
Me parece muy desacertado que el Ayuntamiento con el dinero de todos los contribuyentes organice un taller para construir juguetes de uso sexual, tales como vibradores, bolas chinas, y demás aparatos. ¿A dónde vamos a llegar?”. Así comenzaba la carta de un lector del Diario Vasco al informarse de que su Ayuntamiento, en el marco de las actividades de celebración del 28-J, Día por la Liberación Sexual, organizaba un taller para construir juguetes sexuales, en este caso, dildos.
Con un programa bastante amplio para el Día del Orgullo, que incluía exposiciones, conferencias sobre el rol de las lesbianas, conocimiento de la teoría queer y un concierto de Chico Chica, lo único que molestó al lector fue el taller de dildos. Parece que el problema del señor es que no sabe a dónde vamos a llegar con este tipo de aparato en mano... Otra es la perspectiva de las participantes. “A partir de ahora, me ha cambiado la mirada”, nos dijo una participante, “¡me parece que el mundo está lleno de juguetes potenciales!”. Éste es el efecto bricolaje, una mirada que contempla un mundo abierto, lleno de potencial placentero, de materiales para jugar, ‘hackear’, cambiar el sitio para disfrutar y aprender.
Bricolaje sexual es un proyecto de autoconstrucción de juguetes sexuales, donde se encuentran la sexualidad, las manualidades y el ‘hackeo’ de tecnología doméstica. Estos tres campos, que tienen en común su naturaleza manual, inventiva, libre e imaginativa, han sido víctimas del capitalismo y de las fuerzas agresivas de su mercado.
Uno de los ejes del proyecto es la sexualidad. Aquí nos sentimos restringidas, preprogramadas, consumiendo una sexualidad estándar que viene definida por las industrias de la imagen, del porno, de la religión. El uso de objetos de placer, antiguo como el mismo coño de la madre, ha sido a lo largo de la historia reprimido por un machismo cobarde, temeroso por su lugar; ha sido medicalizado para curar padecimientos femeninos como la histeria (trastorno del histerus, el útero) o la ninfomanía (furor úterino); ha sido ridiculizado como consuelo de solteronas, ha sido escondido detrás de la cortina del sexshop y vigilado por un dependiente baboso en un ambiente sórdido. Con el avance imparable del capitalismo, el mercado de los juguetes fue descubierto como un mercado aún no saturado, y en los últimos años ha crecido la variedad y se ha ampliado la imagen de estos productos para llegar a un público más convencional. Con el doble filo de legitimar y extender un poco su uso, los juguetes también están en mano de las grandes multinacionales, y lo que ganamos en legitimidad, perdimos en consumismo.
Por otra parte, las manualidades, un saber tradicionalmente femenino, de código abierto, sin derechos de autora, han sufrido múltiples ataques del capitalismo, pero también desde algunos movimientos feministas que lo consideraron un símbolo de la mujer no emancipada, de nuestras abuelas, trabajando sin reconocimiento y tomadas por supuesto. Por parte del mercado, la producción masiva y explotación de mano de obra y de recursos naturales del planeta ha bajado el precio del producto final de una manera que convierte el producto hecho a mano en mucho más caro que el más producido. La publicidad agresiva y la cultura de marcas conducen a la gente a preferir ropa de una marca prestigiosa, con imagen elaborada para construir su identidad.
La tecnología doméstica se aleja cada vez más de sus usuarias. No sólo por los grandes avances tecnológicos sino, también, por una voluntad explícita de fabricar objetos de usar y tirar, para seguir alimentando la maquina de sobreproducción (aquí también, explotando planeta y personas). Si en el pasado se fabricaban objetos con garantía de por vida, ahora se fabrican, expresamente, objetos que duren el tiempo mínimo que satisfaga a la consumidora. Las usuarias, y sobre todo las mujeres, padecemos de tecnofobia, un miedo a nuestros aparatos, un temor de no hacerlo bien y de romperlo, aunque esté ya roto. En este sentido, el arte de reparar un electrodoméstico está tan perdido como el de remendar un calcetín.
Como proyecto, no abogamos por ningún tipo específico de sexualidad, no decimos que se folla mejor con nuestros juguetes, no recomendamos reemplazar tus amantes por pilas recargables, o tus juguetes favoritos por verduras. Lo único que queremos es jugar, probar, inventar nuestro propio placer, entender un poco mejor la tecnología que nos rodea y penetra, hacer uso de nuestra imaginación y creatividad. En los talleres se construye toda una variedad de juguetes: dildos, vibradores, bolas chinas, mini vibradores, juguetes anales, etc., todos hechos de una combinación de materiales reciclados y materiales seguros e higiénicos. En julio habrá talleres en la Universitat Lliure d’Estiu, una iniciativa de educación libre en Barcelona. El proyecto tiene su cede en el CSOA La Teixidora, en Poble Nou, Barcelona.