La autora, especializada en Siria y perteneciente al personal investigador (FPI) de la Universidad Autónoma de Madrid, explica que tras el veto de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la situación en Siria se agrava. El Gobierno sigue bombardeando Homs y otras ciudades donde se han producido manifestaciones.
Los vetos de Rusia y China han paralizado nuevamente a la comunidad internacional en lo referente al expediente sirio. Mientras se votaba el 3 de febrero en contra de una resolución que proponía un plan acordado por los países árabes para llevar a cabo una transición en la que el presidente sirio Bashar al-Asad delegara en su segundo a bordo y se creara un Gobierno de unidad nacional como paso previo a la organización de elecciones democráticas y la redacción de una constitución, Siria revivía la masacre de Hama de 1982, esta vez en Homs. Además de las víctimas y heridos, hay que contar con el agravante de que la atención médica es limitada debido a la falta de material y el peligro de los traslados.
Homs, epicentro de la revolución siria, está siendo víctima de la política de tierra quemada del régimen asadiano que, a sabiendas de que no podrá mantenerse indefinidamente, ha decidido aprovechar la licencia que le ha otorgado el doble veto en una ofensiva basada en la lógica de “la maté porque era mía”. El régimen pretende destruir el país, fragmentarlo y “derrocar” la revolución antes de ceder el poder a otros.
Pero el interrogante es qué alternativas quedan una vez perdida toda posibilidad de lograr un acuerdo internacional para detener la masacre en Siria debido exclusivamente a los intereses imperialistas de los gobiernos ruso y chino. Sin embargo, no son los únicos apoyos de un régimen que ha perdido toda legitimidad a ojos de la población y de todos aquellos que no creen ya en sus teorías que aseguran que lo que se pretende es derrocar al supuesto último bastión del antiimperialismo entre los países árabes.
El tercer elemento del trípode en que se apoya el régimen es Irán, país que ha declarado que no aceptará una solución como la yemení; es decir, el plan propuesto por la Liga Árabe y que Rusia y China vetaron. Ante esta respuesta negativa, los países del Consejo de Cooperación del Golfo, recogiendo la estela de Túnez y EE UU, han retirado a sus embajadores de Damasco y han pedido a los embajadores sirios en su territorio que se marchen. Solo Túnez ha cortado toda relación con el régimen, pero hay indicios que apuntan a que el Consejo Nacional Sirio, principal órgano de oposición en el exilio, sea reconocido como legítimo representante del pueblo sirio.
Una vez tomada la medida por EEUU y los principales responsables del suministro de petróleo internacional, varios países de la unión Europea han decidido llamar a sus embajadores a consultas y, en el caso de Alemania (a pesar de que en España la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio ya ha denunciado una situación similar sin resultados palpables) ha expulsado a cuatro miembros del personal diplomático sirio en el país por llevar a cabo labores de espionaje de los nacionales sirios en territorio alemán. La información recabada suele ser usada por el régimen sirio como excusa para detener a familiares de esas personas dentro del país y someterlos a castigos ejemplares.
Por su parte, Turquía ha anunciado su deseo de impulsar el papel internacional acogiendo una reunión de “amigos de Siria” (que finalmente tendrá lugar en Túnez, lo que denota un interés en mantener la influencia turca a una cierta distancia y hacer del entorno árabe el marco general para la toma de decisiones incluidas las propuestas en el nivel internacional), iniciativa que sirve recordar que este país no solo sirve de sede informal para el Consejo Nacional Sirio, sino que también acoge a los líderes del Ejército Sirio Libre.
La aparición de este cuerpo armado ha llevado a muchos a hablar de una guerra civil en Siria, cuando a día de hoy, lo que hay es un régimen que dispara contra la población y un cuerpo de desertores y algunos civiles que se han alistado (en Siria el servicio militar es obligatorio por lo que todos tienen formación militar) que, abandonado a su propia suerte, un importante sector del pueblo sirio, aunque no es fácil calcular el porcentaje, ve como su esperanza ante una comunidad internacional incapaz de deslegitimar a un régimen que, perdida la baza del miedo, solo puede optar por la represión. De ahí que se haya flirteado con la posibilidad de armar a este cuerpo con financiación de países del Golfo.
Este protagonismo del Golfo, ya adquirido con la solución al conflicto yemení, se ve más claro en la nueva propuesta de la Liga Árabe que pretende someterse a votación en la Asamblea General de la ONU. El texto exige el cese de toda relación diplomática con el régimen sirio y cualquiera de sus representantes, además de imponer nuevas sanciones (que hasta hoy están siendo evadidas en parte gracias a la ayuda y el asesoramiento iraníes) y ofrecer apoyo político y material a todos los grupos de la oposición. Por último, el texto impulsa el envío de tropas de conservación de la paz árabes y occidentales con el fin de verificar que se detienen las matanzas. Solo Líbano, lógicamente, y Argelia han mostrado reticencias.
El régimen cada vez está más débil como demuestra el despliegue de unidades de la Guardia Republicana, lo que implica un desgaste en los cuerpos en los que hasta ahora se había apoyado. El régimen caerá, pero es difícil predecir hacia dónde se dirige un país amenazado por el fantasma de una guerra entre partidarios y detractores. Mientras, la población resiste con perseverancia.
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