La victoria electoral de Barack Obama ha despertado muchas ilusiones y esperanzas en algunos sectores. Sus declaraciones sobre el cierre de Guantánamo o la salida de tropas militares de Iraq (no menciona nada del conjunto de mecanismos que se han edificado en torno a la ocupación, bases, seguridad privada, elevadísimo staff diplomático...) ha estimulado ese sentimiento de un nuevo giro en la política exterior estadounidense. Sin embargo, sus declaraciones en torno a la guerra y ocupación de Afganistán echan por tierra esas ilusiones. Hace tiempo que ha manifestado su intención de enviar más tropas a aquel país, aprovechando para ello el repliegue táctico propuesto en Iraq. Obama viene señalando la necesidad de incrementar la ocupación en Afganistán y convertirlo en “el frente central”. Pero es que además no se ha opuesto al incremento del gasto militar y se muestra dispuesto a atacar al movi- miento talibán en suelo paquistaní, con el consentimiento o no del Gobierno de este Estado.
Otro factor clave para entrever las intenciones futuras de Obama lo encontramos en la elección de su equipo de colaboradores. Por un lado está el nombramiento de Joe Biden como vicepresidente (que recomendó la partición de Iraq en tres partes) o el de Rahm Emanuel (conocido prosionista), pero además se está rodeando de antiguos colaboradores de Clinton e incluso del hasta ahora presidente, George Bush. La realidad afgana no se parece en nada a la fotografía que nos presentan generalmente algunos dirigentes políticos o los medios de comunicación. Desde el principio, la intervención militar y posterior ocupación se ha sustentado en una monumental falacia, la victoria total sobre los talibanes. El tiempo ha demostrado el error militar estadounidense y de sus aliados al creerse sus propias mentiras, ya que con el paso del tiempo se ha demostrado que el movimiento talibán se diluyó entre la población y otros se refugiaron en las tribus que comparten territorio entre Afganistán y Pakistán.
Fuera de control
A día de hoy, los talibanes han vuelto,
y con la alianza forjada con otros
grupos han formado una resistencia
a la ocupación que controla buena
parte del país y que aumenta cada
día que pasa los ataques contra las
fuerzas de ocupación y sus colaboradores
locales. Por su parte, el Gobierno
de Karzai es visto por la mayoría
de la población como un mero
títere de la ocupación, y su radio de
acción e influencia se ciñe a Kabul.
Además, la ocupación militar no
ha acabado con el tráfico de opio, sino
que éste se ha disparado, y la influencia
y el poder de los señores de
la guerra sigue campando en numerosas
partes de Afganistán, en ocasiones
aliados de los movimientos de
resistencia y en otras colaborando
con el Gobierno afgano.
Obama, al igual que muchos mandatarios occidentales, parece apostar por el discurso del doble rasero, incidiendo en el carácter “negativo” de la guerra de Iraq y el aspecto positivo en el caso de Afganistán. En esa línea argumental se han basado muchos Estados para justificar su participación en la ocupación, intentando maquillar la presencia militar bajo el pomposo nombre, y a la vez antagónico, dado el carácter militar de la misión, de “ayuda humanitaria”. La solución a la guerra en Afganistán pasa por una salida de las tropas ocupantes, la apertura de una mesa de negociaciones entre las partes afganas implicadas, y que debería contar con el apoyo y supervisión inicial de los países de la región (India, China, Pakistán e Irán, entre otros), y sobre todo debe sustentarse en el escrupuloso respeto de la voluntad del pueblo afgano, que deberá decidir su futuro libre de las injerencias externas que se han sucedido en las últimas décadas y que han traído consigo la catástrofe actual. La prueba de fuego que deberá pasar Obama en torno a Afganistán será muy importante en el futuro, y no podemos olvidar que la toma de posesión se celebrará el 20 de enero, y en Afganistán a los duros inviernos les sigue una más dura primavera, sobre todo para las fuerzas de ocupación. Y ésta es una tendencia que ha ido en aumento cada año.