
Una de las proyecciones de apertura del Festival de San Sebastián, El árbol de la vida, empezó mostrando una línea que seguirían muchas de las obras seleccionadas en esta 59 edición: películas insertadas en un contexto desapacible, que muestran los conflictos entre la realidad y las creencias, la búsqueda de sentido vital, pérdida de rumbo...
Desde la abucheada última obra de Kim Ki-duk, Amen, al policía corrupto y que no va más allá de su tormento de Rampart (interpretado por Woody Harrelson), las preguntas lanzadas por Sarah Polley sobre amor-pasión-cotidiano en Take This Waltz, las pandilleras de Tanger mostradas con originalidad por Leïla Kilani en Sur la planche, o las artimañas de las mujeres por calmar la violencia de hombres cristianos y musulmanes en Et maintenant on va où? (de la directora de Caramel, Nadine Labaki, esta vez con una propuesta algo estereotipada, aunque muy aplaudida).
Fuera de los cines diversas protestas enmarcaban este desasosiego: huelga de hostelería, concentraciones al conocerse la sentencia del caso Bateragune, camisetas de apoyo a Kukutxa en la calle y en las salas... Y en medio de la tormenta pequeños soplos de optimismo a través de los niños de la película del japonés Koreeda, Kiseki (Milagro), y del apoyo mutuo en torno a la migración- deportaciones en Le Havre de Aki Kaurismaki.
El gran aliento llegó con dos placenteros documentales que acompañan lenguajes artísticos de forma emotiva, que exploran la belleza de otras artes produciendo un goce estético conmovedor en el visionado de la creación fílmica: Bertsolari y Pina. La primera, de Asier Altuna, muestra la tradición del bertsolarismo en una película que es un poema. La segunda, del reconocido Wim Wenders, capta en 3D (considerado por el director alemán como una auténtica revolución en el lenguaje cinematográfico) la esencia de la danza de la que en la película se nombra como “exploradora radical”, Pina Bausch.
Más en este número: