Periódico Diagonal

Bares que son hogares

Nadie mejor que un músico de largo recorrido, acostumbrado a llegar el primero y salir el último de cualquier garito, para reconocer la identidad de cada ciudad según sean sus bares.

Por Kike Turrón.
Jueves 18 de febrero de 2010.  Número 120

Tuve una banda de rock durante muchos años y tal ocupación me permitió conocer de cerca y en profundidad negocios hosteleros y, por supuesto, a propietarios y empleados de estos, en su mayoría excelentes y respetuosas personas, que disfrutaban de algo más que de su trabajo pues, sin duda, regentar un bar es algo más que un simple medio para buscarse la vida. Ojo, que también topé con hostiles propietarios… haremos una lista negra en su momento.

Como mi banda de rock no se hizo nunca famosa, nuestro circuito se limitó, salvo alguna excepción, a reducidos espacios con un par de baños a un lado, una barra al fondo y un futbolín al final del local. Al lado de ese futbolín, que se apartaba a un lado u ocultaba bajo unos paneles de madera cuando llegábamos con nuestro ajuar, estaba la puerta misteriosa, el famoso almacén. Nadie al llegar y nadie al irme, así fue siempre, así me enseñaron que debía ser: llegar el primero y marchar el último asegurándome de que no nos dejábamos nada y de que, con suerte, en unos meses regresaríamos. Durante las (incalculables) horas que transcurrían entre ambos paréntesis, ése era mi sitio, mi espacio, mi casa pues, como ya he dicho, no éramos de fama y caché y, por eso, más de una vez dormimos en el propio establecimiento, cosa doblemente extraña pues en aquellos tiempos el dormir y el comer se reducían a casi nada.

Fueron años (más de una docena) de recorrer sistemáticamente Galicia y Euskadi. Aquello se transformó en un duro oficio (voluntario, adictivo y no remunerado) que te permitía entrar en ciudades y pueblos por el agujero de la pared, por el huequito del ratón. Aunque un poco alteradas, los bares guardan el secreto de las señas de identidad de cada pueblo o ciudad, son su genoma. Malpica, Ferrol, Villagarcía de Arousa, Ponteareas, Santiago y Coruña, todos con sus calentitos bares, sus licores de café y sus almacenes, siempre los almacenes. Irún, Pamplona, Azkoitia, Azpeitia y Bilbao, todos siempre dispuestos, llenos de motivos, llenos de ganas. La gran Segovia, claro, también Valencia o Guadalajara, de refilón Barcelona, y sobre todo Madrid, claro, sólo que aquí los bares casi no se usan para cantar, cada vez menos… En cualquier caso, todas, ciudades que quedaron sintetizadas entre las cuatro paredes de un bar.

Los bares van por épocas, por etapas, un poco como los grupos de rock que, si no se separan, pierden autenticidad, se gastan. Eran tiempos en los que se podían fumar porros, tiempos pasados llenos de humo que ahora se tornan en limpios espacios repletos de ozono, incluso con cámaras interiores para controlar al que está en la barra metiendo sus manos en la caja, ¡qué burros hemos sido! ¡Cómo hemos rebuznado de gusto!

Afortunadamente, en este país hay miles de negocios hosteleros, miles de bares, con o sin música, con o sin humo, con o sin horario, miles de personas que nos sirven para olvidar, para recordar o simplemente para matar al mono del aburrimiento que, a veces, se instalaba en el pasillo de mi casa.

Como decía, en más de una ocasión he dormido en un bar, tumbado sobre unos cartones, oliendo a bar usado, cepillándome los dientes en los excusados, viendo la espalda del dueño que, cansado, nos deseaba felices sueños y nos pedía que no agotásemos las reservas de JB. No es algo agradable ni recomendable, la verdad; no es vida. Mas en esas ocasiones era lo que había y lo utilizábamos, claro. Si antiguamente los templos religiosos daban abrigo a peregrinos, los bares modernos dieron techo a músicos en tránsito. Sólo puedo desear lo mejor a quienes lo merecen, a quienes de un negocio han hecho algo que va un poco más allá, quizá hacia lo humano y lo divino. En todo caso, estoy deseando tener nuevo grupo para volver, una vez más, a visitarlos. //

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