vez en la galería madrileña Moriarty, con Agatha Ruiz de la Prada como maestra de ceremonias a mediados de los ‘80. Eran los tiempos del Bicho Salvaje, de los bidones aporreados sin piedad y de un sonido roto en 2.000 pedazos.
“Al parecer Agatha recitó mis poemas, pero como ni yo ni el bajista terminábamos de aparecer por allí se cabreó mucho. Creo recordar que me había ido a tomarme unos vinos o algo”. Para Javier Corcobado, la Movida –ese paraíso perdido con copyright de la SGAE– resultó ser una coincidencia puramente cronológica. Tal como el hecho de ser un español nacido en Frankfurt sólo responde a consideraciones geográficas. Ese desarraigo define toda una carrera artística de espaldas a cualquier acotación generacional o musical. Cuando se admira a Boney M, Suicide, Leonard Cohen, Nino Bravo y el bolero melodramático a partes iguales, los encasillamientos pueden ser bastante peliagudos. Corcobado habita un espacio y un tiempo hechos a la medida, los de alguien que ha antepuesto su libertad, tanto creativa como personal, a cualquier otra cosa en su vida. “La libertad es la capacidad de amar. Así que para mí el amor, seguido de la libertad, son mis principales valores.
El amor encarcelado… eso ya corresponde a la poesía”, afirma con una convicción sencilla. ¿Y hay amor sin violencia? “Aunque parezca muy chocante” –reflexiona–, “la violencia va implícita en el amor. Es la violencia más sutil e intangible”.
Es difícil describirlo, pero Corcobado parece desubicado, un trampantojo recortado contra la ventana del Café Comercial; como si ya no se reconociera en esta ciudad, él que había sido un urbanita empedernido y campeón provincial de skateboard en su juventud. “Desde hace seis años o así busco el mar, por eso me mudé a Almería, a un pueblecito llamado Aguamarga; lo malo es que en verano se infecta y se infesta de madrileños, es horrible”, se lamenta presa del tipo de inquina hacia los madrileños que sólo un madrileño puede experimentar. “Ahora me he mudado algo más hacia el interior, a Níjar, cerca del lugar que inspiró las Bodas de sangre de Lorca”. “A un lugar perdido, a salvo de la humanidad entre el desierto y el mar…”, canta en una de las canciones de Editor de Sueños.
Le hago notar la llamativa ausencia de cualquier material audiovisual de sus potentes directos, ni siquiera como DVD reclamo de Canciones Insolubles. “Rebeca Crespo, mi fotógrafa de siempre, ha preparado un documental sobre la gira de Fotografiando el corazón que hicimos en México. Ha quedado algo muy vivo y real, no es el típico documental de una gira. Me gustaría que acompañara el nuevo disco que planeamos grabar en septiembre. Ya tenemos unas nueve canciones”. Explica que algunas de ellas han surgido en el aljibe almeriense al que suele retirarse para componer. “Inexplicablemente encuentro melodías allí –meculturas lodías, letras no”, matiza. “Voy mucho al aljibe con la guitarra y una red de mariposas para atrapar las melodías que flotan por el lugar”. Ese aljibe debe de ser un lugar muy desnudo, a juzgar por la sencillez que caracteriza sus últimos trabajos. “Busco la sencillez, que es lo más difícil. Procuro quitar antes que añadir. Una canción, cuando tiene un atractivo especial, te pide muchas cosas; es un vacío que te dice: ‘Lléname, lléname’. Y tú lo llenas, y cuando la has saturado de arreglos y estrofas que no sirven para nada, llega el momento de desnudarla. Entonces intento ir hasta al esqueleto. En este nuevo disco me gustaría que la instrumentación fuera muy básica, pero hace falta que las canciones sean muy buenas para eso. Se puede llenar de arreglos y de violines una canción mediocre, y la salvas aunque siga siendo mala. Pero yo ya no estoy dispuesto a hacer ninguna canción mala más”, sentencia. “Claro, es mi punto de vista, luego habrá quien diga: ‘Vaya canciones más malas que has hecho’. Pero mi obligación es que, antes de grabarla, una canción me emocione”.
La literatura ha sido otro de los terrenos de exploración de Corcobado. En 2005 publicó su primera, y ambiciosa, novela: El amor no está en el tiempo. “Se acaba de editar Yo quisiera ser un perro, que es mi poesía completa (dos volúmenes ya publicados y tres inéditos). Ahora estoy enfrascado en mi próxima novela, que espero terminar este año. Ayer hablaba con un amigo periodista acerca del proceso de producción de una novela y de los retos que presenta.
En mi caso las sensaciones son muy parecidas a las que produce estar encima del escenario, una verdadera descarga adrenalínica. Cuando me retire de la música –llevo amenazando con retirarme desde el primer disco– me gustaría ser novelista, y de mucho éxito además”, ríe. Lo cierto es que Corcobado se encuentra en un momento de creatividad casi febril. Además de la publicación de una novela y un libro de poemas, el año pasado estrenó un montaje teatral –Agrio beso–, en colaboración con el ex Fura dels Baus Juan Navarro. “Estoy pensando también en un proyecto instrumental, no quiero adelantar mucho pero será algo monstruosamente largo”. ¿Quizá como El corazón de tu cabeza (el laberinto sonoro de 20 minutos de duración que cerraba su disco Ritmo de sangre)? “Eso quedará como un aperitivo en comparación”, exclama con sorna. ¿Algo así como el Anillo de los Nibelungos underground? Más risas. ¿Es éste el mejor momento de su vida? “El mejor momento de mi vida será el año que viene”, dice desbordante de buen humor el que muchos han tildado de poeta maldito. Qué cruz lo de maldito, ¿no? “No sé, fue un periodista que salió con eso hace bastante años y nunca me lo he quitado de encima”.
Ya se sabe, un apodo colgado por un amigo borracho en una noche de francachela puede ser una condena de por vida. Y, a modo de reloj de arena castizo, el último bocado a la tortilla de patatas señala el fin del encuentro.