Enfrentados a la antiliteratura oficial usada como otro instrumento de alienación, estos cuentos producen una incisión en la extendida creencia de que los libros carecen de ideología. Vistos como objetos inocuos, los ingenuos lectores son atrapados por las fuerzas intelectuales, lo que propicia cada vez más la hegemonía de una cultura vacua, carente de contenido y que fundamenta el sistema imperante. La unidad en la mayoría de los 12 cuentos está fundamentada en la certeza del mecanicismo de la actual existencia. Lo impuesto nos domina. La invitación al juego está en este libro, como lo está la reivindicación del placer como forma no sólo de liberación sino de combate.
Los personajes de El otro fuego no son víctimas; no se resignan. Ellos mismos provocan los cambios, sabedores de que el germen se encuentra en el interior de cada uno. Todos los desenlaces se precipitan al fuego de la transformación. Este sentido de la liberación está simbolizado en la calle, en el afuera. En un deambular que entronca con el concepto de deriva. Hay que salir para alcanzar el misterio. Este cambio, esta huida hacia adelante, conlleva el sentimiento de la espera. Asimismo, lo intuido aporta un carácter onírico, una atmósfera nebulosa, esa ambigüedad. Como dijo Raoul Vaneigem: “No queda más que avanzar ante sí, y preferentemente hacia sí, sin otra guía que el placer que brilla en todo instante de vida”.