Periódico Diagonal

Un repaso al milenario hábito de consumir alcohol y las consecuencias de los excesos en su ingesta

5.000 años de celebraciones etílicas

Los egipcios ya usaban el vino para celebraciones litúrgicas. Los griegos y romanos tenían a Dionisio y Baco. Y el cristianismo su última cena. Con estos mimbres, no resulta raro que no concibamos una celebración sin una copa.

- Resaca: causas, mitos y verdades


Adelina P Cañedo (Madrid)
Lunes 28 de noviembre de 2011.  Número 162

Ah, la Navidad... los grandes almacenes y fabricantes de turrón hacen su agosto y los medios encuentran la excusa perfecta para rellenar minutos. En DIAGONAL no íbamos a ser menos y por eso hablamos de uno de los mayores protagonistas de estas fiestas: el alcohol. ¿Cómo soportar si no la comida de empresa? ¿O la cena de Navidad frente a la tele?

Celebramos con alcohol desde hace casi 5.000 años, cuando los egipcios inventaron la cerveza. Eso sí, para las celebraciones litúrgicas reservaban el vino. Lo mismo que griegos y romanos con el culto a Dionisio y Baco y exactamente igual que –oh, cielos– el cristianismo con su eucaristía.

Pero tanto carácter religioso no impidió que el pueblo se emborrachara en cuanto se le presentaba la ocasión, aunque no estuviera bien visto: el código de Hammurabi (Mesopotamia, 1760 a.C.) recoge que los propietarios de locales que permitieran la embriaguez de sus clientes debían ser arrojados al río. No parece que sirviera para mucho.

Y con la borrachera llegó la resaca, aunque el diccionario de la Real Academia Española no recoge el término hasta ¡1970! ¿Es que antes la gente no se emborrachaba? ¿No le sentaba mal? ¿Le daba otro nombre? ¿O será más bien que el no darle nombre respondía a una estrategia deliberada?

Piénsenlo: los límites del lenguaje son los límites del conocimiento, que decía Wittgenstein, y lo que no se nombra no existe, que dice la sabiduría popular. Si uno no sabe que tiene resaca... ¿puede realmente tenerla? Por descontado, tendrá mal cuerpo, sed y dolor de cabeza, pero al no saber por qué es, podría atribuirlo a cualquier otra cosa. Un resfriado mal curado. Una intoxicación con la comida.

¿No sería maravilloso? ¡Adiós al complejo de culpa judeocristiano! ¿Qué importa si ayer le tiraste a alguien una copa encima o fuiste amable de más con ese camarero tan guapo? ¿Merece la pena acordarse? Con lo ocupada que estoy curándome este resfriado...

No se crean que esto son desvaríos de una mente enferma, no: hace unos años se pusieron de moda unas pastillas que prometían eliminar la resaca si se ingerían antes del alcohol. Pero no corran a buscarlas: su eficacia no es a prueba de borracheras. Lo mejor, decía mi farmacéutica, es siempre la moderación.

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Portada número 174
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Boletín radiofónico Diagonal 150
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