Periódico Diagonal

8 DE MARZO, DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA. ESTADO ESPAÑOL | SOBERANÍA ALIMENTARIA

Campesinas, entre la precariedad y la resistencia

Las mujeres campesinas, pese a la enorme precariedad en la que se desenvuelven, se organizan para luchar por la soberanía alimentaria y el planeta.

TEXTO: Mª Jesús Pinto Iglesias-ENTREPUEBLOS // FOTOS: Carmen Caballero Prado
Viernes 5 de marzo de 2010.  Número 121

Hoy más que nunca la soberanía alimentaria, la única alternativa de continuidad de la vida, ha de tener nombre de mujer, ya que son éstas las más afectadas por las políticas neoliberales y sexistas que dominan la producción agrícola, pesquera y comercial, y son muchas las mujeres que luchan y seguirán luchando contra esta situación. El trabajo asalariado femenino en la agricultura y la agroindustria es fundamentalmente eventual y enfocado principalmente a la agricultura intensiva (horticultura y floricultura) y en los almacenes de manipulados, donde las condiciones laborales son más ‘flexibles’.

En países de la UE el modo de producción que se viene fomentando desde la Política Agraria Común (PAC), junto a la falta de derechos de las mujeres en el marco de la explotación agraria familiar, ya ha expulsado a muchas mujeres del trabajo agrícola. En el Estado español, a los diversos factores que influyen, hay que sumar el modelo de desarrollo basado en el ladrillo, es decir en la construcción de viviendas para turismo y segundas residencias, que ha ido sembrando de cemento durante décadas territorios que antes se dedicaban al pastoreo, a la agricultura, al cuidado de los bosques. Ello ha obligado a una larga y continua emigración hacia las ciudades, despoblándose y envejeciéndose la población campesina, a la vez que se han ido perdiendo servicios (escolares, de salud) en los pueblos y comarcas. En regiones donde siempre el latifundio ha sido la norma, como en Andalucía y Extremadura, también las jornaleras, con más dificultades de empleo que los hombres en el campo, emprendieron el camino de las ciudades. Muchas mujeres salieron para “servir” como criadas con salarios miserables y sufriendo tratos denigrantes, a trabajar en las industrias, a fregar por horas en domicilios dentro de la economía sumergida, o a casarse y depender del marido, ya que no encontraron empleo para ellas. Hoy día, ese proceso avanza con más lentitud, pero continúa teniendo impactos negativos sobre las mujeres, y las que se han quedado en el campo se dedican en gran parte a tareas que no tienen que ver con la agricultura. Y como eslabones de la cadena patriarcal, nuevas mujeres, esta vez migrantes del campo de otros países han llegado a Europa, al Estado español a cubrir esos trabajos de limpieza, de cuidado de las personas, que años atrás realizaron las migrantes campesinas en sus propios estados. Y unas y otras también han encontrado, en la medida que la mano de obra masculina lo ha ido dejando, un espacio en las agroexplotaciones, como asalariadas. Trabajos con unas condiciones infrahumanas, donde los horarios no tiene limiten, la dureza es extrema, los productos contaminantes envenenan sus cuerpos, y su salario apenas llega para nada. Por ello “cuando tengamos una bella flor en la mano, pensemos en las espinas que se han clavado en el cuerpo de las mujeres que las cultivaron”.

Pero a la vez, tantos años de luchas, experiencias, organización y reflexión están dando sus frutos. A lo largo y ancho del mundo las mujeres campesinas, en toda su diversidad de identidades, de etnias, de países, de formas de pensar y entender, están transformando la vida. Mujeres, que en alianzas con otros movimientos, denuncian las desigualdades en el campo y en sus territorios; mujeres, que en complicidad con organizaciones feministas, han analizado, visto y sentido las violencias también en el ámbito de las relaciones interpersonales y la segregación e infravaloración de sus trabajos, tanto el del campo como el doméstico y el del cuidado de las personas; mujeres, que se han calzado con la palabra y se han puesto a reivindicar su espacio, tantas veces negado, en los lugares de decisión; mujeres que tienen propuestas para acabar con un mundo que niega a las personas pobres, a las que pertenecen a pueblos originarios, a las mujeres del campo de todos los países. Mujeres que han abierto la caja de Pandora de donde afloran los problemas pero también las soluciones, y han hecho ver que existen, trabajan, proponen y luchan, detrás de la línea de invisibilidad donde las han colocado las sociedades capitalistas y patriarcales. Mujeres que dicen basta, estamos, somos, tenemos nombres, capacidades e inteligencias y queremos que sean vistas y valoradas.

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Las fotos del reportaje sobre la Mujer Trabajadora que aparecen en el número 121 de Diagonal forman parte del proyecto "Mujeres Campesinas del Sur", promovido por Entrepueblos y el Grupo de Soberanía Alimentaria y Género. Un proyecto generador de espacios de reflexión y acción en favor de las luchas de las mujeres campesinas por la Soberanía Alimentaria. Entre los materiales que ha alumbrado está una exposición fotográfica y un documental, ambos alrededor de la Soberanía Alimentaria y la equidad de género.

El Grupo de Soberanía Alimentaria y Género se constituyó en Sevilla a raíz de unas jornadas internacionales organizadas por Entrepueblos en colaboración con otras entidades. Promueve iniciativas de formación, sensibilización e investigación en torno al derecho de los pueblos a construir modos equitativos y sostenibles de producción, distribución y consumo de alimentos, atendiendo al protagonismo de las mujeres e Sur y del Norte en estas luchas. Abierto a la participación de personas y entidades interesadas está constituido por Ecologistas en Acción, CIC-Batá, Veterinarios sin Fronteras, La Ortiga, Red Andaluza de Semillas, Universidad Rural Paulo Freire Sierra de Cádiz y Universidad Rural Paulo Freire Sierra de Huelva.



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Portada número 167
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